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Los estudiantes suicidas que no volverán

Me pregunto: si él dijo que sus allegados merecían lo mejor ¿acaso él no? ¿no era digno de luchar por sus sueños y convertirse en el ingeniero que deseaba ser? ¿por qué David Esteban Camacho, estudiante de la Javeriana y Axel Robles, estudiante del Colegio Mayor de San Bartolomé, ambos casos en Bogotá decidieron darle punto final a su existencia?

Por Lilian Brigitte Caicedo Ibarra

Hablar del suicidio entristece; se me forma un nudo en la garganta al pensar en la cantidad de personas que deciden acabar con su vida por diversas razones. Se me ‘arruga el corazón’ al pensar en todas las muertes de jóvenes que pierden la oportunidad de generar un cambio positivo en la sociedad.

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Los problemas familiares, la depresión, la infidelidad, el desamor, la inestabilidad laboral, la escasez financiera, bullying, orientación sexual e identidad de género, enfermedades, muerte de algún pariente, adicciones, vacíos internos, entre otros, “son motivos suficientes” para que cientos de aprendices pongan fin a su vida; no quieren hacer parte de un mundo tan cruel que discrimina, rechaza y no brinda la mano para levantar o construir lo bueno. Sin embargo, ninguna de estas dificultades amerita ni justifica un suicidio.

Como estudiantes, vivimos diversas pruebas, pasamos por momentos difíciles que nos enfurecen y nos hacen llorar. Algunas de estas nos sumergen en una depresión o angustia tan profunda, que hasta nos llevan a tener pensamientos suicidas, pues creemos que no saldremos de aquella situación por lo grave del asunto. En el colegio o la universidad conocemos a personas que quizá entienden nuestro dolor; unos traen paz o calma, pero otros apoyan el plan de quitarse la vida.

Aunque morir para no sufrir pareciera ser la mejor solución, termina siendo un acto de cobardía practicado por quienes han fallecido por su propia mano o disposición, los que lo intentaron pero siguen vivos y los que a futuro pensarán hacerlo. Sí, digo cobardía porque como estudiantes, en ocasiones tenemos esas crisis existenciales en las que  no queremos seguir viviendo debido a nuestras amargas experiencias, complejidad del caso y sinsabores. No obstante, pensar en el autoaniquilamiento para resolver lo anteriormente nombrado, demuestra que el regalo tan lindo que nos dio Dios, el Universo, la Naturaleza —u otras deidades en quienes las personas creen— llamado vida, nos quedó grande; somos los únicos que “no tienen derecho a disfrutar de lo bello que hay en el mundo” por culpa de nuestras innumerables pruebas.

Quizá, este fue el pensamiento que tuvo Jhonnier David Coronado, un alumno de ingeniería en sistemas de la Javeriana en Bogotá, quien saltó desde el edificio Giraldo en su Institución. A través de un grupo que creó en WhatsApp al cual nombró ‘Adiós’, dio a conocer lo que haría, diciendo: “Gente, quiero agradecerles por las cosas que hicieron por mí en su tiempo. Y pedirles perdón si en algún momento los ofendí o molesté. Les deseo lo mejor de lo mejor, se lo merecen”. Este mensaje es profundo y crea muchas incógnitas sobre si Coronado estaba cansado de las burlas en la universidad; tuvo una discusión con su profesor; se sentía sólo; sufría de depresión u otras posibles causas de suicidio.

Me pregunto: si él dijo que sus allegados merecían lo mejor ¿acaso él no? ¿no era digno de luchar por sus sueños y convertirse en el ingeniero que deseaba ser? ¿por qué David Esteban Camacho, estudiante de la Javeriana y Axel Robles, estudiante del Colegio Mayor de San Bartolomé, ambos casos en Bogotá decidieron darle punto final a su existencia? ¿por qué estos no gritaron pidiendo ayuda a sus familiares, profesores o algún psicólogo y dar solución oportuna a sus problemas? ¿por qué ellos y los demás suicidas piensan que la única solución a su condición es la muerte? ¿qué pasará con ellos una vez mueren? ¿tendrán paz, como ellos dijeron después de fallecer? Cada ser humano forja su destino, ninguno es mejor que el otro por tener dinero, poder o fama, pero la muerte no es la cura o solución a nuestros embrollos.

Cuando un adolescente muere por su propia voluntad, lloro porque no regresará, lloro por los sueños que se perdieron, por esas metas que nunca se cumplirán, por esas ideas brillantes e innovadoras que podían mejorar el mundo. Lloro por el músico, la doctora, el pintor, la presidenta, el abogado, la comunicadora, el estilista; por el potencial que se desperdició. Lloro por, como dice Alex Zurdo en una de sus composiciones: “las canciones sin autor, el poema sin poeta, inventos desconocidos e intenciones incompletas”. Lloro por el dolor que causa en mí pensar que no hice lo suficiente para ayudarlos; lloro por una sociedad que prefiere retratar el acto suicida antes de extender los brazos para socorrer y consolar.

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