Por Ivonne Daniela Ovies Arciniegas

Aún está oscuro, en el fondo se escuchan plegarias, Dios te salve Marías y la anunciación de cada estación del Viacrucis.

Todo está en penumbra, se escuchan los sonidos de los sapos, grillos y las ranas, el ambiente es frío, silencioso. Aún es de noche y algunas ventanas van mostrando destellos de luz, el aroma a tinto de las cocinas inunda los caminos, las personas se ponen poncho o chaqueta, cogen su vela y emprenden el camino hacia la tienda de doña Verónica Prias, lugar de partida de la procesión del Viacrucis.

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El reloj marca las 5 de la mañana, los asistentes llegan poco a poco, familias, vecinos y amigos se van reuniendo. Saludan y observan el altar en silencio que se contagia en cada persona como aura de devoción y solemnidad. De la casa no se ve luz, solo está prendido el corredor, una imagen de Jesús caído con la cruz a cuestas es lo que acompaña el altar, flores a los lados y un velón blanco.

Llega una camioneta, se baja una mujer de estatura baja, blanca, cabello corto, a su lado viene una alta, trigueña, cabello corto y negro, en sus manos camándulas, letras de canciones que son repartidas también a la comunidad, un libro café que contiene las estaciones del viacrucis y a su lado un joven alto y serio que carga un megáfono.

Lo encienden y Teresa Ovies es quien da la bienvenida a los asistentes, agradece por congregarse un año más a este ritual de la religión católica que hace parte de la Semana Santa. La miro y se sorprende al hacer cálculos de cuantos años lleva esta tradición, ella no sabe específicamente, solo comienza a contar con los padres que han estado en la parroquia “Con el padre Héctor comenzamos, eso fue como al tercer año de que él estaba aquí, el padre Pastor siete años, Carlos otros siete y con el Padre Jairo 3”.

Se sorprende al darse cuenta que ya son 20 años los que se completan siguiendo esta tradición. Silvia, una habitante de la Vereda Panamá, me mira y dice “eso desde que ellos empezaron yo siempre los he acompañado, de hecho tengo que ir a ver en qué ayudo”. La comunidad y los turistas se han integrado a esta actividad y ya la consideran como una tarea, todos esperan el letrero de la estación que corresponde o solicitan que este año les dejen una estación porque son nuevos.

Algo por resaltar es la iniciativa que tuvo esta familia en realizar un viacrucis, pedir permiso al padre que esté en ese momento y continuar reuniendo a la gente. En varias ocasiones se ha contado con la asistencia de seminaristas, una vez, misioneros construyeron una cruz de más o menos dos metros para cargar en la procesión.

Cada persona tiene una petición, cada uno acompaña a Jesús, sus apóstoles y a la Virgen María en este calvario que cada año una comunidad reivindica con el fin de revivir y aumentar la creencia de que esta cita cada Viernes Santo sea cumplida. Un visitante de la región afirma “Nosotros venimos porque visitamos a nuestros padres, es temprano y no hay sol, los carros no son tantos y los conductores respetan”.

Detrás de la procesión va la camioneta de la que se sube o baja en algunas ocasiones Teresa, de resto la ceremonia es liderada por Josefina Ovies. Entre estaciones se reza el Santo Rosario, se canta, se camina, se ora. Llegan a la estación, la leen y se arrodillan diciendo “Te alabamos Cristo que por tu Santa Cruz redimiste al mundo, alabada sea la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo y los dolores de su Santísima madre al pie de la cruz” se persignan y el dueño de la casa lee la palabra de Dios.

La procesión es acompañada por el cantar de los gallos, los pajaros, el amanecer, que es un ingrediente más a este acto solemne, los asistentes viven el viacrucis, lo sufren, en sus rostro se refleja el dolor. Hoy en un día conmemorar un acto simbólico de la religión católica como lo es el viacrucis, es para los creyentes un ritual indispensable que hace parte de una semana vivida con fervor.

Es por eso que nuestro periódico Datéate al Minuto deseó relatar cómo se vive el viacrucis en la vereda Panamá, ubicada en el municipio de Anapoima. Observar con lupa como fuera de Bogotá aún se celebran estás tradiciones, mostrar una familia empoderada que deseó seguir con sus creencias y tradición al punto en el que los habitantes ya preguntan en qué deben ayudar. Estos actos son los que construyen tejido social.

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