La carrera presidencial hacia 2026 comienza a reconfigurarse en el espectro del centro y la centroderecha con movimientos que, más que respaldos personales, revelan apuestas estratégicas de fondo. Uno de ellos es la solicitud que hizo el exministro de Defensa y precandidato presidencial Juan Carlos Pinzón al Partido Verde Oxígeno para que otorgue el aval a Enrique Peñalosa, una decisión que, de concretarse plenamente, permitiría al exalcalde de Bogotá ingresar a la llamada Gran Consulta con los demás aspirantes presidenciales de la coalición.
La iniciativa de Pinzón no puede leerse únicamente como un gesto de apoyo político. En el contexto de una coalición amplia, fragmentada y aún en construcción, su solicitud apunta a fortalecer la arquitectura de unidad del bloque y a ampliar el abanico de liderazgos con experiencia ejecutiva. Al promover el aval de Peñalosa, Pinzón envía un mensaje claro: la prioridad, al menos en el discurso, es consolidar una candidatura competitiva que supere la dispersión de nombres y proyectos que históricamente ha debilitado a este sector político.
El Partido Verde Oxígeno, liderado por Ingrid Betancourt, respondió favorablemente a la propuesta, interpretándola como un paso hacia la convergencia de liderazgos con trayectoria y reconocimiento nacional. El aval, más allá de su valor simbólico, cumple una función determinante: habilita formalmente a Peñalosa para participar en la consulta interpartidista, un escenario que se perfila como el principal filtro para definir un candidato único frente a otras fuerzas políticas ya más cohesionadas.
Para Enrique Peñalosa, este movimiento representa un retorno estructurado a la contienda presidencial. Tras años de presencia intermitente en la escena nacional, el aval y la eventual entrada a la Gran Consulta le permiten reposicionarse como una figura con capacidad de disputar liderazgo dentro de una coalición diversa, donde convergen perfiles técnicos, políticos tradicionales y figuras emergentes. Su experiencia como exalcalde de Bogotá y su historial en políticas urbanas, infraestructura y gestión pública podrían convertirse en activos clave dentro del debate interno.
Sin embargo, la posible incorporación de Peñalosa también introduce tensiones inevitables. La Gran Consulta, concebida como un mecanismo de unidad, corre el riesgo de transformarse en un escenario de competencia interna intensa, donde la multiplicidad de candidaturas complique la construcción de un relato común. La entrada de un actor con alto nivel de reconocimiento puede alterar equilibrios, redistribuir apoyos y obligar a los demás aspirantes a recalibrar discursos y estrategias.
Desde una lectura más amplia, la jugada de Pinzón revela una apuesta por fortalecer el bloque desde dentro, incluso si ello implica aumentar temporalmente la competencia. El cálculo parece ser que una consulta robusta, con figuras de peso, podría legitimar al ganador y darle mayor capacidad de enfrentar la contienda nacional. No obstante, el riesgo está en que las diferencias programáticas y de estilo político terminen erosionando la cohesión que se busca proyectar.
En ese sentido, el aval de Peñalosa y su eventual ingreso a la Gran Consulta no solo reconfiguran el tablero electoral, sino que ponen a prueba la viabilidad real de la unidad en la centroderecha colombiana. Más que una simple adhesión, se trata de un movimiento que evidencia que la carrera presidencial ya no se juega únicamente en las encuestas, sino en la capacidad de tejer alianzas, ceder espacios y construir consensos en un escenario político cada vez más competitivo y fragmentado.








