Fracking. Para unos, es la llave hacia la soberanía energética del país. Para otros, es una bomba de tiempo ambiental que pone en riesgo el agua, la salud y los territorios. ¿Qué es realmente esta técnica? Cómo funciona, qué beneficios y qué daños genera, y si Colombia podría aplicarla legalmente tal como lo hace Estados Unidos.
¿Qué es fracking?

El fracking es una técnica que facilita la extracción de gas o petróleo del subsuelo mediante la presión hidráulica, también conocida como fracturación hidráulica, hidrofracturación o fracturado. Consiste en la perforación de un pozo vertical u horizontal, entubado y cementado, a más de 2.500 metros de profundidad, con el objetivo de generar uno o varios canales de elevada permeabilidad a través de la inyección de agua a alta presión, de modo que supere la resistencia de la roca y abra una fractura controlada en el fondo del pozo.
El agua se encarga de fracturar las rocas de esquisto en las que se encuentra atrapado el gas natural, la arena se encarga de que estas rocas no se vuelvan a juntar hasta que el proceso haya terminado y las sustancias químicas son las responsables de disolver los materiales para liberar el gas. Una vez se ha llevado a cabo este proceso, el agua con arena y químicos vuelve a la superficie, pero esta vez también con el petróleo o el gas natural extraído.
Esta técnica se utiliza para extraer hidrocarburos que se encuentran atrapados en yacimientos no convencionales, llamados así porque, a diferencia de los yacimientos tradicionales, el petróleo o gas no puede desplazarse con facilidad hacia la superficie debido a la baja permeabilidad de la roca que lo contiene.
¿Por qué es tan dañino?

El fracking carga sobre sus espaldas una larga lista de cuestionamientos ambientales y de salud pública. Uno de los principales cuestionamientos está relacionado con el consumo de agua: un solo pozo puede requerir entre 9.000 y 29.000 metros cúbicos de agua, volumen que aumenta significativamente cuando se desarrollan varios pozos dentro de un mismo campo de explotación.
El uso de agua con sustancias químicas y materiales apuntalantes puede provocar la contaminación de acuíferos, con el consecuente riesgo para los ecosistemas y la salud de los ciudadanos. Asimismo, la fracturación de roca puede llegar a provocar escapes incontrolados de gases que generen emisiones, por ejemplo, de gas metano o CO2. Numerosos geólogos han demostrado la conexión entre la práctica del fracking y los seísmos, con el correspondiente riesgo para los ecosistemas y comunidades próximas a la explotación.
Las cifras documentadas en Estados Unidos, el país con mayor experiencia en esta técnica, son contundentes: existen más de 1.000 casos documentados de contaminación de fuentes de agua relacionados con el uso de la fracturación hidráulica. Se han identificado 750 tipos diferentes de productos químicos en los fluidos de fracturación analizados, entre ellos sustancias de gran toxicidad como el metanol, benceno, tolueno, etilbenceno y xileno. Además, el agua de desecho, conocida como agua de retorno, no solo contiene los químicos y la arena que originalmente se introdujeron, sino también metales pesados, hidrocarburos e incluso materiales radioactivos, como el radón. A la fecha, no existe tratamiento efectivo para esta agua, dejándola inutilizable para otros usos.
El fracking genera toneladas de lodos contaminados que han de ser tratados; un pozo puede llegar a producir anualmente 20 toneladas de lodo. La técnica es objeto de debate por sus posibles impactos sobre el agua, los ecosistemas, la salud pública y el cambio climático.
¿Qué beneficios tiene?

No todo en el fracking es negativo desde la óptica de quienes lo defienden. Se ha atribuido a la fracturación hidráulica el mérito de haber contribuido a aumentar el suministro de gas natural y petróleo en Estados Unidos y a reducir los precios de la energía. Entre sus beneficios se destacan la creación de una nueva industria, la reactivación de la actividad económica en la zona de implantación, la generación de empleo y el abaratamiento de los precios del gas y el petróleo, que deriva principalmente en menores costos de la gasolina.
Para Estados Unidos, aumentar la producción nacional mediante fracking ha permitido eliminar costes de importación y asegurar su suministro energético sin depender de otros países. Además, ha ayudado a la recuperación económica del país, que ya es el primer productor de petróleo del mundo y está cerca de ser autosuficiente en materia de energía. En Estados Unidos se estima que la generalización de este método ha aumentado las reservas probadas de gas cerca de un 47% en cuatro años y en 11% la estimación de existencia de petróleo.
La industria, por su parte, defiende que los casos de contaminación documentados han sido debido al uso de malas prácticas como defectos en la construcción de los pozos o en el tratamiento de aguas residuales, pero no de la fracturación hidráulica en sí misma.
¿Se podría aplicar en Colombia como en Estados Unidos?
Aquí está la pregunta de fondo: ¿podría Colombia replicar el modelo estadounidense? técnicamente sí sería posible, pero el contexto geológico, social y político colombiano es radicalmente distinto, y eso hace que la discusión esté lejos de ser sencilla.
El estado actual en Colombia: el país vive un péndulo legal e institucional sobre el fracking desde hace casi una década. El presidente Gustavo Petro prometió en campaña que en su gobierno no se desarrollarían nuevos proyectos piloto de fracking ni se otorgarían nuevas licencias para esa práctica, declarando: “Es una especie de suicidio por unos dólares rápidos, inmediatos, se cambia la riqueza del futuro. El agua es más valiosa que el oro. En mi gobierno no habrá fracking”.
Sin embargo, la realidad legislativa ha sido distinta a la promesa. A pesar de las declaraciones del presidente, el Congreso no ha avanzado en ninguno de los seis proyectos de ley que han propuesto su prohibición a lo largo de los años. El 22 de julio de 2025, la ministra de Ambiente, Lena Estrada, radicó ante el Congreso un nuevo proyecto de ley que busca prohibir en todo el país la exploración y explotación de yacimientos no convencionales, así como el uso de la técnica de fracking, argumentando que esta práctica pone en riesgo la vida de las comunidades y la salud de los ecosistemas.
¿Por qué sigue sin decidirse? El proyecto de ley actual, identificado como PL No. 150 de 2024 Senado – 496 de 2025 Cámara, cuenta con el respaldo de amplios sectores políticos y del Gobierno Nacional, que se basa en el Principio de Precaución ante la falta de certeza científica sobre la mitigación de impactos irreversibles, la protección de los derechos humanos y el cumplimiento de los compromisos climáticos internacionales del Acuerdo de París. Pero la oposición no se queda atrás: los gremios del sector de hidrocarburos advierten sobre la pérdida de autosuficiencia energética a corto plazo y la caída de los ingresos fiscales por regalías e impuestos.
El riesgo geológico, un factor diferenciador clave: a diferencia de algunas regiones de Estados Unidos, Colombia tiene particularidades geológicas que generan alarma entre los expertos. La interrupción de los proyectos piloto de fracking en el Reino Unido y la posterior declaración de moratoria para la actividad fue debida a la verificación de actividad sísmica en los pozos. El informe de la Autoridad de Petróleo y Gas de ese país advirtió que no era posible predecir la magnitud de los terremotos que podría desencadenar el fracking, situación de alarma que pone en advertencia a Colombia, más aún si se tiene en cuenta las fallas geológicas presentes en nuestro territorio, especialmente donde se tiene pensado iniciar con los pilotos.
¿Dónde se haría en Colombia si se aprobara? El Ministerio de Minas y Energía estipuló que los eventuales pilotos se desarrollarían en las cuencas sedimentarias del Valle Medio del Magdalena y Cesar-Ranchería, ya definidas por la Agencia Nacional de Hidrocarburos como límites de cuencas sedimentarias de Colombia
Una decisión que Colombia aún no termina de tomar
El fracking en Colombia es, hoy por hoy, un campo de batalla legislativo, científico y cultural que no ha encontrado una resolución definitiva. El mandato del presidente Petro termina en agosto de 2026, y el contexto electoral deja las puertas abiertas a posturas que podrían definir el futuro de la fracturación hidráulica en Colombia.
¿Podría aplicarse el fracking en Colombia tal como en Estados Unidos? Técnicamente sí, con la tecnología y la regulación adecuadas. Pero Colombia no es geológicamente igual a Texas ni a Pensilvania, y las fallas geológicas, la riqueza hídrica, la diversidad cultural y los compromisos climáticos internacionales del país hacen que cualquier decisión deba tomarse con muchísima cautela. El debate sigue abierto, y probablemente será uno de los grandes temas que defina el próximo gobierno colombiano.








