Foto: AFP

Por Julian León

En el proceso de implementación del acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno de Juan Manuel Santos y la parte directiva de las FARC, en este preciso momento coyuntural de posconflicto, merecen un total reconocimiento los excombatientes apegados al marco de la legalidad y un total descontento los grandes cabecillas que incumplen con su palabra, si es que algún día la tuvieron.

Santrich se voló. A pesar de no haber tenido orden de captura en ese momento y como ahora sí, el más cínico de los excabecillas guerrilleros de las FARC incumplió con su palabra y deber en la “construcción de una paz estable y duradera”.  El nuevo “Santrichismo” alega con arengas ofensivas que tanto periodistas y entes judiciales llevan a cabo una campaña de ‘montadera’ total contra el famoso autor del “quizás, quizás, quizás” olvidando, tal vez por ignorancia o incumbencia, que la fuga de grandes cabecillas como alías “El Paisa”, “Iván Márquez”, “Romaña” y ahora “Santrich”, se ha vuelto la estrategia favorita para esquivar su deber de asumir responsabilidades.

Aquella ‘montadera’ mediática desde una perspectiva crítica no debe ser vista como un capricho tendencioso de alguna facción política. Por el contrario, y en el más sincero de los casos, es una contundente reclamación hacia los principales excabecillas guerrilleros que ordenaron grandes despojos de tierras, extorsiones, amenazas y atentados contra los derechos humanos. Es de algún modo aferrarse al mecanismo de la misma JEP mediante el cual se pretende juzgar los más icónicos y mayores crímenes de guerra junto a sus perpetradores en busca de lo que me atrevería nombrar, una verdad convincente. Exigir lo acordado, tanto al Estado como a los ex guerrillos, no es hacer trizas la paz; es fortalecer su espectro de acción y hacer valer las garantías prometidas a las víctimas, al fin y al cabo.

Tanto bombo mediático y rechazo ciudadano hacia el cinismo, despotismo y burla de personajes como “Santrich” también encuentran soporte teórico en Max Weber. Este reconocido teórico formuló una clara diferenciación entre lo que llamó la “ética de la moralidad” y la “ética de la responsabilidad”.

La primera, más conocida en la coyuntura política, pretende juzgar un hecho desde los valores socialmente aceptados; la segunda desde las repercusiones de dichas acciones en los demás, otorgando responsabilidad inmediata a sus perpetradores. A “Santrich” y sus secuaces, al igual que a la gran mayoría de actores del conflicto armado en Colombia, les quedó fácil violentar la primera ética de Weber; la segunda les quedó grande asumirla.

Pero no todo es escabroso y desilusionante en este panorama de posconflicto. También, en un cesto glorioso y merecedor de gran respeto, caben los más de 7.000 excombatientes que entregaron las armas y hoy, al igual que la gran mayoría de colombianos con pocas garantías estatales y gubernamentales, se la juegan por el respeto a la vida esta vez desde grandes competiciones deportivas de carácter internacional, o desde el apoyo al liderazgo rural aprendido en su contacto con la población civil durante sus años de guerra prolongada. En este cesto también reposa la memoria de los más de 130 desmovilizados hoy asesinados de manera cruel y sistemática.

Es a ellos, a los que no volvieron a reincidir y se apegaron a un marco legal, a los que aplaudo de pie entendiendo que a fin de cuentas recibían claras instrucciones durante la guerra, al igual que lo hacían y siguen haciendo los soldados rasos de nuestro Ejército Nacional. Estas personas reclutadas a la fuerza seguramente, se la juegan por sobrevivir diariamente mientras que sus jefes, sean del Ejército o de la nada extinta FARC, en un lado reciben honores de Estado y jugosas pensiones y, en el otro bando, curules en el Congreso y garantías de ciudadano honorable. Después de todo y como ya he dicho, jugársela con el pellejo ajeno es política de guerra factible.

Me sorprende que, con las nuevas vidas de Rodrigo Londoño y Carlos Antonio Lozada, “Santrich”, “El Paisa”, “Romaña” e “Iván Márquez” no vean un ejemplo claro de lo que significa acatar la paz y la política como herramienta de cambio. Me resulta aún más increíble que con una JEP, valga decirlo, hecha a su tamaño y siendo los que se aseguraron la “mejor y más jugosa tajada de la torta”, a diferencia de los excombatientes rasos, estos excabecillas opten por fugarse y hacer realmente trizas la paz. Le siguen dando poder al Uribismo y legitimando el típico refrán: “el que es no deja de ser”. Y sí: la ‘montadera’ seguirá.