El encuentro académico en torno a Magnífica Humanitas, la encíclica con la que el Papa León XIV actualiza la doctrina social de la Iglesia para la era digital. El documento fue publicado de manera deliberada en el aniversario 135 de la Rerum Novarum de León XIII, el texto que en su momento respondió a la primera revolución industrial. El gesto, coincidieron los panelistas, no es decorativo: traza una línea directa entre aquella convulsión social y la que hoy provocan la inteligencia artificial, la automatización y la robótica.
El panel reunió al filósofo mexicano Rodrigo Guerra, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina; al periodista chileno Guillermo Sandoval, director del Centro de Gestión del Conocimiento del CELAM; a fray Stefano Cecchin, presidente de la Pontificia Academia Mariana Internacional; y al padre Harold Castilla Devoz, rector general de UNIMINUTO. Cada uno abordó la encíclica desde un eje distinto, pero todos convergieron en una misma tesis: el verdadero adversario no es la máquina, sino la fragmentación de lo humano.
Babel o Jerusalén: la disyuntiva de fondo
Guerra abrió con una pregunta provocadora: ¿por qué tendría la Iglesia que ocuparse de algo tan técnico como la inteligencia artificial? Su respuesta apeló a la lógica de la encarnación: si Cristo asumió toda la realidad humana, ningún rincón de la vida —por técnico que sea— queda fuera del Evangelio. Desde ahí presentó la imagen central que recorrió todo el panel: León XIV plantea dos proyectos posibles para la humanidad. Uno es la torre de Babel, el esfuerzo titánico, homogeneizante y puramente tecnológico que pretende alcanzar el cielo con las solas fuerzas humanas. El otro es la reconstrucción de Jerusalén, donde antes de levantar muros hay que reconstruir los vínculos rotos.
La distinción permitió a Guerra reformular el debate. Glosando al Papa, lo planteó así: “La pregunta más profunda que nos debemos hacer no es tanto si es buena o mala la inteligencia artificial, el internet, las computadoras o los teléfonos, sino qué clase de ser humano soy yo en el momento en que utilizo estas tecnologías.”
De ahí su insistencia en la dignidad como perfección ontológica. “La dignidad humana no se le regatea a nadie. No es más digno el más poderoso, ni el que hace una opción política, ni el que tiene una cierta fe religiosa”, afirmó. Y precisó: “Tú y yo poseemos dignidad independientemente de nuestra situación económica, preferencia política, adhesión religiosa o grado de coherencia moral.”
El paradigma tecnocrático y el riesgo de un poder sin rostro
Sandoval aterrizó la reflexión en la realidad social latinoamericana. La Iglesia, recordó, no se opone al progreso técnico —fruto del rol cocreador encomendado al ser humano desde el Génesis—, pero exige discernir a qué lógica sirve. Su advertencia más afilada apuntó al paradigma tecnocrático, el espacio donde las personas se reducen a números, estadísticas y engranajes productivos.
El periodista subrayó un punto incómodo: “La inteligencia artificial no discierne, no siente. Quienes lo hacen son los dueños de los sistemas, que tienen la capacidad de organizar algoritmos de tal manera que pueden influir poderosamente en las conciencias.” Ese poder, advirtió, se ha concentrado en pocas manos y con criterios rara vez auditables.
Frente a ello recogió el llamado de la encíclica a regular la IA y a “desarmarla” cuando se asocia a la violencia, así como a superar la crisis del multilateralismo. Una de sus precisiones quedó resonando: “Suele decirse ‘trabajo digno’. La verdad es que la dignidad no radica en el trabajo: radica en la persona. Es la dignidad de la persona la que el trabajo debe respetar.” Y cerró con una pregunta dirigida al auditorio: “¿Nos estamos preparando para enfrentar el desafío, o nos quedamos tranquilos en la red que nos muestra solo lo que coincide con nuestras ideas, haciendo scrolling?”
La mirada mariana: ver el mundo desde abajo
Fray Stefano Cecchin ofreció la clave espiritual del documento. Lejos de ser un cierre protocolario, la figura de María funciona como “brújula moral” de la encíclica a través del Magníficat. Ese cántico, explicó, no es solo devoción: revela que Dios toma partido por los pequeños y los humildes. De ahí deriva una “conversión de la mirada”: “La Iglesia tiene que mirar como María: no como un poderoso, sino mirando el mundo desde abajo, con los ojos de quienes sufren.”
Aplicada a la tecnología, la consecuencia es directa: los sistemas algorítmicos deben evaluarse no por el beneficio de los grandes actores tecnológicos, sino por su impacto en los más frágiles. Cecchin denunció las “nuevas asimetrías epistémicas, económicas y políticas” de los monopolios de la IA, y opuso a su lógica una intuición evangélica: “Un algoritmo que solo ve el error como algo que hay que corregir ignora que, para una persona, el error puede ser el comienzo de un cambio profundo.” Su síntesis fue contundente: “La inteligencia artificial no tiene corazón. Ese es el gran problema.” Y, frente a una relación con la máquina que siempre será matemática, recordó que “el cambio nace siempre dentro de la persona, no dentro del computador”.
Educar para custodiar el discernimiento
El padre Harold Castilla cerró con el eje educativo. Partió del diagnóstico de la encíclica: existe un desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran nuestras conciencias. Ese desfase, dijo, no es un dato técnico neutral, sino un desafío formativo.
Castilla identificó una triple fragmentación —cognitiva, social y existencial— y propuso como respuesta lo que la encíclica llama una “higiene de la atención”: ritmos que incluyan silencio, lectura prolongada, estudio reflexivo y argumentación. La razón, advirtió, no es la eficiencia: “Una mente fragmentada no es solo menos eficiente: es menos libre.” Y alertó sobre el costo formativo del apuro: “El inmediatismo termina produciendo personas y sociedades mediocres.”
Para el rector, esfuerzos como la escritura, la lectura prolongada y la disputa argumentada deben permanecer “estrictamente humanos”, pues solo a través de ellos se forma el sujeto capaz de usar después la herramienta con libertad. Su propuesta concreta para las universidades fue integrar tres saberes —bioética, antropología filosófica y teológica, y doctrina social de la Iglesia— no como apéndices éticos, sino desde el origen: “No son comités que se pronuncian después, sino criterios que deben estar inscritos desde el diseño y permanecer activos en su uso.” La conclusión la formuló como advertencia: “El adversario no es la tecnología, sino la fragmentación.” La universidad, dijo, está llamada a ser un “taller de Nehemías”: reconstruir comunidad confiando a cada quien un tramo de la muralla.
Permanecer humanos
En la ronda final, los cuatro coincidieron en que el camino para “permanecer humanos” pasa por la relación. Guerra lo formuló apelando al Evangelio de Juan: la humanidad solo se realiza en la entrega sincera al otro, y “la fácil tentación de huir del prójimo en el fondo se vuelve huida de uno mismo”. El riesgo de no hacerlo, advirtió, es nítido: “Podemos encontrarnos llenos de tecnología, pero con el corazón vacío. El corazón solo se llena con convivencia, fraternidad y servicio; en el fondo, con amor al prójimo.”
Sandoval lo redujo a tomar conciencia de la propia dignidad y de la de los demás, sin olvidar el impacto ecológico del consumo de agua y energía de la IA. Cecchin insistió en conservar “el corazón de Jesús y de María” y cerró con la afirmación que condensa toda la encíclica: “Dios se hizo carne, y por eso la carne tiene un valor.” Y Castilla propuso un triple llamado —a la cautela, a la resiliencia humana y a la responsabilidad colectiva— para definir qué aspectos de la vida deben permanecer inalienablemente humanos: la ética, el afecto y el juicio crítico.
El consenso del panel fue claro: el progreso tecnológico no es un fin, sino una mediación que debe ponerse al servicio del bien común, la dignidad y la fraternidad. O, en los términos de la encíclica, la decisión sigue siendo entre construir Babel o reconstruir Jerusalén.








