¿Qué pasa cuando la guerra te arranca de tu tierra, pero el lugar donde supuestamente estás a salvo se convierte en otra forma de infierno? Esta es la pregunta que nos deja el tercer largometraje del director colombo-canadiense Juan Andrés Arango, una película que arrancó aplausos en el Festival de Toronto y que nos sacude con una historia muy nuestra, pero de esas que duelen.
La trama nos lleva a los pasos de Yajaira, una mujer emberá que, tras perder a un hijo por culpa del conflicto y huir de los paramilitares a orillas del río Andágueda, intenta sobrevivir en el caos de Bogotá. Lejos de ser un refugio, la capital se siente como una extensión del despojo: aquí no hay selva ni tranquilidad, solo el ruido eterno, la escasez y la amenaza constante de perder lo poco que queda. Yajaira se aferra con uñas y dientes a sus artesanías, a su lengua y a su gente, compartiendo un apartamento apretado entre cuatro generaciones. Pero la película logra algo genial: nos muestra que perder la identidad no pasa solo por las grandes tragedias, sino en el día a día, en el desgaste lento de intentar mantener viva una memoria en una ciudad que parece querer borrarte.
La tensión explota cuando María, la hija de Yajaira, hace migas con Matteo, un chico del barrio. Cuando Matteo muere en medio de un cruce de balas entre bandas, a Yajaira le cae el 20: quedarse en Bogotá es firmar la sentencia de muerte de su propia hija. Es ahí cuando toma la decisión que venía posponiendo: armar maletas y emprender el regreso a la selva.
Pero el viaje no es fácil. En el camino se les une Jhon, un chamo metido en pandillas que huye para salvar el pellejo. Yajaira lo acepta a regañadientes, sin sospechar el secreto que carga a sus espaldas: Jhon, de una u otra forma, tuvo que ver con la muerte de Matteo.
Arango firma una película necesaria, de esas que no te sueltan y que te ponen a pensar en el desarraigo, en lo que significa volver a casa y en cómo la ciudad, a veces, nos devora sin que nos demos cuenta.








