Por: Julieth Cicua
Una hazaña deportiva que nos sumerge en la vida íntima de sus protagonistas, Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin, unidos por el amor y el deseo de lograr lo imposible.
Es un documental de 2026 que nos transporta a una de las travesías más extremas del planeta, escalar la cara norte (China) del Monte Everest y bajar de allí esquiando.
Uno de sus mayores aciertos es la fotografía: resulta sorprendente que la dupla de dirección haya reunido a profesionales que, además de dominar su oficio, tuvieran conocimientos de montañismo y estuvieran dispuestos a ascender al Everest.

Al tratarse de un documental registrado por personas que realmente emprenden el ascenso y el descenso, la cámara se convierte en una compañera más de la expedición. La estabilidad de los planos, incluso en condiciones extremas, y las imágenes aéreas realizadas con drones dejan una experiencia visual extraordinaria, que combina la espectacularidad de los documentales de naturaleza de National Geographic con una perspectiva inmersiva que permite sentir los riesgos de la montaña desde adentro.
Sin embargo, Everest: la otra cara no nace con el fin de registrar una hazaña deportiva. Comienza con la intención de acompañar a la pareja de Hilaree Nelson y Jim Morrison en una expedición que contempla el ascenso y un descenso en esquí de extraordinaria dificultad. Sin embargo, la muerte de Hilaree durante una escalada preparatoria cambia el rumbo del proyecto.

Lo que inicialmente se plantea como un homenaje a una mujer aventurera, valiente, madre, empresaria y deportista, se transforma en una historia atravesada por la incertidumbre: ¿tiene sentido continuar cuando el proyecto ha perdido a una de sus figuras centrales? y ¿el riesgo deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza?
Aquí aparece uno de los momentos más interesantes del documental: en medio de las dudas sobre la continuidad de la expedición, su codirectora,Elizabeth Chai Vasarhelyi, recuerda a los amigos que ha perdido en la montaña, personas que alguna vez estuvieron sentadas a su mesa y que ya no están, advirtiendo el temor de poner en riesgo a su esposo y codirector Jimmy Chin que también decide ir con la expedición. De pronto, el Everest deja de ser únicamente un desafío físico y se convierte en una amenaza para la vida familiar y afectiva de quienes deciden enfrentarlo.

Es una reflexión poderosa porque desplaza la mirada del heroísmo hacia quienes esperan en casa y el costo emocional de perseguir una hazaña. Sin embargo, la película apenas desarrolla esta dimensión. La inquietud aparece, abre preguntas y deja entrever un conflicto personal que habría merecido mayor profundidad.
Y es que tras la muerte de Hilaree, el relato se concentra en la preparación y ejecución de la expedición; seguimos al equipo durante los campamentos, conocemos las dificultades del recorrido y observamos cómo cada avance exige coordinación, resistencia y adaptación. La estructura se acerca entonces a la de los documentales deportivos tradicionales, centrados en la preparación, los obstáculos y la conquista de una cumbre que representa más que una marca en el mapa.

En el camino conocemos algunas de las motivaciones personales de los montañistas: uno de ellos encuentra en la escalada una posible forma de reconciliarse con una pérdida dolorosa. La idea resulta sugestiva: ¿hasta qué punto superar un desafío físico puede ayudarnos a procesar una herida emocional? No obstante, aunque el documental refuerza esta motivación y une a sus expedicionarios, no profundiza lo suficiente para dotarla de una verdadera carga dramática.
Mientras avanza el relato, la figura de Hilaree Nelson se vuelve difusa; está presente en las imágenes y en las palabras de los demás, pero no llegamos a sentir su ausencia durante el relato restante. La montaña termina ocupando el lugar que inicialmente parecía destinado a Hilaree, y el homenaje queda subordinado a la hazaña deportiva.

Esto no le resta valor a la película, que se muestra honesta con los cambios inesperados de su desarrollo, pero sí evidencia una distancia entre lo que promete en sus primeros momentos y lo que finalmente llega a salas. Everest: la otra cara es visualmente deslumbrante y gracias a esto atrapa al espectador.
El documental habla de resiliencia, fuerza humana y trabajo en equipo, pero también de las maneras en que intentamos afrontar los golpes de la vida, el costo de perseguir nuestros sueños y esa necesidad profundamente humana de enfrentarnos a desafíos extraordinarios para intentar comprendernos a nosotros mismos.








