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Las telas e hilos de la memoria, la verdad y el derecho a la vida

Durante más de setenta y dos horas consecutivas, víctimas del conflicto armado en Colombia: organizaciones sociales, artistas, jóvenes, niños, profesores y estudiantes de diversos colegios y universidades del país; se reunieron a tejer por la paz, la verdad y el derecho a la vida. Liderados por Virgelina Chará, rodearon los oficios de la memoria en una propuesta de pedagogía de la paz.

Desde el 27 de febrero hasta el primero de marzo, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, se realizaron varios procesos de construcción de paz en torno al tejido y a la costura. Actividades que sirvieron de temática para el evento y que fueron acompañadas de obras, como danzas afrocolombianas, enfocado en una descolonización del baile, y diversos grupos de música. También hubieron degustaciones de platos típicos de los departamentos de la costa del Pacífico, como pastel chocoano, aborrajados, champús, atollado, pusandao, todos de la gastronomía afro. Y además, una misa campal ofrecida por la Pastoral Afrocolombiana. Quién pensó, concertó y concretó este evento, fue Virgelina Chará, una mujer afrocolombiana, víctima de la violencia, sabedora de su cultura y que trabaja fuertemente por sus prójimos.

Sorprendentemente, fue un evento muy concurrido y quienes llegaron tejieron algo por la vida y por la paz. Grandes y chicos, un niño coció un muñeco de trapo en el que decía “viva la vida”, “viva la paz”. El evento se realizó en el Centro Memoria, en predios que anteriormente fueron parte del Cementerio Central, el más antiguo de la ciudad de Bogotá, y en donde se hallan las tumbas de héroes  y personas reconocidas, que vivieron y murieron en el siglo diecinueve y la primera mitad del veinte; los miles de muertos del bogotazo; los desaparecidos que fueron a parar ahí después de que los militares enfrentaron a un grupo guerrillero en el edificio de la Corte Suprema de Justicia. Lo que tiene mucho sentido a que el evento se haya realizado en este lugar, pues son hitos de la violenta historia del país, y que por su importancia se han interesado en mantener la memoria.

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Como todo camposanto, este sitio es escenario de relatos de ultratumba. Una de las guardias de seguridad del lugar contó que en las noches se escucha llorar a los fantasmas que deambulan por ahí. El evento duró ochenta horas y en las noches lo que se oyó fue canturrear y tararear distintos ritmos, y los muertos no se espantaron sino que bailaron. Era como si las víctimas de violencias de tiempos pasados participaran y se solidarizaran con sus pares de estos tiempos.

Así como en los países que han sufrido gobiernos violadores de los derechos humanos o conflictos armados que desbordaron las ya atroces prácticas convencionales de la guerra (en el caso de Colombia, ambas cosas), la memoria como práctica de los procesos de justicia alternativa y restaurativa, ha erigido monumentos para enseñar y recordar a quienes los vean o visiten lo que no debió ocurrir, lo que no se debe hacer y lo que no se debe repetir. Por lo que es muy diciente que haya sido este lugar el escenario de costura y de tejido, cuyas telas, agujas e hilos sean la memoria, la narración de sus experiencias como justicia, la terapia a las víctimas como reparación, y la lúdica de los bailes, cantos, degustaciones (y hasta de la liturgia) como esperanza de no repetición.   

Y es que los tejidos se materializan en la Unión de Costureros de la Memoria, una actividad que ha ayudado como terapia psicológica a mujeres víctimas de la violencia y del conflicto. Una actividad que consiste en que, mientras se va cociendo y tejiendo, cada una va contando su historia a otras mujeres. Y con este ejercicio se ayudaban entre sí a levantar la autoestima, a reconocer su legado ancestral, solidarizándose con la sanación a través de la narración, haciendo de la oralidad y del trabajo del tejido una reflexión de lo que pasó, para sobrellevar la crisis en lugar de volverla de nuevo violencia, volverla una resistencia creativa.

Pero Virgelina es visionaria, sabe que “no podemos quedarnos contando lo que nos pasó, necesitamos avanzar, empezamos un proyecto para involucrar a las víctimas en Bogotá, a través del tejido, hemos logrado una terapia para ayudar a construir un nuevo país”, y que “la acción tiene que ser una acción de perdón, una acción de sanación y es una acción de reconciliación”. Además, acompañada de otras mujeres fuertes y dignas, a quienes el desplazamiento les dejó heridas emocionales difíciles de sanar por el rompimiento del tejido social y familiar, por la muerte de sus hijos e hijas, de sus esposos y demás familiares que la guerra se les llevó. Pero lograron organizarse y crearon la Asociación Integrar de la Mujer, la Juventud y la Infancia ASOMUJER, dedicada a promover el trabajo de las mujeres que llegaban a Bogotá víctimas del desplazamiento y la violencia.

ASOMUJER crea y fortalece iniciativas económicas de las mujeres, cuenta con un trabajo en red de cincuenta y cinco organizaciones que producen y comercializan sus productos. Ellas saben que el empoderamiento se encuentra en las redes de amparo y solidaridad que van creando, ya son unas cinco mil mujeres en la red, fortaleciéndose en lo económico, lo político y lo sociocultural. De esta manera, se incide en el mundo del trabajo, en la paz.

Los tejidos se consolidan en la Unión de Costureras en cinco oficios de la memoria: “telas sobre tela”, donde se coloca los casos de las víctimas sobre las telas; la gastronomía, que es el legado que según Virgelina se pierde cuando llega la violencia; el canto, el baile, la poesía y el teatro. Mediante los cuales, las víctimas que no podía hablar lo hacen de otra manera, la memoria escrita, y la medicina tradicional a través de la cual también se recupera la memoria.

Virgelina Chará y todas las mujeres que fueron víctimas del conflicto armado han producido, desde su organización un saber fundamental a la hora de pensar los procesos de resiliencia, formas alternativas de sanar a través de los oficios,  pero no solo se ha quedado en el plano de lo personal o de lo corporativo, han ido más allá y han logrado colocar las bases teóricas y epistémicas de la práctica denominada “oficios de la memoria”. Llevadas a cabo por la comunidad de víctimas de la violencia y del conflicto armado, lo que ellas han denominado  “las pedagogías de la memoria”.

Por eso, se creó la Red de Protejedores de la Memoria para conceptualizar, estructurar y sistematizar la práctica de los oficios de la memoria, que tiene como fundamento las historias de vida de los participantes en relación con los oficios tradicionales de las diferentes comunidades para avanzar en la propuesta de un modelo pedagógico. El que basado en ese insumo empírico (los oficios de la memoria) ya ha logrado convocar a estudiantes y profesores de diferentes universidades del país, como la Universidad Minuto de Dios – UNIMINUTO, la Agustiniana, la Sabana, el Rosario, la Cooperativa, entre otras 49.

Virgelina, pionera de los tejidos de la memoria en Colombia, al llegar a Bogotá en el 2003, se fue convirtiendo en líder comunitaria, defensora de los derechos humanos, tejedora de la paz, compositora y cantadora, innovando las historias de violencia para que nunca más vuelvan a suceder. Virgelina nació en el Municipio de Suárez, en el Departamento del Cauca, territorio minero y agrícola, una región con una mayoría étnica afrodescendiente, en donde se opuso a la construcción de la represa La Salvajina por que ponía en riesgo la sostenibilidad ambiental, biológica e hidrológica del Río Cauca, que daba el sustento a la población de toda la región. Y que generó un desplazamiento masivo de personas hacia la cabecera municipal de Suárez, lo que a su vez (y muy convenientemente para el gobierno) causó la militarización de la zona. Con ello, empezando las amenazas, las violaciones y la esclavización sexual de mujeres, y la llegada de personas desconocidas en el territorio. Cuando las mujeres empiezan a denunciar los abusos, Virgelina, que es una de las demandantes, además de ser una de las personas que defendía la cuenca del Río Cauca, fue amenazada por los militares.

Seis mil quinientas familias fueron desplazadas por la represa. Como ella dice, es “desplazada por el desarrollo”, un desarrollo que no incluyó ni benefició a la población, sino que al contrario la destruyó; toda la mano de obra fue llevada fuera del territorio, desbordándose el desplazamiento, y Virgelina estaba amenazada por los militares. Y también denunció los reclutamientos por parte de las Farc que operaban en la región, pero además los líderes, que como ella, denuncian los problemas de su comunidad independientemente de quien los cause, empezaron a ser vistos por el Estado como guerrilleros. Virgelina se vio obligada a salir de su territorio; y como siempre en Colombia son las comunidades las que sufren tanto el “desarrollo” del Estado, como las causas y los efectos del conflicto.

El trabajo de intercambio de narraciones entre compañeras, sobre sus experiencias que ha ideado Virgelina Chará, ha contribuido a la producción del tejido y de las dinámicas sociales. A la reconstrucción de la historia del conflicto armado de una manera, como dice Alberto Suarez, “distinta a la versión oficial, desde diferentes perspectivas y de primera mano; pues las múltiples formas de narración conectadas con los oficios de la memoria, los elementos usados para narrar, los recursos lúdicos, la conexión directa con la tradición y el territorio, permiten que la experiencia genere transformaciones en la manera de percibir, interpretar y comprender el conflicto y las violencias, la noción de país y comunidad”.

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