[Crítica] Digger: La ironia de la humanidad que recuerda para repetir, no para aprender

Cuando una película se adentra en un terreno donde la memoria colectiva, la política internacional y la explotación ambiental se entrelazan en un discurso cinematográfico que no busca consuelo sino confrontación.

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El director mexicano Alejandro González Iñárritu construye un ensayo visual sobre la repetición histórica y la incapacidad del ser humano de aprender de sus errores. Los gestos políticos, la repetición de una fórmula acuñada por siglos para controlar las masas y los mismos resultados de siempre bajo falsos líderes, le recuerdan a la humanidad que películas como esta no son una señal de alerta lejana histórica, sino una advertencia que recuerda la frase del filósofo, crítico y literario alemán Walter Benjamin: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ en el que vivimos es la regla”.

La película se toma su tiempo desde la imponencia técnica, que narra con cada plano que recrea obras de arte universal. El director ha revelado que la película está fuertemente inspirada en la obra de múltiples pintores clásicos, y el director de fotografía, el legendario Emmanuel El Chivo Lubezki, delinea mensajes filosos que forman la idea final a partir de obras del pintor alemán Caspar David Friedrich, y de los paisajes barrocos y de las ruinas de la civilización de Jacob van Ruisdael, maestro holandés que combina tumbas profanadas, árboles partidos por tormentas y una ruina arquitectónica bajo nubes amenazantes para simbolizar la desolación a través del concepto de las ruinas y la transitoriedad de la vida como un Memento Mori.

La cinta desnuda la hipocresía de los dirigentes mundiales, que no pretenden salvar el planeta, sino extraerle hasta la última gota de beneficio. La ONU, con su gran salón de discursos, aparece como un escenario vacío, un teatro donde los títeres sin alma hacen el espectáculo, en el que las palabras se pronuncian con solemnidad, pero carentes de acción, deconstruyendo dentro de la crítica otra advertencia sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt.

La burocracia y la retórica diplomática se convierten en mecanismos que perpetúan la devastación. Por eso Digger (Tom Cruise), expone esa banalidad desde la explotación de recursos y una falta de empatía estructurada y violenta, simbolizada en su gata Maggie, en su incapacidad de compasión y en su egoísmo estructurado frente a todo ser vivo.

La influencia del personaje muestra cómo la política internacional legitima la explotación bajo el disfraz de acuerdos y promesas falsas que enriquecen a pocos y dañan toda la humanidad. Los ecos de una película como Doctor Strangelove (1964) son inevitables.

Kubrick retrató la locura nuclear como un juego de poder entre hombres incapaces de detener su pulsión destructiva. Iñárritu traslada esa tensión al terreno ecológico, teniendo como tema de disputa constante la explotación de la tierra como un suicidio colectivo. El filósofo, psicoanalista y crítico cultural esloveno Slavoj Žižek ha señalado que el capitalismo contemporáneo es capaz de imaginar el fin del mundo antes que el fin de sí mismo, y es por eso que Digger encarna esa paradoja, mostrando que las potencias prefieren cavar su propia tumba antes que detener la maquinaria extractiva.

Por eso ponen peones en lugares del Tercer Mundo, porque la sátira de Kubrick se convierte en tragedia modo Iñárritu, pero mostrando un diagnóstico escandaloso y real, ya que la sed de poder nunca se detiene, ni ante la amenaza de la extinción. Uno de los ejes narrativos más potentes de Digger es la memoria. La película plantea que recordar no es un acto de redención, sino un mecanismo perverso: el ser humano recuerda para repetir, y al ver las ruinas desquebrajándose mira hacia el futuro, pero solo para dejar nuevas ruinas que conmemorar, mientras se arrastra de nuevo hacia el futuro.

Los personajes también se correlacionan con estos símbolos de poder, como Ganesh (Riz Ahmed), uno de los más conocidos, queridos y adorados del panteón hinduista, que se convierte en la verdad y la resistencia, que termina diluido entre el sistema y la fuerza que representa acoger una mentira en lugar de afrontar una realidad. Con ellos, un mítico elenco: John Goodman como el presidente de los Estados Unidos con una enfermedad simbólica, Michael Stuhlbarg como el vicepresidente y el remedo del poder. También se revelan en pantalla Sandra Hüller, Jesse Plemons, Sophie Wilde y Emma D’Arcy.

El director mexicano desglosa la memoria colectiva, señalando que no es un archivo para aprender, sino un guion que se reinterpreta una y otra vez, con los mismos errores, las mismas ambiciones y catástrofes que, entre ídolos, villanos y el sistema de pensamiento preestablecido, se forman al antojo del poder. Desde el inicio, la humanidad necesita ídolos y villanos para sostener su narrativa. Los líderes que destruyen el planeta son elevados a figuras míticas, mientras que quienes intentan salvarlo son marginados o convertidos en caricaturas, recordando que el poder no solo se ejerce, sino que se inscribe en los cuerpos y en la memoria colectiva. Digger denuncia cómo las idolatrías política y económica son la verdadera maquinaria que impide el cambio: el villano se convierte en motor de la historia, y el ídolo en excusa para justificar el sacrificio de una histeria colectiva que se celebra como espectáculo, no como resistencia.

La cinta de 2 horas y 8 minutos se abre espacio entre las grandes películas políticas contemporáneas, y quedará en la historia del cine, porque con mucha inteligencia y filo deja grandes personajes que se nutren unos a otros, con un guion sólido escrito por Alejandro González Iñárritu, Sabina Berman, Nicolás Giacobone y Alexander Dinelaris Jr., con una historia original concebida por Iñárritu, Berman y Jez Butterworth.

La crisis ambiental es el nuevo y visible campo de batalla de la humanidad, no para repararlo y ofrecer esperanza, ya que el ser humano cava su propia tumba y lo hace con la solemnidad de quien cree estar construyendo monumentos.

Como Kubrick, el director mexicano obliga a mirar la locura del poder, locura que en este caso es la explotación infinita de un planeta finito. Y aunque Iñárritu, como siempre, le exige al espectador una prueba de atención hasta el segundo acto, Digger logra lo que se propuso, con una película arriesgada que no teme, que, bajo la estela de una de las últimas superestrellas de Hollywood como Tom Cruise, está seguramente encaminada a ser candidata a premios.

Una película que le dice al mundo que la humanidad está acostumbrada a seguir ídolos idealizados en los libros de historia, y a quejarse de lo que alguna vez pudo ser gracias a su fluctuante memoria, aunque incapaz de generar cambios y definir peligros, aunque los tenga enfrente.

Pareciera que a la humanidad le gusta tropezar con la misma piedra y quejarse de lo mismo, amparada en un constante miedo al cambio e incapaz de aceptarlo. Lo que sí es seguro es la nominación de esta película en varias categorías, además de la de mejor actor principal para Tom Cruise y, por qué no, su primer premio Oscar en competencia. Una película para cuestionar lo que cada persona hace por la humanidad, o para su egoísta visión de sí misma. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

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