Por: Marco Antonio Pérez Aparicio
En una facultad donde lo normal era hablar de balances, impuestos y estados financieros, un grupo de más de setenta estudiantes terminó subido a un escenario actuando en una obra de teatro. No era un festival cultural ni una actividad extracurricular, era el examen final de una materia de contaduría.
Para muchos profesores aquello era insólito: contadores hablando de teoría contable a través de personajes, diálogos y escenas. Pero detrás de esa idea había un estudiante que empezaba a descubrir que su verdadera vocación no estaba en las oficinas ni en las hojas de cálculo.
Era Pedro Alexander Barrera Tópaga, que años después dedicaría su vida al teatro y a la escritura dramática. Su historia no empezó en un escenario, sino en una infancia marcada por las mudanzas. El trabajo de su padre en la Caja Agraria obligaba a la familia a trasladarse por distintos municipios de Cundinamarca. Vivió en los municipios de Zipacón y en San Juan de Ríoseco; pasó una temporada en Bogotá y finalmente se estableció en Mosquera a mediados de los ochenta.
En medio de esos cambios había un hábito silencioso: escribir. De niño inventaba cuentos y pequeñas historias, pero una experiencia frustrante lo llevó a abandonar esa práctica durante años. Desde entonces la escritura quedó reducida a tareas escolares y a trabajos universitarios.
En el colegio era el estudiante aplicado, el que siempre ocupaba el primer puesto, poco amigo del deporte y más cercano a los libros. Durante mucho tiempo creyó que su destino podía estar en la vida religiosa: participaba en catequesis, en misiones y en actividades pastorales, y la idea de escuchar a las personas le parecía un camino posible. Por eso también consideró estudiar psicología.
Al terminar el colegio las certezas desaparecieron. Intentó entrar a literatura en la Universidad Nacional, pero no fue admitido. Entonces apareció una alternativa concreta: contaduría pública en la Universidad Central. Parecía una decisión práctica. Y lo fue. Se graduó como contador público en 2000. Mientras aprendía a cuadrar balances, otra historia comenzaba a escribirse en paralelo. En Bienestar Universitario encontró un grupo de teatro. Entró por curiosidad, y allí recordó esa vieja inquietud de sus días de colegio.
El grupo era uno de los más reconocidos del teatro universitario. Participaban en festivales, viajaban y acumulaban premios. Barrera empezó a actuar, a recibir reconocimientos y a sentirse cada vez más cómodo sobre el escenario.
La escritura regresó por un camino inesperado. En quinto semestre propuso montar una obra como exposición. Junto con sus compañeros escribió el guion y lo presentó como trabajo académico. El experimento fue un éxito, tanto, que el profesor lo convirtió en examen final: así nació algo inusual: teatro sobre contabilidad.
Con otros compañeros escribió nuevas obras con decenas de estudiantes. Las presentaciones llamaron la atención y pronto los invitaron a congresos de contadores en distintas ciudades. Allí mostraban una forma distinta de hablar de teoría contable: desde el escenario. De ese proceso surgió el grupo de teatro de la Facultad de Contaduría. Obras como Licencia para conducir o El secreto del limbo comenzaron a circular entre estudiantes y encuentros académicos.
Mientras tanto, Barrera trabajaba como contador. Tenía estabilidad y oportunidades, pero cada día confirmaba una incomodidad: le interesaba la contaduría, pero no se veía ejerciéndola. Entonces tomó una decisión difícil. Seis meses después de graduarse renunció para dedicarse al teatro. La decisión generó cuestionamientos: había invertido años en una carrera que ahora dejaba atrás. Su conclusión era clara: a alguien puede irle bien en algo y aun así no sentirse en el lugar correcto. El niño que escribía en silencio había encontrado otra forma de hacerlo: sobre un escenario, Pero decidirlo no resolvía el problema principal: ¿cómo sostener ese camino?
Barrera sabía que no podía volver a depender económicamente de su familia. Si quería hacerlo, tenía que ser por su cuenta: “Si hacía algo, tenía que hacerlo solo”. La única opción era una universidad pública. Consideró la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB), y la Universidad Pedagógica, y durante más de un año buscó la manera de entrar. Finalmente, a mitad de 2001 lo logró. Entró a la Universidad Pedagógica Nacional a estudiar Artes Escénicas. Ese momento marcó un nuevo comienzo. El contador que había dejado la oficina iniciaba ahora una formación formal en teatro. Cuando ingresó, ya no era un principiante, había actuado y escrito durante años.

Mientras su trabajo en Mosquera avanzaba, otra puerta se abrió en Cota. En 2008 llevó algunas obras y al año siguiente lo invitaron a vincularse con procesos culturales. El cambio coincidió con el nacimiento de su hijo. Para Barrera, ese hecho reorganizó sus prioridades, y la paternidad se convirtió en su proyecto principal. Trabajar en Cota le ofrecía mejores ingresos y más tiempo para su familia. Así comenzó una etapa en la que alternó docencia, dirección y creación de agrupaciones.
Siguió como profesor de teatro en instituciones como el Colegio Salesiano San José y el Colegio Albert Einstein. En Cota nació otro proyecto importante: Nostra Farsa, un espacio cultural creado en 2009, que con el tiempo se consolidó como lugar de formación y creación escénica, tanto que muchos de sus integrantes terminaron como actores o gestores culturales.
En 2009 se graduó como licenciado en Artes Escénicas. Desde entonces, su carrera ha estado ligada a la enseñanza del teatro. También colaboró con agrupaciones de Bogotá como la Fundación Teatro del Sol y el Teatro de la Carrera. Una de esas experiencias se convirtió en su primer logro internacional: se trataba de una adaptación de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, que tituló Sueños en Casa de Bernarda Alba. El montaje circuló por festivales y recibió premios. En 2007 salió por primera vez del país, a un festival en Santiago de Chile, fue el inicio de giras internacionales con Trevejos Teatro.
Con los años los viajes se repitieron en Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Una obra llamada Bang Bang ganó el Festival Nacional de Teatro Estudiantil, que le permitió su presentación en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y luego en Argentina. Fue la primera vez que una obra escrita por él llegaba a estos escenarios.
Barrera ha trabajado en múltiples formatos: teatro de sala, teatro callejero, comparsas, sketches y stand-up. También ha desarrollado la improvisación, que considera otra forma de escritura. Han llegado premios y reconocimientos, pero insiste en que su relación con el teatro no está marcada por esto, sino por una decisión: dedicarse a lo que realmente quería.
En ese proceso apareció una oportunidad clave. Su director le propuso escribir y dirigir una obra para un proyecto de prevención de consumo de sustancias. El montaje circuló por festivales. Poco después decidió escribir su primera obra completamente propia: De manos cruzadas, un monólogo que marcó el nacimiento de Trevejos Teatro. Con los años, el grupo se consolidó como un colectivo estable, que en la actualidad acumula más de dos décadas de trabajo.
Barrera empezó a escribir con mayor frecuencia, muchas veces por encargo. Al iniciar en la Universidad Pedagógica también trabajó como profesor para la Alcaldía de Mosquera, escribiendo para proyectos culturales, hasta que en 2007 decidió hacer algo distinto: se impuso una rutina de escritura intensiva durante mes y medio. De ese proceso nació En el nombre del hombre. El texto fue revisado durante años hasta que por fin quedó terminado en 2017. En 2018 ganó el Premio Departamental de Dramaturgia de Cundinamarca con esa obra. Su carrera continuó entre escenarios institucionales y procesos culturales. Trabajó como profesor en Mosquera en distintos períodos y en Cota desde 2009.
En 2024 asumió como secretario de Cultura de Mosquera, donde permaneció apenas cuatro meses, porque el cargo lo alejaba del teatro. En los últimos años se ha enfocado en la creación independiente, escribiendo proyectos para sostener procesos artísticos. También desarrolló un proyecto a partir de su gusto por la música: un personaje inspirado en Carlos Gardel. En 2017 apareció en televisión interpretándolo y luego llevó ese trabajo al escenario en un monólogo que mezcla teatro, música y audiovisual, su montaje más reciente.
En paralelo continúa escribiendo nuevas obras, una de ellas, El perro, inspirada en Osvaldo Dragún, que fue adaptada como teatro musical con Nostra Farsa. La música es un factor constante en su trabajo, tanto que muchas canciones de sus obras han sido compuestas por él.
Actualmente desarrolla proyectos basados en improvisación y procesos pedagógicos en instituciones educativas. Después de más de dos décadas, su trabajo sigue moviéndose entre la enseñanza, la creación y la experimentación, porque la historia que comenzó con un joven que dejó la contabilidad para seguir una intuición artística aún no termina: sigue escribiéndose, escena tras escena.








