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[Reseña]: Loa al divino Narciso, Amar con fe lo es todo

Por: Juan David Quevedo

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Escrita en el siglo XVII por Sor Juana Inés de la Cruz, Loa al divino Narciso surge como una pieza breve de carácter simbólico que introduce un universo donde lo espiritual, lo cultural y lo humano entran en tensión. En esta adaptación contemporánea, la obra se transforma en una experiencia escénica viva, donde el cuerpo, la música y la imagen reemplazan la palabra como eje principal del relato.

Desde el inicio, la puesta en escena se construye como un ritual. La música en vivo, con instrumentos como tambores, vientos y acompañamientos melódicos, no funciona como fondo, sino como motor narrativo. Cada ritmo marca una emoción: lo festivo, lo sagrado, lo tenso, lo violento. El canto también cumple un papel fundamental. La invocación al dios de la semilla se presenta como un acto colectivo, casi ceremonial, donde la repetición y la armonía transmiten reverencia. En contraste, la presencia de la serpiente se acompaña de una musicalidad insistente, casi hipnótica, donde la reiteración de su nombre refuerza su carácter dominante y perturbador.

Foto: Juan David Quevedo

Uno de los recursos más claros y efectivos de la obra es el uso de los zancos como lenguaje visual de poder. No todos los personajes se elevan de la misma forma, y esa diferencia no es gratuita. Hay alturas intermedias que sugieren jerarquías, posiciones de transición o autoridad parcial. Pero también hay figuras que alcanzan una altura mucho mayor, imponiéndose sobre el resto del escenario. Esa verticalidad establece una lectura inmediata: quien está más alto tiene mayor control; quien permanece en el suelo habita lo humano, lo vulnerable, lo que resiste.

Sin embargo, esta lógica se rompe con la figura de la serpiente. A diferencia de otros personajes, no necesita elevarse para ejercer poder. Su dominio se construye desde el movimiento, desde el control de otros cuerpos que la sostienen y la desplazan sin que toque el suelo. Su vestuario rojo, sumado a sus gestos ondulantes y expresivos, refuerza su carácter simbólico: no representa una autoridad visible, sino una influencia que se infiltra seduce y manipula.

Foto: Juan David Quevedo

El vestuario, por su parte, aporta otra capa de lectura. No se limita a lo estético, sino que sugiere diferencias claras entre grupos. Algunos personajes portan elementos que remiten a lo ancestral, con colores, texturas y adornos que evocan una conexión con la tierra. Otros presentan vestimentas más estructuradas, con tonos neutros o definidos, que pueden asociarse con orden, imposición o jerarquía. Incluso dentro de estos grupos hay variaciones que permiten percibir niveles: figuras más ornamentadas, más elevadas o visibles frente a otras más sencillas o cercanas al suelo. Así, el vestuario contribuye a construir una especie de mapa social dentro del escenario.

La obra también se apoya en el cuerpo como principal herramienta narrativa. Las acrobacias, los saltos y las estructuras humanas no son solo demostraciones físicas, sino formas de contar. Los intérpretes se convierten en plataformas, en caminos, en obstáculos. Se elevan unos sobre otros, se sostienen, caen y se levantan, creando imágenes que reemplazan cualquier explicación verbal. La historia se entiende porque se siente.

Foto: Juan David Quevedo

En ese lenguaje corporal aparece también el conflicto. La confrontación entre grupos no se presenta de manera simbólica distante, sino directa, física. Hay choque, lucha e imposición. Los cuerpos en el suelo, los enfrentamientos con armas y la resistencia constante reflejan una tensión que no se oculta. La obra no suaviza ese momento: lo expone.

En medio de este panorama emerge una dimensión más íntima: la del amor y el rechazo. La relación entre la figura divina y el personaje terrenal introduce un conflicto emocional que se entrelaza con el resto de la narrativa. No se trata solo de elegir a quién amar, sino de lo que implica no ser elegido. La serpiente, desde su lugar, también encarna esa frustración, transformando el deseo en confrontación.

La interacción con el público refuerza el carácter contemporáneo de la propuesta. Al romper la distancia entre escena y espectador, la obra deja de ser una representación lejana y se convierte en una experiencia compartida. Lo que ocurre en el escenario no pertenece únicamente a los actores: involucra a quienes observan.

Foto: Juan David Quevedo

Loa al divino Narciso logra, así, construir una experiencia donde lo visible, la música, los cuerpos, la altura, el color dialoga constantemente con lo invisible: el poder, la fe, el deseo y el conflicto interno. La obra no se limita a mostrar, sino que invita a interpretar, a sentir y a cuestionar.

Al final, lo que permanece no es solo la imagen de un montaje impactante, sino la sensación de haber atravesado una historia que, aunque se presenta en escena, sigue resonando fuera de ella.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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