El director y guionista estadounidense Bill Condon se toma el riesgo de tomar un texto que ya es mito dentro de Broadway como lo es: El beso de la mujer araña de Manuel Puig, pero este no es su primera versión en la gran pantalla, ya que Héctor Babenco la llevó al cine en 1985 con una crudeza inolvidable con una película que envejeció bien y que se estrenó como musical cinematográfico. Ahora, llega en esta nueva versión un lenguaje híbrido entre el musical y la teatralidad, con el escenario carcelario funcionando como espacio de represión política y, al mismo tiempo, como escenario de fuga hacia la belleza del espectáculo.
El beso de la mujer araña presenta a Luis Molina (Tonatiuh Elizarraraz), un homosexual condenado, el cual llega a la misma celda con Valentín Arreguí (Diego Luna) un preso político en una prisión argentina durante la dictadura militar, tejiéndose un vínculo inesperado entre ellos mientras Molina narra historias de películas de Hollywood protagonizadas por su diva, Ingrit Luna (Jennifer Lopez) mezclando realidad y fantasía para escapar de la opresión, en una historia sobre amor, resistencia y el poder de la imaginación, algo similar o que nos recuerda a lo que fue la intención en la desafortunada Guasón: folie à deux (2024).

Sin duda una de las virtudes de los musicales es la puesta en escena que, si se logra, salen a la luz joyas como: El mago de Oz (1939), Cantando bajo la lluvia (1952), Moulin Rouge! (2001) o la gran La La Land (2016), entre otras. La dirección de Condon no escatima en esfuerzos para ofrecer un gran espectáculo lleno de glamour, unas actuaciones notables y la gran sorpresa que, con una actuación estelar, para mí, se roba el show en cada momento de la cinta como Tonatiuh Elizarraraz.
La gran apuesta musical de Condon convierte la imaginación del protagonista en números coreográficos que funcionan como válvula de escape, como se ha visto antes en ejemplos como la infravalorada Sucker Punch (2011) y que transforman la figura de la celda en un teatro interior, donde la fantasía se impone sobre la violencia y el espectáculo, un el vehículo por donde escapar.

Desde las actuaciones Jennifer López como la Mujer Araña logra ser magnética, encarnando a la diva que es a la vez mito y proyección del deseo bajo la percepción del personaje de Luis que la convierte en diosa desde las cuatro paredes ya que su presencia ilumina la pantalla, aunque a veces se impone más como estrella que como metáfora subversiva, pero en mi opinión, la atención se desvía en la contundente demostración actoral de Elizarraraz.
El director de manera muy hábil logra que Diego Luna y Tonatiuh logren sostener el contrapunto dramático entre el preso político y el hombre homosexual, haciendo que la intimidad sobreviva al artificio, gran aporte de la estilizada fotografía de Tobias A. Schliessler, que equilibra los tonos de ambas “realidades” y refuerza la idea de cine dentro del cine como, una especia de metaficción del sueño que se convierte en resistencia.

Cabe resaltar que el exceso visual de las secuencias musicales suaviza la estructura del musical, y corta por momento la crudeza política de Puig que va de la mano de la represión estatal y la violencia de época que quedan subordinadas al espectáculo, formando por momentos un ritmo irregular y cierta desconexión, en la alternancia de intimidad y grandilocuencia en el escenario, pero logra salir adelante.
Es imposible no compararla con Babenco y su versión de 1985, que sigue siendo más visceral y difícil de superar en densidad política, pero lo que se logra aquí no es una reversión de la anterior sino por momentos una reinterpretación que, frente a la lectura política actual, está más presente que nunca. Además, Condon parece debatirse entre dos emociones como la fidelidad al texto político y la fascinación por el show musical. En ese vaivén, la película gana en accesibilidad para nuevas audiencias, pero pierde parte de la densidad ideológica que hacía de Puig un autor incómodo y visionario.

La Mujer Araña muestra a López como la Diva que puede llegar a ser, utilizando el espectáculo como recurso de seducción, pero también suaviza la potencia subversiva del relato. El resultado es un filme que brilla en su superficie y se resiente en su profundidad, pero sin duda tiene valor estético y sonoro, especialmente por la notable presencia de Colleen Atwood en el diseño de vestuario y la música del compositor John Kander. Juzguen ustedes.








