Por: Sofía Miranda Vera
A las tres de la mañana, Patricia, o Paty, como la conocen sus seres cercanos, ya tiene el ojo abierto. Todos los días la rutina es la misma: a las cuatro sale de su casa en el barrio Castilla, pide un Uber hasta el Portal 80, y desde allí aborda la flota que la lleva a La Punta, Cundinamarca, donde la espera un largo día de trabajo.
“A mí me encanta mi trabajo”, les responde a quienes nos preguntamos ¿por qué viviendo tan lejos sigue trabajando fuera de Bogotá?, Tal vez, como lo dice sin pena y con ojos de agradecimiento, en parte es por la ayuda económica adicional que la empresa le brinda. No solo es el auxilio de transporte obligatorio, pues de parte de sus jefes recibe el dinero faltante para cubrir por completo los gastos por cuenta de su kilométrico recorrido diario.
Trabaja en Carnes Frías Italia, una empresa de derivados cárnicos donde Paty lleva 14 años. La primera sensación que recibo al entrar en este lugar es como una cachetada de condimentos: de inmediato puede reconocerse el olor del ajo con el que cada embutido es preparado, que compite con el olor del cloro y del desinfectante que cubre las paredes, el piso y el aire, que invade los pulmones con solo dar un paso en esta planta de producción.
Inició su vida laboral en este lugar llamando a clientes, y recibiendo por teléfono sus pedidos, hasta que incluso logró memorizar los gustos de cada uno, como si fuesen los de sus hijos, Luis y Angie, sus dos grandes amores de quienes habla con orgullo y admiración. Luego pasó a la tajadora, la máquina encargada de cortar con precisión los productos previamente cocinados: nadie le enseñó pa’ qué era esa vaina, pues la única operaria que sí sabía cómo manejarla había sufrido un accidente, pero no se asusten, que no fue grave, pues aún tiene todos sus dedos. Paty aprendió solo acompañada del temor que produce esa intimidante y ruidosa máquina, y lo hizo tan bien que cuando era hora de partir hacia otra área de la fábrica, le dolió; fue como despedir a alguien amado. Fueron cuatro años de aprender sin ayuda y con extrema precaución, eso sí, con intensidad y pasión.
Hablar de la fábrica con Paty es como hablar con el fundador. Lo sabe todo, no pasa ningún detalle por alto, conoce como la palma de su mano cada rincón, cada esquina, cada proceso. Quedarse quieta no es lo suyo, hace las tareas más inimaginables. En la actualidad es la líder de despacho, la zona en donde las necesidades del cliente son prioridad. Allí se cortan, se pesan, se empacan y se les entregan a los transportadores los pedidos para que lleguen a su destino sin falta. “Si me toca venir aquí a hacer aseo, ahorita que la señora del aseo está de vacaciones, yo vengo y hago aseo, por mí no hay problema, yo lo hago”. ¿Hay algo que esta mujer no esté dispuesta a hacer?
Recuerda con un suspiro largo sus primeros días de trabajo, en particular porque es difícil aprender de personas que no están dispuestas a enseñar, que le dejan a la propia suerte lo que podría pasar mientras, del otro lado personas como Paty se matan la cabeza por querer hacerlo bien a la primera y sin errores. “Nunca faltan los compañeros a los que dan ganas de sacarle los ojos”, a los que Paty ha tenido que enfrentarse, pero, como repite: “uno ya los conoce y sabe cómo tratarlos”.

Detrás de esa mujer de uniforme impecable, tapabocas bien puesto y ni un solo cabellito fuera de la cofia, hay un ser humano repleto de emociones fuertes que buscan salida de emergencia. No fue necesario escarbar en la vida de Paty para que contestase preguntas que yo ni siquiera le había formulado.
Su familia es, sin duda, uno de los asuntos con los que más sonrió mientras hablaba. El tapabocas no fue una barrera para que yo no me diese cuenta de cómo sus ojos se achinaban cada vez que mencionaba a su esposo. Es Julián, paramédico los fines de semana, uno sí y uno no, y el hombre más detallista que Paty conoce. Llevan 28 años de casados y en ella aún se ven esas expresiones de adolescente enamorada. Sus hijos, o sus bebés, como los llama, son importantísimos, como para cualquier madre, especialmente Luis Eduardo, el ingeniero electrónico de 30 años y consentido de Paty. Angie, su hija, es completamente diferente: ella es la rebelde, la antropóloga de La Nacional y consentida del papá. En medio de esta diversidad sigue siendo la familia más sólida de la que he oído hablar, incluso más de lo que pensaba yo sobre la mía.
“Aún tengo la imagen de mi mamá muriéndose”. ¿Qué puede responderse ante una confesión tan melancólica, sin hacerla aún más melancólica? En el 85 la madre de Paty falleció, ella y su otra hermana mayor tuvieron que hacerse cargo de sus otras tres hermanas menores. A los trece ya estaba trabajando, no había tiempo de ser pequeña. Han pasado 41 años de la muerte de su mamá y la voz aún baja de tono cuando la recuerda: “Quisiera tenerla acá”. Decidí no preguntar mucho más por el respeto que merece su memoria, siempre será difícil hablar de los que ya no están, porque sufre el que se queda y no el que se va.
Paty cambió de rumbo, ya no me miraba a los ojos. La reflexión se apoderó de nosotras. “Hay que ser positivo, eso me ayuda, con cualquier cosa soy feliz”. En medio del tenso momento, pudo traer con amor algunos de sus gustos personales: el baile, las manualidades y los domingos en los que levantarse de la cama no es un requisito: “Pido domicilio, para eso uno trabaja, para darse gustos”. Sus hijos son mayores y esta mujer lo tiene claro, en cualquier momento formarán su vida lejos y para Paty el domingo seguirá siendo el día en que lo único que se levanta es el teléfono para hacer la respectiva llamada salvatripas.
De regreso a casa el trayecto cambia por completo, excepto por la flota que es de carácter obligatorio si quiere salir del municipio a la ciudad. Después toma el famoso y muy Bogotano SITP. Luego hay que hacer trasbordo, y por último camina de cinco a seis cuadras hasta que, por fin es hora de sacar las llaves, bañarse, ir al gimnasio, cerrar los ojos y repetir con exactitud lo del día anterior.
“Toda la vida he trabajado y creo que mientras pueda trabajar, lo voy a hacer”.
Pie de página foto 1: En la zona de tajado Paty pesa y organiza pedidos para el área de despacho, uno de los espacios que llegó a dominar tras años de trabajo y aprendizaje dentro de la fábrica.
Pie de página foto 2: Aunque su rol principal está en el despacho, Paty se mueve por distintas áreas de la planta, siempre dispuesta a ayudar donde se necesite.








