[Reseña] Cuerpo Down: el lenguaje con el que nombramos lo que no habitamos

 Por: Karen Suárez

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Hay experiencias que desbordan las palabras, pero también hay libros que nacen precisamente de esa necesidad urgente de nombrar lo que irrumpe. Cuerpo Down, obra publicada el 13 de enero de 2026 por Editorial Planeta, no busca ofrecer respuestas fáciles, sino tensionar los discursos que solemos dar por sentados. A lo largo de sus 227 páginas, el texto invita al lector a revisar la manera en que está usando el lenguaje para referirse a un cuerpo que no se habita. Desde sus primeras páginas, el libro instala una incomodidad necesaria, la de enfrentarnos no solo a una historia, sino a la manera en que la contamos.

En Cuerpo Down, Monse Arosemena, autora ecuatoriana, construye una memoria que parte del diagnóstico prenatal de su hija y se expande hacia una reflexión más amplia sobre la maternidad, el lenguaje y las expectativas. Lejos de inscribirse en una narrativa ejemplar o pedagógica, el libro se sitúa en un territorio más complejo, donde la experiencia personal se convierte en materia literaria sin perder su densidad emocional ni sus contradicciones.

Lo que distingue a este libro no es únicamente el tema que aborda, sino la tesis que se insinúa entre líneas y que invita al lector a cuestionar las conductas que ha adoptado para relacionarse con aquello que desconoce, así como las palabras que elige para nombrarlo. El texto no busca conmover, sino incomodar, poner en duda las certezas desde las cuales miramos. Y esta invitación nace del ejercicio que realiza la propia Arosemena al cuestionar y admitir sus pensamientos e imaginarios frente a una realidad que la llevó a vivir de frente la maternidad de un Cuerpo Down.

Uno de los ejes más potentes del libro es su relación con el lenguaje. A lo largo de la narración se evidencia la dificultad para comprender los términos médicos, pero también la lucidez con la que la autora, madre y escritora, impulsada por la necesidad de narrar e incluso de traducir su experiencia, va dando forma a esas palabras hasta convertirlas casi en personajes que empiezan a formar parte de su historia y de la de su hija. La presencia constante de este lenguaje no solo responde a una necesidad informativa, sino que revela un intento por apropiarse de aquello que inicialmente resulta ajeno y amenazante.

La voz que sostiene el relato se caracteriza por una honestidad poco frecuente. Lejos de suavizar la experiencia, la autora incorpora pensamientos incómodos que suelen quedar fuera del discurso público, especialmente en lo que respecta a la maternidad. Una madre asustada, una madre que no quería una hija con Cuerpo Down, pero que, poco a poco, a partir de su propia experiencia y de una mirada crítica sobre lo que vive, va moldeando ese miedo hasta transformarlo. Este recurso permite que el lector teja con ella un entramado de ideas que se nutre de la experiencia y que configura tanto lo propio como lo aprendido, hasta conducirla hacia una especie de tregua, con su historia, con sus dolores, pero también con el deseo latente de empezar a construir nuevos discursos desde una revisión minuciosa de la manera en que nos comunicamos frente a aquello que no conocemos.

Por otra parte, resulta fundamental considerar el papel de la familia en esta narración. Se trata de una familia atravesada por los mismos miedos e imaginarios que la madre, pero que, sostenida por los vínculos afectivos, acompaña con paciencia su proceso de comprensión y transformación. Una abuela que cuida sin descanso, un esposo que aprende, también, a nombrar, y unos hermanos que, desde su mirada infantil, reconocen simplemente a una hermana a quien querer y con quien jugar.

A través de estas presencias, la autora deja ver que incluso dentro de una misma experiencia conviven múltiples formas de vivirla, pequeñas variaciones, micro experiencias que complejizan el relato y amplían su alcance. En ese sentido, el libro no solo narra un proceso individual, sino que abre un horizonte para repensar colectivamente aquello que hemos naturalizado, aquello que aún incomoda y las formas en que el lenguaje y las relaciones pueden transformarse para construir vínculos más conscientes.

La estructura del libro acompaña el proceso emocional que describe. Escenas, recuerdos, documentos médicos y reflexiones conviven en un mismo espacio narrativo, generando una lectura que avanza entre lo íntimo y lo clínico. Este entramado de elementos no solo cuenta una historia, sino que reproduce la experiencia de incertidumbre que la atraviesa.

Desde el momento R, el día del nacimiento, la revelación de un diagnóstico que se esperaba no fuera cierto, hasta las últimas líneas del libro, que invitan a mirar desde otro lugar, la autora muestra lo fructífero que puede ser examinar con detenimiento nuestros imaginarios. Nos invita a detenernos, a escuchar aquello que hemos naturalizado, a preguntarnos cómo estamos nombrando lo diferente y a reconocer que el lenguaje, como expresión de nuestros códigos y formas de pensar, incide directamente en la manera en que comprendemos experiencias que no habitamos, pero que merecen ser nombradas con mayor conciencia.

Al finalizar la lectura, lo que permanece no es únicamente la historia que se ha contado, sino las preguntas que esta deja abiertas. Cuerpo Down no ofrece conclusiones definitivas, pero sí obliga a mirar de frente aquello que muchas veces preferimos evitar. En ese gesto, el libro encuentra su mayor fuerza, en recordarnos que nombrar es también una forma de comprender, y que no siempre estamos preparados para hacerlo.

La periodista y crítica literaria Karen Suárez, entrevisto a la escritora ecuatoriana Monse Arosemena.

| Nota del editor *

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