Por: Mariana Navarro Giraldo
Subir la loma del barrio es como caminar dentro de un recuerdo que no está completo. Hoy tengo 19 años, pero mientras avanzo por esas mismas calles siento que algo en mí reconoce el lugar antes que mi propia mente. Cuando era muy pequeña, tendría unos tres años, mi mamá me traía hasta aquí todavía de madrugada. No recuerdo todo, pero hay fragmentos que se quedaron guardados: la oscuridad de la mañana, el frío de esas horas y la sensación de despedirme demasiado temprano. Me ha contado que ella subía a pie, porque en ese tiempo el barrio era casi una trocha, y que me dejaba alrededor de las 4:30 de la mañana antes de irse a trabajar. Yo era demasiado joven para entenderlo, pero el vacío de esa despedida quedó guardado en algún lugar de mí. Incluso hoy, cuando lo recuerdo, todavía me duele un poco.
Ahora, muchos años después, vuelvo a caminar por esté mismo barrio. Cuando cruzo la puerta de la casa donde pasé tantas mañanas, algo se activa en mi cabeza. No son recuerdos completos, sino sensaciones: los gestos, el tono de las voces, la forma en que uno aprende a adaptarse a una ausencia sin saber muy bien el porqué de las cosas. Y entonces la veo a ella. Sandra González, madre comunitaria del barrio Suba Salitre. Han pasado años desde que me cuidó, pero al verla tengo la impresión de que el tiempo no se movió demasiado. De niña en su momento, ella tenía cerca de veinte años; hoy tiene cuarenta, y aun así conserva la misma presencia que recuerdo. Sigue siendo una persona particular, pero profundamente amorosa. Frente a ella entiendo que esta entrevista no es solo una conversación sobre su trabajo. También es una forma de volver a un momento de mi infancia marcado por madrugadas, despedidas y por el cuidado silencioso de alguien que, sin saberlo, terminó ocupando un lugar importante en esa historia.
Ella empieza a hablar de mi mamá con admiración. Dice que es una mujer berraca, fuerte, resiliente, a veces dura con ella misma y con los demás, pero que está segura de que daría la vida por mí. Yo le respondo que yo también daría la vida por mi mamá, pero que hay cosas que el tiempo no borra. Nos quedamos en silencio unos segundos. Al mismo tiempo levantamos la taza y damos el primer sorbo al chocolate caliente.
Entonces le pregunto si está de acuerdo en que grabe la conversación. Le explico que puede ser en audio o en video. Prefiere audio; dice que así se siente más tranquila con el tema de la confidencialidad. Le digo que está bien. Saco el celular, preparo la grabadora, abro mi libreta, organizo las preguntas. Respiro hondo, miro la pantalla y cuento en voz baja: uno, dos, tres.
Empiezo a grabar.
Empiezo con la primera pregunta casi mecánicamente, tratando de no pensar demasiado en lo que significa estar ahí sentada frente a ella después de tantos años. Le pregunto cómo empezó todo, cómo llegó a convertirse en madre comunitaria. Sandra no me responde de inmediato; mira hacia un punto fijo, siento que está acomodando sus recuerdos en la mente antes de vocalizarlos.
Me cuenta que todo comenzó por una vecina. Una mujer sola que tiene dos hijos pequeños y no tenía con quién dejarlos mientras trabajaba. Ella en ese momento, tampoco tenía una ocupación definida. Vivía con el papá de sus hijos y su vida giraba alrededor de la casa. Dice que fue casi por casualidad que se ofreció a cuidarlos. Dos niños: una bebé de seis meses y otro apenas un poco mayor. Así empezó todo, sin planearlo, sin imaginar en lo que se convertiría después.

Luego le pregunto por el primer día. Ahí su tono cambia un poco.
Dice que los niños llegaban entre las cuatro o cinco y media de la mañana. Que en ese tiempo el barrio era prácticamente una trocha, sin vías, sin acceso fácil. Que las mamás tenían que subir a pie, muchas veces en la oscuridad, dejando el coche abajo porque no podía avanzar más. Mientras la escucho, inevitablemente pienso en mi mamá haciendo ese mismo recorrido. No la recuerdo, pero puedo imaginarla. Y esa imagen me pesa.
Mientras tanto Sandra me habla de estas madrugadas con naturalidad, como si fueran parte de una rutina más. Yo, en cambio, me quedo estancada en ese detalle. En lo temprano que era todo. En lo sola que debió sentirse esa despedida.
Me habla que poco a poco otras mamás empezaron a confiar en ella, que la voz a voz en el sector hizo que llegaran más niños. De dos pasaron a ser cuatro, y la cuenta no se detuvo ahí, pero no logra concretar un número final en la conversación. Sin darse cuenta, ya estaba cuidando a varios niños todos los días. Lo dice como si hubiera sido algo sencillo, pero en su forma de narrarlo se alcanza a notar esa responsabilidad.
Cuando le pregunto cómo es un día normal en su trabajo, no duda.
Se levanta a las cuatro de la mañana. Limpia, desinfecta, organiza todo antes de que lleguen los chiquillos. Prepara el desayuno, una colada caliente para cuando ya todos estén despiertos. Los recibe, algunos todavía siguen dormidos, otros llorando por sus papás, otros en silencio. Con esto empiezo a entender que su rutina la ha construido alrededor de los demás, de las necesidades de niños que ni siquiera son suyos, pero que dependen completamente de ella durante todo el día.
Cuando habla de los niños, su voz cambia. Se vuelve más tranquila. Dice que son amorosos, inteligentes, activos. Que llegan felices. Que participan, que aprenden rápido. Y aunque lo dice con orgullo, también hay una especie de cuidado en la forma en que los describe, como si hablara de algo que le toca fibras.
Hay un punto en la conversación en el que dejo de hablar y empiezo a escuchar todo el relato. Sandra ya no responde solo a lo que le pregunto; empieza a explicarme cada detalle. Su voz se vuelve pausada, más cargada, como si cada pregunta que le hago tuviera un peso que no siempre debería decirse completo.
Lo más difícil de su trabajo, ni siquiera es el cansancio ni las madrugadas. Habla de los niños enfermos. Dice que ella nunca se termina de acostumbrar a verlos así. Que cuando llega uno con gripa, ya sabe que probablemente todos se van a contagiar. Que hay días en los que alguno tiene fiebre, vómito o diarrea, y que ahí la angustia aparece, según ella igual esto es inevitable. Me comenta que intenta ayudar con remedios caseros, que los cuida lo mejor que puede, pero que siempre hay que avisarles a los padres. su trabajo no es solo cuidar, sino responder, sostener, resolver en momentos en los que otras personas no pueden.
Mi siguiente pregunta es qué ha cambiado en su vida desde que comenzó. Se queda en silencio, pero la respuesta vale totalmente la pena. Dice que esto dejó de ser algo temporal hace mucho tiempo. Que ahora es su rutina, su trabajo, su vida entera. No le importa empezar antes de las seis y terminar cerca de las seis y media de la tarde, básicamente su horario es de 12 horas cuando el último niño se va. De lunes a viernes. Sin pausas. Sin horarios flexibles. Ella me dice que esto no es una queja, pero tampoco a algo que se deba tomar a la ligera. Es simplemente su realidad y vida cotidiana.
Una historia que la marcó fue de una de las primeras mamás con las que trabajó. Una mujer sola, sin apoyo, que tenía que salir a trabajar fuera de Bogotá. Que esa mamá se levantaba desde las tres de la mañana para alistar a sus niños, subirlos y luego correr a alcanzar el transporte. Me cuenta que uno de los niños, en algún momento, le dijo que cuando llegaba a la casa de ella todavía era de noche, y que cuando su mamá lo recogía, también. Esa frase se me queda marcada, me sentí totalmente proyectada. Después de eso no me dice nada más por unos minutos, pero no hace falta, mientras anotó las partes más importantes de esta crónica.
Más adelante, cuando le pregunto por el papel de las madres comunitarias, dice “somos como mamás sustitutas”. Lo dice sin dramatismo, casi como una definición práctica de su labor y con eso vuelve y me recalca que ser una “mamá sustituta” no es solo cuidar: es ocupar un lugar que, aunque sea temporal, marca la infancia de cualquiera.
Mientras sigo escuchando, empiezo abrir un poco más mi mente a lo que antes no entendía. Que en medio de esa ausencia que tanto me pesó, también hubo una presencia constante. Silenciosa, sí, pero firme. Y eso, de alguna manera, cambia la forma en que recuerdo lo poco que retengo.

La conversación se volvió otra cosa. Sandra ya no responde como en una entrevista, sino como alguien que organiza su vida en palabras mientras yo intento seguirle el ritmo.
A ella le gustaría que recordaran su trabajo en una sola palabra: servicio. Me la repite con tranquilidad, como si ahí estuviera dando una increíble conclusión. Y en cierta forma, sí, lo es. Porque después de escucharla, de entender la rutina, queda claro que lo suyo no es solo un trabajo. Es una forma de estar para otros.
Antes de terminar, le pregunto qué mensaje le dejaría a la gente sobre el cuidado de los niños. No responde de inmediato. Me mira, como si estuviera pensando más en lo que ha visto que en lo que quiere decir. Habla de las familias de ahora. Dice que todo ha cambiado. Que antes era más común que las madres estuvieran presentes todo el tiempo, pero que hoy la realidad es otra. Ahora todas las figuras mayores del hogar tienen que trabajar, que el tiempo no alcanza y la ciudad tampoco ayuda. Y que al final, los niños crecen en medio de esas ausencias que no siempre son decisiones, sino necesidades.
Mientras la escucho, entiendo algo que tal vez antes no había querido ver del todo.
Que muchas de esas ausencias no eran abandono, eran esfuerzos, que detrás de cada despedida había una razón.
Cuando la entrevista termina, después de una charla de 20 minutos, guardo el celular, cierro la libreta y por un momento no me levanto, ni ella tampoco. Nos quedamos ahí, sentadas, mirando el lugar. Intentando acomodar todo lo que aprendimos mutuamente, pero también todo lo que sentimos.
Antes de irme, la vuelvo a mirar y le doy un abrazo fuerte. Sandra sigue siendo la misma mujer que, sin que yo lo recordara del todo, estuvo ahí en una etapa que me marcó más de lo que pensé.
Salgo de la casa y vuelvo a bajar la loma, pero esta vez no me siento igual. Ya no es solo un lugar que reconozco, es un lugar que ahora comprendo. Tal vez no tengo todos los recuerdos claros, pero me llevo algo distinto: una nueva forma de mirar el pasado y de aceptar que, incluso en medio de la ausencia, también hubo alguien que me cuidó.








