El Mundial ya comenzó, pero para el fútbol africano la batalla empezó lejos de las canchas. Las estrictas políticas migratorias de Estados Unidos como anfitrión se han convertido en un rival inesperado. A pesar de ser una fiesta global, las trabas burocráticas demuestran que las reglas no son iguales para todos.
El caso más grave es el del árbitro somalí Omar Artan. Tras ser elegido el mejor de África, viajó con la ilusión de hacer historia en la Copa del Mundo. Sin embargo, las autoridades de Estados Unidos lo retuvieron por 11 horas en Miami y le negaron la entrada, obligándolo a regresar a su país.
Ante el silencio de la FIFA, Somalia recibió a Artan en Mogadiscio como a un héroe. Para compensar esta injusticia, la UEFA reaccionó rápido y anunció un gran reconocimiento: el colegiado somalí será el encargado de dirigir la prestigiosa Supercopa de la UEFA el próximo mes de agosto. A su vez, Artan, de regreso en su país, afirmó a través de su cuenta de Instagram, “Esta invitación del presidente, así como la forma en que conversó conmigo y empatizó con lo que he vivido, significa muchísimo para mí. Por otra parte, esta es la segunda reunión que tengo con él en su oficina, y siempre su primer y más importante consejo es que proteja el nombre y el honor del pueblo somalí; que dondequiera que vaya, represente a nuestra bandera con valores y justicia. Gracias, presidente; su consejo y su motivación son un gran apoyo para mí”.
Pero los problemas no solo afectaron a los árbitros. Varias delegaciones de equipos africanos tuvieron serios retrasos en sus vuelos por problemas de visado. El mensaje que queda en el ambiente es amargo: el talento africano es aplaudido en la cancha, pero sus pasaportes siguen bajo sospecha en las aduanas.
A pesar de estos muros invisibles, las selecciones de África usan la adversidad como motivación. Este Mundial no solo se recordará por los goles, sino también por ser el torneo donde el continente alzó la voz para exigir que el fútbol sea, de verdad, un juego sin fronteras.








