Foto: Sady Gonzalez, tomada de www.fotografonofotografo.com

Por Paula Andrea Henao Cruz

Viernes 9 de abril de 1948, dos y media de la tarde, Conchita Bernal, una niña de 8 años estaba lejos de pensar que algo extraordinario pudiera estar pasando afuera del colegio Nuestra Señora del Rosario, ubicado en la calle segunda con carrera séptima en el barrio las Cruces de Bogotá. Lo único importante para ella era que ya faltaba poco para que dieran las tres, anunciaran la salida y comenzara el descanso del fin de semana, pero aquel descanso nunca llegó. Por las ventanas del salón se comenzaron a ver llamas que provenían de la carrera séptima, tranvías envueltos en fuego hacían un espectáculo casi místico frente a los ojos de pequeñas niñas que poco o nada entendían qué estaba pasando y que sin previo aviso fueron apartadas de las ventanas por los tiroteos y llevadas al patio central.

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Sólo una hora antes de la irrupción de las clases en el colegio rosarista, en la Clínica Central, ubicada en la calle 12 con carrera quinta, se encontraba Jorge Eliécer Gaitán luchando por su vida tras recibir tres impactos de bala al salir de su despacho en la carrera séptima. Las calles cercanas al lugar del atentado estaban llenas de gente, toda la carrera entre las calles 14 y Av. Jiménez estaba repleta de voces reclamando justicia contra Juan Roa Sierra, quien a la 1:05 de la tarde disparó contra Gaitán con un revólver Smith contramarcado, de calibre 32 corto, niquelado de cachas blancas y  con el número 19461 como marca.

El patio de la Clínica estaba en un panorama similar, mientras el caudillo del pueblo se enfrentaba a una herida grave en la base del cráneo, en el edificio médico no cabía ni una sola persona más. Por esta razón, no se dijo ni una palabra a las dos en punto de la tarde cuando murió Gaitán. Los médicos permanecieron en silencio mientras decidían cómo actuar. Finalmente, a las 2:20pm  el Doctor Terbert Orozco dio la funesta noticia.

Según el profesor Fabio Medellín, el pánico es lo que sucede al miedo, si en el miedo prevalece la parálisis, la acción es la protagonista del pánico. Es de esta manera, como el miedo que primaba en la sociedad bogotana en temporada de elecciones encontró su punto de inflección al dar el ultimátum del Doctor Gaitán, redireccionándose a un pánico desenfrenado, caracterizado por una cultura violenta.

La ciudad lloró con la gente en un torrencial aguacero y a pesar de que Darío Echandía, perteneciente al partido liberal, intentara calmar la ira del pueblo, las revueltas comenzaron, y mientras a las tres de la tarde se hacía el levantamiento del  cadáver del asesino, arrastrado por la multitud enfurecida, se dio inicio la destrucción del mobiliario y los archivos de la cancillería de San Carlos. Todos los muebles y objetos de la cancillería fueron llevados a la plaza para ser incinerados y aunque ladrones intentaron sacar provecho y robarlos, las mujeres en las esquinas esperaban para detenerlos gritando -¡No saben nada! ¡Afuera los ladrones! todo eso es del pueblo y el pueblo lo destruye-  Muchos de los tranvías quedaron atrapados por los bloqueos en el centro de Bogotá y pronto la furia se extendió hasta llegar al incendio de los vehículos municipales en la carrera séptima. Los mismos tranvías que Conchita vio por su ventana.

Mientras tanto, en el patio del colegio más de 500 niñas esperaban a su suerte el actuar de las monjas, quienes asustadas temían por la suerte de la institución. La quema de los tranvías no fue suficiente y enseguida el pueblo enardecido comenzó a incendiar las iglesias cercanas y demás edificios religiosos del sector, -nos asomamos a las ventanas y vimos a policías corriendo hacia el Colegio Mayor de San Bartolomé que se estaba incendiando, el convento de Santa Clara, la iglesia de San Ignacio y a la iglesia de Santa Inés la quemaron toda-, lo que aumentaba la tensión de las directivas con respecto al destino que podrían correr las estudiantes que se encontraban bajo su responsabilidad.

En la hemeroteca de la biblioteca Luis Ángel Arango se encuentra en  pequeños rollos la ruta de la catástrofe, correspondientes a las ediciones de aquel abril de 1948 del periódico El Espectador. El espíritu de destrucción comenzó en el Ministerio de Justicia en la calle 14 entre las carreras quinta y sexta, prosiguió en el ya mencionado San Carlos, siguió por el Capitolio Nacional y se extendió al edificio de “El Siglo” en la carrera 15 con calle 45, de aquel periódico no quedó columna en pie. Continuó con la Prefectura Nacional frente al templo de la Capuchina. Llamaradas salían por toda la Plaza de Bolívar desde la carrera séptima al norte y por la Av. de la República, pasando por los edificios de correos y telégrafos por las calle 18 y 19 con carrera séptima.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde y Conchita seguía esperando en el patio del colegio. Cada tanto decían el nombre de alguna estudiante, ésta tomaba su maleta y se dirigía a una pequeña puerta para ser entregada a sus padres. Pasaron las cinco y no la llamaban, la angustia en medio de la ignorancia de los hechos le generaba un susto inimaginable: una niña de ocho años estaba a la espera de un auxilio familiar que quizá no llegaría.

Finalmente su nombre fue anunciado. -Me llamaron de la portería, a las 5:30 dijeron mi nombre. Yo sabía que a las que estaban llamando era porque habían llegado por ellas, entonces yo me paré, cogí mi maleta y salí.- Así, la tía Paquita, quien la esperaba en la puerta,  de la mano de Conchita y la muchacha que prestaba sus servicios domésticos,  comenzaron su propia odisea para llegar sanas y salvas a su casa, enfrentándose a sus propios ideales conservadores frente las revueltas de liberales con sed de venganza y a bandidos que aprovecharon el desorden.

A pesar de que su padre estaba en la casa sus tías decidieron tomar el control del asunto y no permitirle salir para cuidar su seguridad -Toda la familia era conservadora y mis tías no lo dejaron ir al colegio, porque era hombre y le podían hacer algo. En cambio, si veían a unas viejitas ahí pues era diferente. Mis tías no lo dejaron ir a recogerme-.

3000 presos por delitos comunes se escaparon ese 9 de abril y muchos otros más fueron autores de grandes disturbios en las cárceles. Sin embargo la capital no solo debía preocuparse por aquellos que habían huido, sino también por toda la gente, que desesperada por hacerse escuchar y que no poseía arma alguna para hacerlo, entró a la fuerza a las ferreterías, robando cualquier artefacto que pudiera ser útil para sus fines; como machetes, hachas, varillas de hierro, etc. Una vez las ferreterías fueron robadas, el saqueo generalizado se propagó a todos los establecimientos.

La ruta de la odisea de estas tres mujeres era la siguiente: bajar a la Av. Caracas, tomar la calle 19 y caminar hasta la calle 23 con carrera 13, el barrio El Restrepo. Parecía simple, pero no lo era. Cabe volver a resaltar que ella y su familia eran de corte conservador, lo cual era una desventaja enorme frente a los gritos de la muchedumbre “¡Abajo los godos, qué vivan los liberales!”, por lo cual, al ver que “la chusma” se acercaba, tenían que comenzar a jugar una suerte de escondidas entre las calles y barrios como  el Vergel y San Antonio.

Llegando a su primer Check point, la Av. Caracas, pasando por el Hospital de la Hortua, el ahora llamado San Juan de Dios, por la carrera décima, Conchita vio algo que la marcaría de por vida, -estaban arrastrando a un hombre y gritaban “Abajo los godos, ¡qué vivan los liberales!” todo el tiempo gritaban eso.- Nunca supo si vivía o no, pero sí era evidente que había perdido el conocimiento.

Las calles estaban desiertas de transporte, todo se había perdido, se calcularon unos 500 millones de pesos en pérdidas, y Bogotá no retomaría su normalidad movilistica sino hasta casi dos semanas después. Las calles estaban habitadas ahora por aglomerados de gente y gritos, pero también de grupos pequeños que apresuraban su paso, cabizbajos, sin hacer contacto, sin decir palabra. Las emisoras sonaban, la radiodifusora había sido tomada y Conchita para ese entonces, sin haber podido todavía acceder a una frecuencia radial no tenía ni la más mínima idea del por qué estaba caminando a paso rápido en medio de la capital en llamas.

Después de dos horas de un angustioso recorrido y ver dos columnas de humo que se elevaban por la ciudad sobre la Basílica Primada,  las tres mujeres asustadas y exhaustas lograron distinguir a la distancia la familiar fachada verde, con dos ventanas y una puerta, que reconocían como su casa, en el barrio El Restrepo. Sanas y salvas entraron a su tan anhelado hogar.

Octavio Bernal, padre de Conchita, la tía Tuquita y los niños Josefina y Octavio, sus hermanos, estaban esperándolas. Un sentimiento de victoria envolvió su espíritu, finalmente estaba de vuelta en su casa. Pero pese a la dicha de culminar el campo traviesa no se podía negar el panorama en el que se encontraba Conchita y su familia. -Era un susto pensar en que echaran una bomba a la casa, o se metieran y nos mataran. Si golpeaban era una agonía preguntar “¿Quién? ¿Quién es?”-

El colegio Nuestra Señora del Rosario tenía dos modalidades, internado y jornada semi-interna. Conchita pertenecía a la segunda. Nunca se supo qué había pasado con las internas, solo llegó la información que en el colegio permanecieron únicamente las monjas y reabrieron sus puertas quince días después de lo ocurrido.

Ahora aquel colegio que sirvió de resguardo para Conchita en medio de la revuelta que dio inicio a una de las etapas más violentas del conflicto bipartidista colombiano, hacía parte del paisaje destruido que ahora las 500 niñas observaban de manera distinta desde sus ventanas, los escombros de una ciudad que semanas después renacería de las cenizas.

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