Un silencioso reconocimiento a una vida de entrega al humanitarismo y la sensibilidad social. Foto por: Alexander Nieto

Por Alexander Nieto. Sede Girardot

Los extraños no conocen sus recovecos y atajos, y como nubes en el cielo, los individuos se desplazan en dinámicas que a la vista parecen no existir. Todo es muy quieto. El ajetreo de las grandes ciudades, de las seudometrópolis colombianas, como signo de movimiento, escapa al observador audaz que se aventura a recorrer las calles de las Acacias, pero sí hay vida en esta ciudad, una vida que combate contra la injusticia que se evidencia entre los callejones de la plaza de mercado, entre la basura de la vía Nariño, entre el olor a pescado seco de El hueco, por las ruinas oscuras del puente ferroviario. Una vida que se divide y multiplica en otras más infantiles, en demasía jóvenes, bajo el inclemente calor del sol y el raudo movimiento del río Magdalena.

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Siempre con una sonrisa, con palabras de apoyo y preocupación, desde hace siete años recibe cordialmente a estudiantes, niños y adultos, a compañeros y administrativos de instituciones y entidades de diferente índole. Tiene una pasible fuerza que aboga por un mundo mejor, más humano, todo con una particular forma de expresarse, de ver el mundo que le rodea, de ayudar a quienes lo necesitan. Su semblante es como el de cualquier persona; se confunde con las múltiples caras de los residentes que vienen y van. Pero su carga es grande y su trabajo arduo; ofrece mucha de su energía, de su tiempo, para las luchas sociales, siempre desde el aula de clases o brindando una mano.

Magaly Castro, una profesora comprometida, llega a sus clases estipuladas, a su trabajo, a sus reuniones y a su casa, pero con una historia similar a la de infinidad de líderes sociales, que sin ser famosos transforman la vida de quienes han tenido el privilegio de encontrarse con ellos.

El reconocimiento no está en la pasarela de las revistas, ni en los reflectores o en los aplausos de las muchedumbres. Su silencioso premio lo recibe desde su asiento de profesor frente a sus estudiantes, que tienen el privilegio de escuchar sus experiencias y vivencias, con quienes entabla desde la empatía, un prodigioso discurso humanitario, que contribuye a transformar percepciones, a motivar acciones y a enseñar retribuciones.

Recuerda ella, como un obsequio de la educación de la familia, los valores que su abuelo le impartió de pequeña: “un gran hombre, tras una gran mujer”, cuando tan solo contaba con siete años. Ella aún recuerda, el ejemplo que para ella fue su pariente, la infancia que le brindó y el aprendizaje sobre el esfuerzo, la dedicación, la honradez y la voluntad de vivir, de salir adelante, como una inspiración que terminaría por dar forma al cariño y tesón por ayudar a otros. “Recuerdo, siendo muy niña, que nunca me fue extraño el sentimiento y el amor hacia los animales, hacia las personas, y ese impulso por actuar en pro de la sociedad: siempre fui muy dada a las personas, a los grupos, a la sociedad, a ayudar, a compadecerme, a colaborar un poquito para que otros pudieran ser felices”.

Los recorridos de la memoria pasan como truenos en la bóveda celeste de la nostalgia, hasta llegar a los momentos más enigmáticos y significativos de Magaly Castro, cuando recuerda su visita a Barzalosa, a principios del 2018, a sólo diez minutos de Girardot: “Allí vivían personas en pésimas condiciones; fue una experiencia bastante fuerte, sobre todo por los niños. A veces nosotros desperdiciamos, desechamos y renegamos, pero hay lugares donde realmente pasan necesidades, como tener una comida al día, y eso si consiguen algún trabajo; estar con el miedo de que les tumben su casa, y se queden sin un lugar donde pasar la noche”.

Realidades que se sumergen en la fulgurante punta del iceberg del entretenimiento sabatino. Mundos que se mezclan y difuminan en la tranquilidad de una ciudad atrapada en el calor de la incertidumbre, del turismo decadente, de la fiesta y el desempleo. Es el espíritu combativo, de personas como la profesora Magaly Castro, que estando tras bastidores se enfrentan a los demonios invisibles de la ‘Gran Colombia’.

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