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El terror del hielo negro – segunda parte

Por: Sergio Alejandro Vargas Mendoza

En primera instancia no se explicaban quién o qué, quisiera hacerles aquel mal, ya que, según ellos y varios de sus vecinos manifestaban que tenían una buena reputación, de no tener enemigos, o que les debieran dinero a terceros, ya que sus préstamos están relacionados únicamente a entidades financieras.

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Pasaron los días y Ángel debido a la descomposición y los malos olores que se estaban produciendo, no tuvo otra que llevar a sus animales al matadero más cercano; dejar algo de carne en casa y rematar otra en la plaza. Pasaban los días y como era de extrañarse la ciega y coja justicia archivó el caso por las precarias pruebas y la falta de testigos que no daban explicación alguna de lo sucedido.

A raíz de la decisión de la justicia, Ángel tomo la determinación de quedarse solo en casa, para poder estar pendiente por si los malandros vuelven en las noches siguientes, esta vez a dañar los cultivos. Mientras su familia viajo a Pachavita a visitar al resto de la familia para las fiestas.

Pasaban las noches y mientras más se acercaba el año nuevo, estas se volvían más frías, los cachorros se resguardaban en una pequeña pero eficaz hoguera que sin falta Ángel encendía apenas se ocultaba el último rayo del sol. Se obsesionó tanto con encontrar y esperar que aparecieran los culpables. Uso sus ahorros para comprarle a un viejo amigo una escopeta corrediza algo desgastada, pero con buena munición y base de madera un poco astillada pero aún funcional.

Pasaba en vela la noche, intentaba no cerrar sus ojos y sucumbir al sueño, como potenciador usaba un termo lleno de tinto y su desaseo se notaba un poco por su barba y sus ojeras. El pobre casi no descansaba, estaba pasando toda una odisea, no podía dejar de pensar en otra cosa, sólo lo alentaba la ya sin falta llamada de sus hijos entre la mañana y la media tarde.

Por otro lado, su esposa mostraba preocupación, quien intentó llamar a su esposo la madrugada del primero de Enero y éste nunca contestó, decidiendo así entonces llamar al padre Javier, quien era un buen amigo de la familia y, le pidió encarecidamente que bendijera su hogar y estuviera pendiente de su esposo, a lo que él respondió “No sumercé a don Ángel no lo veo desde la última vez que estuvieron todos en eucaristía y este domingo no lo vi”.

Al llegar a la finca se dio cuenta de que las plantas estaban cristalizadas, los cultivos estaban recubiertos de una gran alfombra blanca como si hubiese nevada, pero adentrándose más era terrorífico las condiciones en las que el señor se encontraba, pálido, flaco y algo desnutrido.

El padre Javier aprovecho la oportunidad para pagarle a una señora quien le ayudara a asear un poco la casa, ésta al llegar le preguntó si el señor no estaba preocupado por las heladas, pues las plantas están cristalizadas y si no es por las altas temperaturas del día, las pobres ya abrían muerto.

Al volver al pueblo, Esperanza y sus dos chiquillos iban de camino muy emocionados por volver al hogar donde han crecido. El tráfico estaba un poco pesado, pues el retorno vacacional era algo tedioso, luego de 4 horas de un viaje casi infinito, llegaron a casa y en el lugar había varias camionetas blancas, algunas blindadas y otras con publicidad de la gobernación de Boyacá, varias personas entraban y salían con cámaras y allí estaba Ángel, algo preocupado y al ver a su esposa, este palideció.

Allí un señor le explicó que su finca había sido afectada por el hielo negro. Una extraña, pero muy común condición por las bajas temperaturas presentes en la noche.

Los cultivos estaban muertos, cristalizados, completamente ennegrecidos. Desde lejos se veía un campo de batalla pisoteado por mil soldados. En esas tierras no crecería en varios meses cultivos algunos, no hasta que la tierra se descongelara por completo. Dejando a esta familia sin sustento alguno. Perdiendo las principales formas para generar alimentos y una gran preocupación.

Perderlo todo fue duro para esta familia, pero juntos y con ayuda del padre Javier, se logró recaudar fondos y mercados regalados con el fin de ayudar en su sustento. Ángel, para llevar un poco de dinero a su familia optó por conseguir trabajo en una finca aledaña, doña Esperanza se ofrecía a hacer aseos en casas ajenas, mientras sus hijos asistían a la escuela publica. Una rutina nueva, pero ofreciendo una pequeña estabilidad a la familia.

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