El trozo de papel más caro de su vida

Por: Deisy Adriana Romero

Sentados en el balcón de mi casa, Juan Carlos Hernández, un profesor de inglés que ha realizado sus estudios fuera del país y cuyo conocimiento es reconocido en las instituciones de idiomas de Bogotá, repasa su vida en su condición como militar en Colombia, luego de estar fuera del país desde muy joven, durante los años cuando Colombia sufría los peores acontecimientos de violencia, los años 80. A lo largo del relato de esta historia no podía faltarle el tinto de la tarde después del almuerzo, y un cigarrillo, como acostumbra todas las tardes.

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Era enero de 1985, había vuelto en diciembre de 1984 a Colombia con la intención de evitar, así fuera por unos días, el deprimente y helado invierno londinense. También quería pasar año nuevo con su papá y hermanos en Bogotá. Su primer error estuvo en no haberse enterado que al cumplir 18 años tenía la obligación de solucionar su situación militar en Colombia. En esa época ningún joven podía trabajar o estudiar sin contar con la libreta militar.

En ese momento respiré profundo y pensé: creo que en Puente Aranda hay un distrito militar, cojo un taxi y soluciono esto de una vez”. Cuando llegó lo atendió un hombre con uniforme. En ese momento del relato su expresión de tranquilidad se convierte en un gesto de rabia. Lo había atendido un déspota con uniforme: ahí entendió que era un capitán de logística “chimbita”, (palabra utilizada por los soldados para describir a los militares que nunca ponen el pecho y que permanecen en una oficina sin la responsabilidad de lucha).

  • “¿Cómo así que no tiene libreta militar?, ¿Cuántos años tiene?, ¿Usted es bachiller?, ¿Qué hace?, preguntó el militar con un tono de indignación.
  • Tengo dieciocho años, terminé el bachillerato hace tres años y estudio en la Universidad”.
  • “Eso no es posible. Las universidades en Colombia saben que se exponen a una multa por recibir a un remiso”.
  • “Pues no se acá, pero yo estudio en Inglaterra”.
  • “¡Ah! Es que tenemos a un niño de papi y mami. Se me presenta el 26 de marzo a las 7:00 de la mañana en el BAPOM 1”.

Juan Carlos llegó a su casa, llamó a su tía y ella le dijo: “No te preocupes, yo sé que tu papá debe conocer a alguien que te ayude a solucionar eso”. Si bien lo tranquilizó esa respuesta, no contaba con que su padre, que había sido criado en un pensamiento machista en el marco de una sociedad guerrera que con orgullo sueña con que los hijos vistan el uniforme militar, lo llevaría al comando para que se presentara a prestar el servicio militar. Consideraba que tenía todas las de ganar: medía 1 metro con 51 centímetros y utilizaba lentes de contacto por su astigmatismo. Relata que un subteniente de unos 20 años de edad se aproximó a él y le dijo:

  • “Bienvenido a la Policía Militar”.
  • “Pero yo no les sirvo, soy muy bajito”.
  • “Eso es perfecto, la PM necesita gente para su cuerpo de paracaidistas”.

Allí empezó su vida como militar. Tuvo que aplazar el semestre en Inglaterra para ir a combatir en las espesas montañas de su país. Era finales de enero de 1986: Juan Carlos pertenecía a un grupo contraguerrilla que adelantaba operaciones en el sur del Huila y en el norte del Cauca. Patrullaba una zona de influencia de las FARC denominado Ricardo Franco (grupo disidente de las FARC) y del Quintín Lame, guerrilla de origen indígena. El lugar era considerado zona roja.

Un día cualquiera hacía guardia del perímetro detrás de un árbol entre 12:00 y 3:00 a.m. Recuerda que debía estar con sus cinco sentidos, aunque con los pelos de punta y al borde de los nervios. Todo estaba tranquilo cuando entregó su turno y se recostó en su vivac (tienda de campaña). Unos silbidos lo despertaron de su entresueño, sonó una explosión sorda y de inmediato Juan Carlos se levantó, sabía que las FARC estaban llegando a su campamento, cogió su fusil y salió corriendo a su sitio de defensa: no sabe cómo lo encontró en medio de la oscuridad.

A su lado estaba Huertas, un soldado callado, tímido pero decente, testigo de Jehová, situación que le dificultaba adaptarse a la vida militar. Juan Carlos pensó que sería su final junto a su compañero: sabía que Huertas no cuidaría la espalda de ninguno de los dos. Juan Carlos oyó la voz del encargado del radio que le dijo:

  • “Hernández, venga para acá que estos hijueputas se están replegando y se nos van a volar”.

Amaneció y los disparos eran intensos. Un militar propuso la idea de ir tras sus enemigos con un grupo de soldados. Sin embargo, el comandante a cargo se opuso a la propuesta y les ordenó hacer conteo de bajas y heridos y recoger lo que se pudiera retirar.

Sobre las 10 am habían recogido cinco muertos, tres heridos graves y dos leves (casi todos por esquirlas de granada de mortero). No encontraron a dos compañeros. Juan Carlos dice con un tono de rabia y decepción, que el ejército de Colombia los dio por desertores para no pagarles a las familias por sus hijos desaparecidos en acción. En ese instante un compañero de Juan Carlos dijo:

  • “¿Dónde está Huertas?”
  • “Pero si estaba conmigo arriba: ¿Quién me acompaña a mirar?” respondió Juan Carlos

García, un compañero del grupo dijo:

  • “Hagámosle, éstos están muy paniquiados para moverse”.

Subieron hasta el antiguo puesto y ahí estaba Huertas, se había volado la cabeza con su propio fusil, no resistió tanta presión, tanta violencia. Juan Carlos lo reconoció porque el camuflado de su pantalón se le había roto hacía un par de días y el remiendo había quedado deforme, episodio que le marcó la vida a Juan Carlos.

Un año y medio después, luego de haber prestado servicio en su país, mientras hacía la fila en inmigración para dejar Colombia, Hernández, con su pasaporte verde en las manos, recordó que el motivo por el que había regresado a Colombia era pasar un año nuevo con su familia: en ese momento solo pensó en una frase que le quedará en su memoria: “Este ha sido el pedazo de papel más caro de mi vida”.

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