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“En nuestra casa conviven con nosotros unas personas con las que compartíamos espacios pero no una vida”

El columnista hace una reflexión acerca de lo que ha descubierto de él y la sociedad durante este tiempo de pandemia.

Las noticias en general son desastrosas, pero siempre hay un momento para reconsiderar lo que hemos estado viviendo en estos primeros meses de un año bisiesto que, para quienes gustan de agüeros, era predecible lo catastrófico que sería. Es un año particular, no solo por el hecho mismo de la pandemia y las muertes con ella, sino por las pruebas en las instancias de la vida.

Hemos encontrado que en nuestra casa conviven con nosotros unas personas con las que compartíamos espacios pero no vida, simplemente el tiempo no nos daba para ser familia y cercanos, a lo más un rápido saludo y un “hasta luego” en la mañana, o un “buenas noches y “que descanses” al terminar el día. Si nos preguntaran cómo son realmente esas personas con las que compartimos los días, nos daríamos cuenta, con tristeza, que muy poco sabemos de ellas. Esta cuarentena nos dio esa oportunidad, no había escapatoria.

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Para algunos fue un descubrimiento y un acercamiento a la fraternidad, para otros definitivamente fue en campo de guerra que, por fortuna, se pudo resolver, cada quien en otros espacios, y otros lamentablemente amonestados o detenidos por violencia intrafamiliar. Las cifras lo confirman.

Otros pudieron experimentar la paternidad y la maternidad como una acción generosa, de paciencia pero sobre todo, de amor filial, un amor que les hizo recordar que los hijos requieren tiempo, presencia, formación y cercanía, pero sobre todo reconocimiento para ayudarles a desarrollar sus talentos y personalidad, eso en las aulas escolares no se enseña y no tendrían por qué hacerlo, esas son funciones de los progenitores.

Con esto logramos entrever la delicia de ciudades en silencio, menos contaminadas, donde los jardines reverdecen, los árboles se ven más brillantes y el cielo está azul. La lluvia, cuando cae, limpia como siempre, pero esta vez ya no se forma esa costra de polvo y contaminación revuelta con el agua que posteriormente se seca. Quizás en mucho tiempo hubo silencio en los conjuntos residenciales, de alguna manera entendemos que no había porque molestar a los vecinos con música que se van convirtiendo en ruido para los demás.

Ahora tenemos retos que ponen en juego toda nuestra capacidad creativa. Los que han conservado sus trabajos ven cómo la tecnología digital abre un torrente de oportunidades para hacer el trabajo y de forma más metódica, productiva, atractiva y siempre en compañía con sus compañeros y superiores. Se valora mejor el tiempo, las metas por lograr y ciertas comodidades, como no tener que trasladarse en una ciudad compleja que dificulta el transporte.

Para aquellos profesionales que se han quedado cesantes, el reto es mayor, ahora deben poner todo su conocimiento y creatividad para resolver temas de su campo profesional que van directamente conectados con la vida de las personas y sus necesidades reales. Es tiempo de estudiar, se puede hacer online; es tiempo de pensar, crear y proponer soluciones a los problemas cotidianos. Los músicos lo han demostrado, como no son posibles los conciertos en escenarios físicos, ahora tienen que ser virtuales y marcan una nueva pauta en esas artes.

Las personas que no han podido dejar las formas de sobrevivir del siglo pasado les costará mucho hacerlo ante la crisis económica que todos predicen, pero como siempre, será una gran oportunidad de cambio, de hacer las cosas de otra manera. Los subsidios de los Estados no serán para siempre y vivir de la delincuencia tampoco es una solución viable.

Hay un campo humano que también ha recibido un golpe en la espalda, la espiritualidad. Quizás las preocupaciones y la angustia de no saber qué pueda suceder, nos ha acercado a lo que creemos. En el caso de los cristianos católicos, el hecho de no participar de forma vivencial de la Eucaristía, nos confirma que la fe no son solo prácticas piadosas, ahora se vive en casa, con el prójimo cercano que está allí con nosotros todo el tiempo. Quizás también nos hace pensar en los vecinos y sentir la necesidad de ayudar, en muchos casos, para que superen crisis económicas o de atención médica.

Nos enteramos que hacer el bien está más cerca de nosotros de lo que pensábamos y además experimentamos algo que las ocupaciones de una vida frenética no nos deja campo, la oración o la meditación sobre nuestra propia existencia, lo que hacemos, lo realmente importante y que sopesa tanta banalidad que nos propone la sociedad de consumo que nos esclaviza a gastarnos la vida en cosas inútiles.

Esta pandemia nos ha traído algo que malgastamos… tiempo.

Ya se superará como han pasado con las otras en distintos momentos de la historia humana, ahora la estamos viviendo y es la oportunidad para cambiar prioridades, objetivos y propósitos. Es tiempo para pensar en la sociedad que hemos construido, del valor del dinero y de la sociedad de consumo que nos consume, y acercarnos sinceramente a diseñar una vida mejor, más justa, más sana y más verdadera, menos de vitrina y de diseños preconcebidos de lo que debemos ser según cánones establecidos por el poder de la economía, el dinero y la fatuidad.

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