El limonero de la memoria

Por: Gutierrez Monroy Karla Fernanda

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En 1959, María Lucy González tenía doce años cuando la violencia llegó hasta la finca donde vivía con su familia en Neiva, Huila. Ese día perdió a su padre, dejó atrás su tierra y tuvo que aprender a empezar de nuevo. Los recuerdos de aquel lugar donde una vez fue feliz y donde todavía vive una parte de su historia.

La noche cae con tranquilidad sobre Bogotá. En la sala del apartamento de María Lucy González, en la localidad de Suba, la luz de la luna se cuela por la ventana y se refleja sobre la mesa del comedor, donde reposan dos pocillos de café y varios álbumes familiares. Ella los abre con el cuidado de quien sabe que entre esas páginas no solo hay fotografías, sino fragmentos de una vida entera.

Con paciencia pasa una hoja tras otra. Aparecen retratos de sus seis hijos, reuniones familiares, celebraciones y escenas cotidianas que cuentan, sin necesidad de palabras, la historia de una mujer que dedicó su vida a trabajar por los suyos. Sonríe mientras recuerda nombres, fechas y lugares. Sin embargo, en medio de la conversación hay un instante en el que deja de mirar las fotografías y fija la vista en algún punto de la sala. Guarda silencio durante unos segundos. Es como si, por un momento, dejara de estar en Bogotá.

—Hay cosas que uno nunca olvida —dice con serenidad—. Las cicatrices no envejecen.

Entonces vuelve a hablar, pero ya no lo hace desde el apartamento donde vive hoy. Su memoria regresa a una finca de Neiva, Huila, donde pasó los primeros años de su vida y donde aprendió, demasiado pronto, que el destino puede cambiar en cuestión de segundos.

No recuerda con precisión quiénes eran los hombres que llegaron aquel día ni por qué buscaban a su padre. Para ella no existían explicaciones políticas ni nombres que pudieran dar sentido a lo ocurrido. Solo recuerda que eran hombres armados, que la violencia que atravesaba el país también alcanzó aquella finca y que, después de ese día, nunca volvió a ser la misma.

Pero antes de la violencia existió otra historia, existió una infancia.

Neiva era distinta entonces. El calor abrazaba la ciudad desde las primeras horas del día, pero casi siempre una brisa ligera recorría los patios y movía las ramas de los árboles, haciendo más llevaderas las tardes. El aire tenía el olor de la tierra recién removida, de los cultivos y de los frutales que crecían alrededor de las casas campesinas. Entre todos ellos había uno que ocupaba un lugar especial en la memoria de María Lucy: el limón mandarino.

Su aroma cítrico, fresco y ligeramente dulce se extendía por el patio cada vez que el árbol daba frutos o cuando la lluvia terminaba de caer. Era un olor donde se mezclaban la acidez del limón con la suavidad de la mandarina. Con los años, María Lucy descubriría que la memoria también tiene aromas y que ninguno sería tan poderoso como ese.

—Todavía hoy huelo un limón y me acuerdo de la finca —dice.

Allí vivía junto a sus padres, Edilberto y Resure, y sus dos hermanas, Laura y Elsa. Para ellos no era una finca con un nombre especial. Era simplemente su hogar. El lugar donde trabajaban la tierra, compartían las comidas y soñaban con un futuro que parecía tan firme como los árboles que crecían alrededor de la casa.

Edilberto era campesino. María Lucy todavía lo recuerda como un hombre de espalda ancha, manos grandes y piel curtida por el sol del Huila. Sus manos llevaban las marcas de los años de trabajo con el machete, de limpiar los cultivos y de sembrar la tierra que sostenía a su familia. Casi siempre llevaba puesto un sombrero de paja que, según recuerda su hija, parecía hacer parte de él.

—Yo nunca lo vi sin su sombrero.

Le gustaba trabajar desde muy temprano. Disfrutaba cuidar los árboles, quitar la maleza y recorrer la finca observando cómo cada cultivo respondía al esfuerzo de sus manos. Entre todos ellos, el limonero ocupaba un lugar especial.

Bajo su sombra transcurría buena parte de la vida familiar. Resure lavaba la ropa mientras las niñas jugaban alrededor del árbol. Edilberto descansaba allí cuando terminaba la jornada y, en ocasiones, sacaba una vieja armónica que llevaba consigo. No interpretaba melodías completas; apenas unas cuantas notas que se mezclaban con el canto de los pájaros, el movimiento de las hojas y el aroma fresco que desprendía el limón mandarino. Años después, María Lucy entendería que esos sonidos también habían quedado sembrados en su memoria.

El limonero era mucho más que un árbol. Era el punto de encuentro de la familia.

En época de cosecha, Edilberto cargaba a María Lucy sobre sus hombros para que pudiera alcanzar los limones que crecían en las ramas más altas. Ella estiraba los brazos mientras él la sostenía con firmeza, como si quisiera enseñarle que ningún fruto estaba demasiado lejos cuando alguien la ayudaba a alcanzarlo.

Después se sentaban juntos bajo la sombra. Él tomaba una mandarina, la pelaba con aquellas manos ásperas por el trabajo y se la entregaba.

—Coma, mi muchachita, coma que esto lo da la tierra para usted.

Cuando María Lucy habla de su padre, no empieza por la forma en que murió. Empieza por la forma en que vivió. Habla del campesino que encontraba felicidad en el campo, del hombre que amaba trabajar la tierra y del padre que nunca necesitó grandes gestos para demostrarles cariño a sus hijas.

Durante mucho tiempo creyó que esa tranquilidad sería para siempre. Que las mañanas seguirían comenzando con el canto de los pájaros, que el olor del limón mandarino seguiría llenando el patio y que las tardes terminarían con su padre sentado bajo el corredor, dejando escapar algunas notas de su armónica. Pero en 1959 la violencia también encontró el camino hasta aquella finca del Huila, y con ella llegó el día que partiría su historia en dos.

Durante algún tiempo, la finca siguió siendo ese lugar donde la vida parecía transcurrir al ritmo de las cosechas. Sin embargo, poco a poco comenzaron a llegar noticias que inquietaban a los campesinos de la región. Se hablaba de hechos violentos en distintos lugares del país y de hombres armados que aparecían en los caminos. María Lucy era apenas una niña y no entendía por qué los adultos hablaban cada vez con más preocupación. Para ella no existían razones políticas ni explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo. Solo sabía que algo había cambiado.

Hasta que la violencia llegó a su casa en 1959.

Aquella mañana parecía igual a cualquier otra. El calor comenzaba a sentirse desde temprano y una brisa suave movía las ramas del limonero, cuyo aroma cítrico volvía a llenar el patio. Nadie imaginaba que ese sería el último día en que la familia estaría reunida en aquel lugar.

Un grupo de hombres armados llegó hasta la finca preguntando por Edilberto.Él no estaba dentro de la casa. Se encontraba en la parte de atrás, trabajando la tierra, como lo hacía todos los días. Resure comprendió de inmediato que algo no estaba bien. No hubo tiempo para hacer preguntas ni para recoger pertenencias. Mucho menos para pensar en todo lo que estaban dejando atrás. Solo había una decisión posible: salir. Tomó a sus tres hijas y comenzó a alejarse de la casa.

Laura, la mayor, alcanzaba a comprender que algo grave estaba ocurriendo. Elsa, la menor, apenas seguía a su madre sin entender por qué debían abandonar la finca de esa manera. María Lucy, en medio de la confusión, solo recuerda haber sentido miedo. Miedo de dejar su hogar, miedo de no volver a ver a su padre y miedo de un peligro que todavía no alcanzaba a comprender.

Mientras se alejaban, el tiempo pareció detenerse. Entonces escucharon un disparo. El sonido rompió el silencio del campo. Las tres niñas y su madre voltearon la mirada. A la distancia alcanzaron a ver a Edilberto tendido sobre el suelo, en la misma tierra que había trabajado durante años con sus propias manos. El hombre que les había enseñado a amar el campo, que las cargaba sobre sus hombros para alcanzar los limones más altos y que llenaba las tardes con las notas de su armónica había quedado allí, inmóvil, bajo el mismo cielo que lo había acompañado toda la vida.

María Lucy tenía doce años. Ese día no solo perdió a su padre. También perdió la infancia y el lugar que hasta entonces había conocido como hogar. No hubo despedidas, no hubo tiempo para llorar, no pudieron regresar por sus pertenencias ni volver a recorrer la finca por última vez. Permanecer allí significaba poner en riesgo sus vidas. Con el corazón roto y sin saber qué les esperaba, continuaron caminando hasta encontrar un transporte que las llevará hacia el centro de Neiva.

Atrás quedaron la casa, los cultivos y el limonero que durante años había perfumado el patio con su aroma fresco. Aquel árbol siguió creciendo un tiempo más en una finca a la que María Lucy nunca pudo volver.

La llegada al barrio Timanco marcó el comienzo de una vida completamente distinta. La ciudad era mucho más pequeña que la Neiva de hoy, pero para ellas todo resultaba desconocido. Ya no estaban los cultivos, ni el silencio del campo, ni el olor del limón mandarino que acompañaba las mañanas en la finca. Tampoco estaba Edilberto. Resure tuvo que enfrentar el duelo mientras asumía sola la responsabilidad de sacar adelante a sus tres hijas.

La tristeza no le permitía detenerse, había que trabajar.

Comenzó vendiendo tintos, empanadas y todo aquello que pudiera ayudar a sostener el hogar. Cada peso representaba la posibilidad de llevar comida a la mesa. María Lucy observaba a su madre salir cada día con la determinación de quien no tiene otra opción que seguir adelante.

Fue en esos años cuando entendió que la fortaleza no siempre hace ruido. A veces se parece a una mujer que, aun con el corazón roto, se levanta cada mañana porque sabe que sus hijos dependen de ella.

La ausencia de Edilberto nunca dejó de sentirse, todavía lo recordaba sentado bajo el corredor de la finca con su sombrero de paja, o levantándola sobre sus hombros para alcanzar los frutos del limonero. Con el tiempo descubrió que la violencia puede arrebatar personas y lugares, pero no consigue borrar aquello que permanece en la memoria.

Aunque no tuvo la oportunidad de estudiar, María Lucy encontró en el trabajo una forma de reconstruir su vida. Ya siendo adulta abrió una carnicería en la plaza de mercado de Neiva. Entre madrugadas, clientes y largas jornadas fue levantando un negocio que se convirtió en el sustento de su nueva etapa. Allí, detrás del mostrador, aprendió a conocer a las personas por su nombre y a ganarse la confianza de quienes llegaban todos los días a comprar.

Fue también en esa plaza donde conoció a Armando, quien trabajaba como contador del Hotel Chicalá de Neiva. Entre conversaciones cotidianas nació una relación que con el tiempo los llevaría a formar una familia. Juntos tuvieron seis hijos: cuatro mujeres y dos hombres. Ellos se convirtieron en el motor que impulsó cada decisión de María Lucy. Después de haber perdido tanto siendo niña, encontró en su familia una nueva razón para seguir construyendo futuro. Pero la vida, una vez más, le demostraría que empezar de nuevo también podía ser una forma de seguir adelante.

Con el paso de los años, María Lucy entendió que el dolor no desaparece; simplemente aprende a convivir con quien lo lleva. La imagen de Edilberto tendido sobre la tierra nunca dejó de acompañarla, pero tampoco lo hicieron los recuerdos del padre que la cargaba sobre sus hombros para alcanzar los limones más altos, el campesino del sombrero de paja que encontraba en la tierra una forma de vivir y el hombre que llenaba las tardes con las notas de una vieja armónica.

Esos recuerdos fueron más fuertes que la tragedia, por eso nunca permitió que la violencia fuera lo único que definiera la historia de su padre. Con los años, ella también aprendió a construir la suya.

Mientras sacaba adelante la carnicería y veía crecer a sus hijos, descubrió que el trabajo podía convertirse en una forma de honrar todo aquello que había aprendido de Edilberto y de Resure. El esfuerzo, la disciplina y la capacidad de levantarse después de cada dificultad fueron las raíces que heredó de ellos y que más tarde intentó sembrar en su propia familia.

El tiempo pasó.

Sus seis hijos —cuatro mujeres y dos hombres— crecieron, formaron sus propios proyectos de vida y, con el paso de los años, todos lograron convertirse en profesionales. Para María Lucy, ese era uno de los mayores orgullos de su vida. Ella no había tenido la oportunidad de estudiar, pero había trabajado durante décadas para que sus hijos sí pudieran hacerlo.

En medio de esa nueva etapa, volvió a sembrar un árbol de limón mandarino en la casa donde vivía en Neiva. No era un árbol cualquiera, era una manera de mantener vivo el recuerdo de la finca donde había crecido y, sobre todo, de su padre. Cada vez que florecía o daba frutos, el patio volvía a llenarse de ese aroma cítrico, fresco y ligeramente dulce que ella conocía desde niña. Bastaba percibirlo para regresar, por un instante, a aquella finca donde Edilberto la levantaba sobre sus hombros y le enseñaba que la tierra siempre recompensa a quien la cuida.

En 2006, cuando sus hijos ya eran adultos, María Lucy y su familia decidieron trasladarse a Bogotá en busca de nuevas oportunidades. La capital atravesaba una época de transformación. Bogotá crecía a un ritmo acelerado y comenzaba a consolidar cambios que marcarían la vida de la ciudad, entre ellos la llegada de TransMilenio como un nuevo sistema de transporte. Frente a una Neiva tranquila, donde las oportunidades laborales eran más limitadas, la capital ofrecía un panorama diferente para quienes buscaban empezar una nueva etapa.

La familia se estableció en el barrio Quiroga, allí, María Lucy volvió a hacer lo que mejor sabía: trabajar. Abrió un restaurante de comida corriente y comenzó una vez más desde cero. Las jornadas empezaban antes del amanecer. Había que hacer mercado, preparar los alimentos, atender a los clientes y cerrar el negocio cuando terminaba el día. No era una vida fácil, pero tampoco era una vida desconocida. Desde niña había aprendido que el trabajo era la manera de salir adelante.

Cada plato servido llevaba detrás décadas de esfuerzo, cada cliente que regresaba representaba una pequeña recompensa después de tantos años de comenzar una y otra vez. Mientras tanto, la casa de Neiva quedó al cuidado de su esposo. Con el paso de los meses, el árbol de limón mandarino que María Lucy había sembrado años atrás comenzó a secarse por la falta de cuidados. Dos años después, cuando regresó a visitar la casa, encontró que el árbol había muerto y que había sido necesario cortarlo. Aquel limonero que durante años dio sombra, frutos y volvió a llenar el patio con el aroma de su infancia ya no estaba, pero el recuerdo que representaba permanecía intacto.

Hoy, a sus 78 años, María Lucy vive en Bogotá. Desde el apartamento donde guarda los álbumes familiares puede mirar hacia atrás y reconocer el camino que ha recorrido. La niña que salió corriendo de una finca en Neiva terminó convirtiéndose en una mujer que levantó negocios con sus propias manos, formó una familia y vio cómo sus seis hijos construían un futuro que ella siempre soñó para ellos.

Las fotografías sobre la mesa cuentan esa historia. Hay imágenes de reuniones familiares, de cumpleaños, de hijos y nietos. También hay silencios. Porque algunas personas ya no aparecen en las fotografías, pero siguen ocupando un lugar permanente en la memoria, Edilberto es una de ellas, María Lucy no lo recuerda por la forma en que murió, lo recuerda por la forma en que vivió, por sus manos marcadas por el trabajo, por el sombrero de paja que nunca se quitaba, por las notas de aquella armónica que sonaban al final de la tarde y por las veces que la subía sobre sus hombros para alcanzar los limones más altos del árbol.

Afuera, la noche bogotana continúa su ritmo, dentro del apartamento, los álbumes permanecen abiertos sobre la mesa mientras María Lucy vuelve a pasar lentamente sus páginas. Entonces sonríe, quizá porque entiende que la violencia logró quitarle muchas cosas: a su padre, la finca donde creció y, años después, incluso el limonero que había sembrado para recordarlo.

Pero nunca consiguió arrancar las raíces que él dejó sembradas en ella porque algunos árboles pueden desaparecer del paisaje y las cicatrices pueden permanecer toda la vida, pero mientras el aroma de un limón mandarino siga siendo capaz de devolver a una hija hasta los brazos de su padre, habrá memorias que nunca dejarán de florecer. Y es allí, donde la tierra ya no existe pero el recuerdo permanece, donde sigue creciendo, el limonero de la memoria.

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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