[Crítica] El gran viaje (Planètes): una cruzada espacial desde el interior

De lo más pequeño a lo más grandioso, es una de las bellas ideas y premisas del más reciente trabajo de la cineasta y artista visual japonesa Momoko Seto, con su obra a manera de odisea cósmica, protagonizada por algo tan singular y poco común como las semillas de diente de león, una obra en la que las particularidades de sus personajes tienen la capacidad de presentar momentos emotivos y tensión hasta conmover a quien la vea, todo esto sin diálogos o expresiones humanas.

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Seto vive en Francia donde trabaja como cineasta para el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), combinando el arte experimental, la ciencia y la naturaleza. Su obra es reconocida por explorar el mundo microscópico y los elementos naturales a través de técnicas innovadoras, y esta visión tan desarrollada sobre la naturaleza, sumada a su experiencia, le permite interpretar este viaje mediante la imaginación y la animación, en donde los mundos colapsan, al tiempo que se llenan de mensajes más cercanos de lo que se puede imaginar.

La premisa de El gran viaje es mostrar el arduo camino de cuatro semillas de diente de león que sobreviven a una catástrofe terrestre y son lanzadas al espacio en busca de un suelo fértil donde germinar. El relato se nutre de varias interpretaciones en donde la amistad, la fuerza de sobrevivir con voluntad férrea y temas como la migración y la violencia xenófoba forman parte de una historia con escenarios surrealistas, donde se pueden encontrar ranas congeladas en paisajes de nieve, campos de rábanos sobre lava o anillos de calamares fosforescentes orbitando un planeta.

La directora es consciente de que este mundo conceptual está lleno de matices, pero en ningún momento, en la película de 75 minutos de metraje, deja algo al azar, porque se trata de una historia conmovedora que demuestra la fragilidad de estar y, al tiempo, la fuerza de la vida emergiendo, para adaptarse y convertirse en fuente inagotable de energía. El espectador es testigo de cómo pasan miles de millones de años en un abrir y cerrar de ojos, cuestionando cómo percibimos la existencia en comparación con todo lo que nos rodea, y cómo somos parte de un todo.

La aventura de estos dientes de león se demuestra desde la bella simplicidad del argumento, su mejor virtud, porque la historia se sostiene en gestos mínimos, texturas naturales y un montaje que transforma lo diminuto en épico, recordando constantemente que hay gran belleza muy cerca de cada persona, aunque no se detenga un momento a percibirla. Desde el mensaje de estas semillas, la animación con lo esencial les apropia rasgos particulares desde sus particularidades como la robustez, la fragilidad y el modo en que se convierten en una compañía inseparable que permite al espectador empatizar sin necesidad de palabras.

La directora japonesa le plantea un reto a la obsesión de la realidad contemporánea por medio de la animación, enfocando su atención en lo sensorial y lo poético, haciendo que el espectador no busque una explicación, sino que reviva la atención hacia la naturaleza y disfrute del espectáculo de la vida, que es tan bella como efímera, que regresa una y otra vez a su ciclo. La noción de existencia es solo un concepto humano, pero encarna una de las ideas más complejas de la evolución cultural: el ser y el estar. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

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