Por: Andrés Leonardo Chacón Acevedo*
Hay palabras y frases que, apenas las escuchamos, parecen pertenecer únicamente a los técnicos. Planeación territorial es una de ellas.
Suena a oficinas, planos, normas y trámites. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si la planeación territorial fuera, en realidad, una de las decisiones más humanas que toma una sociedad?
Pensemos en un niño que sale a jugar al parque, en una señora que vende arepas y necesita una calle limpia e iluminada para trabajar, en un adulto mayor que quiere caminar sin miedo y en un joven que sueña con practicar deporte cerca de su casa. Ninguno de ellos habla de urbanismo, pero todos dependen de que alguien haya pensado la ciudad antes que ellos.
Eso, precisamente, es la planeación. No consiste únicamente en decidir dónde construir una vía o levantar un edificio. Consiste en responder una pregunta mucho más importante: ¿cómo queremos vivir?
De diferentes publicaciones del Dr. Jorge Iván Rincón Córdoba, se puede mencionar que el ordenamiento territorial no consiste únicamente en regular el uso del suelo; es la herramienta mediante la cual una sociedad decide qué ciudad quiere construir, y cómo armoniza el desarrollo económico, el ambiente y el interés general, criterios decisivos para concretar el modelo deseado de ciudad.
Hace más de dos mil años, Aristóteles escribió que la ciudad existe para hacer posible el bien vivir. No hablaba de riqueza ni de edificios; hablaba de la posibilidad de que las personas desarrollaran una vida plena dentro de una comunidad. Con frecuencia discutimos cuánto cuesta una obra pública, hasta posamos de interventores y más que la obra, nos preocupa quien debe inaugurarla. Pero pocas veces nos detenemos a pensar para qué sirve realmente esa obra.
Un parque se construye para que los niños tengan un lugar donde crecer. Un andén para que una madre pueda caminar con su hijo o una persona en silla de ruedas pueda desplazarse con dignidad. Un malecón para darle la cara al rio y devolverle el rio a la ciudad, una apuesta de ciudad para que cada individuo vuelva a encontrarse con su historia y con su río.
Cuando entendemos eso, descubrimos algo extraordinario: las mejores obras públicas no son las que más concreto utilizan. Son las que más vidas transforman.
“La ciudad existe por causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el bien vivir”: Aristóteles
Toda política pública transforma una parte de nuestra vida. La educación transforma la manera como aprendemos. La salud protege nuestro bienestar, de manera integral, La seguridad busca proteger nuestra tranquilidad. Pero la planeación territorial organiza el escenario donde ocurren todas las demás.
Antes de aprender hay que llegar al colegio. Antes de recibir atención médica hay que acceder al hospital. Antes de trabajar hay que recorrer la ciudad. Antes de convivir necesitamos un espacio para encontrarnos.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar cuánto cuesta una ciudad y empezar a preguntarnos cuánto bienestar es capaz de producir. Porque una ciudad no se mide únicamente por sus edificios. Se mide por la tranquilidad con la que caminan sus habitantes, por el tiempo que una familia puede compartir, por las oportunidades que ofrece a un joven y por la dignidad con la que envejecen sus adultos mayores.
Como evidencia de ello propongo dar una mirada a mi municipio, La Dorada, Caldas, donde la consolidación del Malecón sobre el río Magdalena representa una de las mayores transformaciones urbanísticas de las últimas décadas. A ello se suma la ampliación de la Central de Abastos y el avance de proyectos como el Parque Recreo Deportivo Las Margaritas, el parque de Los novios y la construcción del Estadio municipal Los Alpes. Más que obras aisladas, estas constituyen una apuesta por recuperar el espacio público, fortalecer la economía, promover el deporte y mejorar la calidad de vida.
Lo anterior demuestra que, cuando la planeación deja de pensar primero en los planos y comienza a pensar en las personas, trasciende el ámbito de la técnica. Se convierte, quizá, en la política pública más humana de todas: aquella que crea las condiciones para que las personas vivan mejor y encuentren, en el territorio que habitan, un camino hacia la felicidad.

*Sobre el columnista: Andrés Leonardo Chacón Acevedo, es especialista en Gestión de Ciudad y Territorio de la Universidad Externado de Colombia, magister en Administración Gerencial de la Universidad Benito Juárez de México.
Este es el primero de una serie de 10 escritos enfocados a cómo desde planeación territorial, el desarrollo urbanístico de las ciudades y la participación ciudadana, se pueden hacer felices a las comunidades que habitan los territorios.








