Por: Sergio Andrés Parra Contreras
Me encuentro en el Centro de Bogotá, justo en la Carrera Séptima. El movimiento de la ciudad es constante: vendedores, turistas, buses y conversaciones que se cruzan en el aire. Decido cruzar la entrada del Museo Nacional, uno de los más antiguos de Colombia, y el ambiente cambia de inmediato.
El ruido de la calle quedó atrás, como si alguien hubiese cerrado una puerta invisible entre dos mundos. Ahora hay un silencio tranquilo, casi solemne, interrumpido únicamente por el leve y elegante sonido de pasos que retumban contra el piso amaderado. Las vitrinas exhiben piezas de antigüedad cuidadosamente organizadas, las figuras y piezas de oro brillan con una intensidad casi hipnótica con siglos de historia en su superficie. En algunas mesas y cajones reposan libros y documentos que dan cuenta de distintas etapas de la historia y la cultura de Colombia. Cada objeto parece tener una historia propia, una voz silenciosa que desea ser escuchada.
Caminar por el lugar es observar objetos y cuadros de pintura, y entender que detrás de cada obra existe un trabajo constante de investigación, conservación y divulgación cultural. En medio de ese sistema repetitivo de bibliotecas, documentos y centros culturales, aparece Juan Sebastián Bernal, un joven nacido en la ciudad de Bogotá, un guardián silencioso de la memoria.
Juan Sebastián habla con calma, como si cada palabra también hiciera parte de una colección que debe conservarse. Estudió en la Universidad Nacional de Colombia una maestría en museología y gestión del patrimonio, y actualmente es director educativo. Su trayectoria profesional combina la investigación académica, la docencia y la gestión cultural, con una carrera destacada por su dedicación a la difusión de la cultura latinoamericana desde diferentes espacios.
Antes de formarse como museólogo, Juan Sebastián relata que estuvo también interesado por las bellas artes, pero cuando hizo un voluntariado en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) justo al frente de UNIMINUTO, quedó fascinado al ver la relación del arte con la gente, y cómo un museo es el espacio ideal para ese contacto.
Aunque no todo era color rosa para Juan Sebastián, en ese museo se daría cuenta que algo no estaba bien, que en su interior no era del todo feliz. Pasó dos años en el MAC y luego trabajó en una galería de arte, en el departamento de educación. En ese momento empieza a crecer su desmotivación, pues la monotonía lo estaba volviendo loco. Allí es cuando decide volver a estudiar, porque siente en su pecho la necesidad de seguir formándose, pero con la experiencia que había adquirido. Entonces cursó su maestría en La Universidad Nacional, en el intento de encontrar la motivación perdida.
Mientras describe su trabajo, es evidente la pasión con la que habla sobre su profesión: sus palabras no están vacías, están cargadas de sentido. Para él cada objeto y cada obra tienen un valor que va más allá de lo material, porque representan una época, una cultura, una forma de pensar. Comenta que su profesión requiere de conciencia sobre la historia de los museos y cómo han evolucionado con el pasar del tiempo. Sin embargo, el museólogo tiene roles específicos. En el caso de Juan Sebastián es museólogo informativo, aunque cabe aclarar que hay muchos más.
Ser museólogo conlleva una responsabilidad social, porque los museos son espacios hechos para el diálogo: no es solo brindar la información sobre las exposiciones si no lograr que las personas se apropien, se empapen de lo bello de esta profesión. Juan Sebastián recalca que dentro de un museo debemos ser más humanos, pues allí todas las personas deben ser miradas por igual, inclusive a los propios trabajadores.
Juan Sebastián comenta la diferencia que existe entre los museos de Latinoamérica y los museos europeos. Dice que los museos europeos les han robado piezas a países africanos, y las exponen en sus salas como trofeos o maravillas del mundo, tradición que sigue presente, porque realmente no tienen esa conciencia y no les importa el tema educativo. Para Juan Sebastián muchos de estos museos no tienen ni siquiera un departamento de información, o guías certificados, solo lo hacen con el fin lucrativo y con ese morbo sobre piezas antiguas que no les pertenece: “Son aparatos de la colonización”.
Juan Sebastián comenta que inclusive el museo nacional también nació con esa idea, idea que hoy arrastra, aunque a través del discurso, la investigación y la autocrítica se busca liberarlo de esas cadenas.
Así, entre vitrinas, documentos, y ecos de pasos silenciosos, queda claro que el trabajo de un Museólogo es más que una profesión, es una forma de mantener viva la memoria.








