[Crítica] Nouvelle Vague: un homenaje al cine, su belleza y su historia

Impulsado por la búsqueda de una forma de rodar con cámara en mano, con luz natural, en localizaciones reales en las calles de París y con personajes moralmente ambiguos, el cineasta y leyenda Jean-Luc Godard dirigió en 1960 À bout de souffle o en español Sin aliento, de las películas más icónicas del cine universal.

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Esta obra no es solo una referencia de la Nouvelle Vague (Nueva Ola Francesa), sino que es considerada una de las obras fundacionales y revolucionarias que iniciaron y definieron el movimiento cinematográfico más importante del cine, surgido en Francia a finales de la década de 1950. Creado por jóvenes críticos de la revista Cahiers du Cinéma, rompió radicalmente con las estructuras clásicas de Hollywood y del cine tradicional francés.

Con una joya en las manos, el gran director norteamericano Richard Linklater, recordado por la trilogía del Before, con Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013), o la subvalorada joya Blue Moon (2025) se adentra en la visión y la intención de uno de los más grandes directores del cine universal: Jean-Luc Godard.

Rodada en blanco y negro, con la misma capacidad narrativa y una elegancia notable, Nouvelle Vague es la metaficción de una obra maestra que logra desdoblarse de sí misma, creando una extensión atemporal, llena de belleza y emoción cinéfila. No solo genera una corriente de placer visual durante 1 hora y 45 minutos, sino que recrea el proceso de construcción de una pieza universal.

Linklater encuentra la medida para hacer aparecer a personajes tan representativos como Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck), Jean Seberg (Zoey Deutch), Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), François Truffaut (Adrien Rouyard), el productor Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst) y Claude Chabrol (Antoine Besson).

Nouvelle Vague también presenta a otras leyendas de la época, en sus propios roles y en cameos efectivos y guiños: la cantante y actriz francesa Juliette Gréco, el cineasta italiano Roberto Rossellini y la directora belga Agnès Varda.

El espectador tiene la oportunidad de ser parte de cómo Sin aliento se percibía como un riesgo y, al tiempo, un reto para quienes integraban el equipo de producción, principalmente para su protagonista, que con el tiempo se convertiría en un ícono del cine francés gracias al glamour y la belleza de Jean Seberg (Zoey Deutch). Por supuesto, su película más recordada fue la dirigida por Godard.

Con cada plano, gracias al director de fotografía francés David Chambille, la cinta gravita coherentemente en la historia, y quienes aparecen en pantalla forman parte estructurada del mensaje, siendo testigos constantes de cómo se construye el mito y el ícono del cine.

Cada encuadre cuenta una breve historia sin deformar lo que ya se conoce, que se vuelve más atractivo con cada personaje, como Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), legendario actor francés de cine y teatro, famoso por encarnar el espíritu rebelde de la Nouvelle Vague, representado aquí con el mismo carisma y presencia en pantalla que el actor original.

El director de casting, el francés Stéphane Batut, logra que cada personaje viaje en el tiempo y entregue al espectador curioso la posibilidad de ver a estas leyendas de la gran pantalla, cuyo trabajo invaluable ha enriquecido al séptimo arte. Cada plano en Nouvelle Vague se convierte en un homenaje al cine y a su belleza.

Como resultado, Richard Linklater dirige una joya destinada a convertirse en otra pieza obligada dentro de su filmografía. Y cuando todo parecía ya dicho, y el cine salvado por un momento, el icónico final de Sin aliento se revela como un último regalo para quienes amamos el cine, ofreciendo un panorama más amplio de la leyenda. No solo se remite al lente de una cámara Éclair Caméflex de 35 mm, sino que capta ese amor que, gracias a películas como Nouvelle Vague, el cine es capaz de transmitir en cada uno de sus fotogramas. ¡Salud!

| Nota del editor *

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