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Pasajeros en la vía: Crónicas judiciales son la voz contra delitos sexuales

Cuando las páginas de los diarios se vuelven el lenguaje de la voz que relata el crimen.

Por: Gustavo Campo Menco. UNIMINUTO RADIO Tolima.

A veces se abre una raja entre las páginas de los textos y el horror de las historias sale a trompicones a las calles, a tragar gente a dentelladas. La violencia es una bestia que anda en el alma de los pueblos y las ciudades. No hay que buscarla, ella nos encuentra. Aparece de pronto, anda desatada. No es cosa de ahora, viene de mucho antes. Tiene que ver con los bandoleros del monte, con los castigos salvajes del Tribunal de la Inquisición, con las matanzas de los años 50, y con los regueros de muertos de los bandos políticos. Todo esto lo cuentan las crónicas.

Los casos de los crímenes que ocurren en una ciudad también son parte de su historia, aunque no siempre aparezcan en los libros. Muchas veces las páginas de esa historia están en los diarios de crónica judicial que, al viajar de mano en mano, fijan en la memoria de la gente a los personajes, sus motivos, los hechos y las escenas del delito. Así nacen las historias.

A veces, las historias no necesitan ser contadas. Los hechos están tan incrustados en la conciencia colectiva, que los espectadores asumen la posición de jueces y, en cada caso que deciden asumir, tratan de ordenar las casualidades numerosas y encadenadas, que hicieron posible el hecho absurdo. Y es evidente que no lo hacen por un intento de desenmarañar misterios, sino porque les resultaría difícil continuar sus vidas, sin saber con exactitud: ¿quién o quiénes son los implicados?, ¿cuándo pasó?, ¿dónde?, ¿alguien sabía?, ¿cómo fue y qué armas usaron?, ¿por qué sucedió eso, y para qué?

En el trabajo detrás de las crónicas judiciales, los periodistas deben entregar respuestas a esas preguntas. Lo mismo pasa con los escritores de novelas y cuentos sobre crímenes, quienes, a partir de esas respuestas, crean otra realidad similar que algunas veces resulta atractiva.

En el cuento “Los crímenes de la Calle Morgue”, de Edgar Allan Poe, publicado en 1841, conocemos la historia de un crimen brutal. Dos mujeres, la señora L’Espanaye y su hija, la joven Camille L’Espanaye, aparecen asesinadas en su apartamento, en una calle de París. Cuando las encontraron, la hija estaba incrustada, cabeza abajo, en el canal de la chimenea, y había sido golpeada y estrangulada hasta morir. La madre estaba en el piso del patio, degollada y con el cuerpo acuchillado. No había nadie más con ellas.

Los cuerpos fueron encontrados por dos policías y algunos vecinos de la calle, quienes aseguraban que en la madrugada habían escuchado gritos de discusión, en un idioma incomprensible, y que provenían de la casa. Cuando los gritos acabaron, los vecinos llamaron a la puerta y no hubo respuesta. Llamaron a la policía, forzaron la puerta y entraron.

En el cuento conocemos la narración de estos hechos, cuando los dos personajes principales de esta historia; el narrador anónimo del relato y su amigo Auguste Dupin, caminaban una noche por la calle y leen una edición nocturna del periódico “La Gaceta de los Tribunales”, y junto con ellos, leemos la noticia publicada en el diario, con el titular: “Extraordinarios crímenes”. 

Y entonces, junto con Dupin y su amigo, seguimos la evolución del caso a través de las ediciones del periódico, donde entrevistan a los testigos, la policía da reportes de sus investigaciones, todo es confuso al principio y las pistas acaban en un culpable. Así llegamos a la solución del caso, con la participación de Dupin y su amigo, quienes descubren al asesino: Un orangután amaestrado.

Este cuento es considerado como el primer relato policíaco de la literatura, y no hay certeza sobre las motivaciones de Poe para escribirlo. Algunas versiones señalan que el uso del orangután en “Los crímenes de la calle Morgue” fue inspirado por dos sucesos; en la reacción del público ante una exposición en el Masonic Hall de Filadelfia en julio de 1839, donde presentaron a un orangután leonado capturado Borneos, y en una ola de crímenes atroces que sacudieron la prensa de Nueva York durante aquellos días. Por crónicas de aquella época, se sabe que estos crímenes eran frecuentes y los asociaban a ajustes de cuentas entre inmigrantes, o venganzas entre familias. Las discriminaciones eran evidentes.

Así son esas historias cuando se convierten en el retrato de los estragos que deja la violencia, esa bestia desatada que se escapa del cuento de horror y se echa a andar entre las calles. Pero en épocas recientes, esta bestia se ha alimentado de lo peor de nuestro mundo, y del error profesional y terrorífico de algunos otros. Ha dejado de ser un accidente personal, o una decisión casual de los poderes. Hoy la ley de causa y efecto, atenta contra todos.

Los escapes de esa bestia solo pueden narrarse como una pesadilla. Desde las madrugadas, en el Tolima, la jungla entra por las calles. De repente una raíz revienta el pavimento. Un jaguar con los colmillos ensangrentados atraviesa por las aceras. Monos enloquecidos aúllan a la luna. Las sombras de los ocobos, en las noches de luna, esconden a los caníbales que lamen los filos ensangrentados de sus uñas. Millares de violadores, sueltos en las noches, se saludan con señas de un lenguaje maligno y de reconocimiento, al asomarse por las esquinas nocturnas de luces amarillas.

Y entonces los reportes de Policía, Ejército y Fiscalía, inundan las redes, y los periodistas ponen en el lenguaje diario, los horrores de la locura temporal. En lo que recogió septiembre en el Tolima por delitos sexuales, dicen las noticias sobre capturas:

En Coyaima: “Captura por orden judicial de un sujeto de 40 años, a quien le figuraba orden de captura vigente emanada por el juzgado tercero promiscuo municipal del Guamo, por el delito de acceso carnal agravado en concurso homogéneo y sucesivo.”

En Melgar: “Captura por orden judicial de un sujeto de 58 años, a quien le figuraba orden de captura vigente emanada por el juzgado primero penal municipal, por el delito de acceso carnal abusivo con menor de 14 años.

Y el resumen de capturas en septiembre, en cifras, es inquietante: 12 capturas. Así: “Melgar 2 casos, Chaparral 2 casos, Rioblanco 2 casos, Lérida 2 casos, San Luis 1 caso, Coyaima 1 caso, Espinal 1 caso y Chicoral 1 caso. De todos ellos, “8 enviados a centro carcelario y 4 con imputación de cargos.”

En lo que va de octubre, ya hay un caso alarmante: “Captura por orden judicial de un individuo de 18 años de edad, en la comuna 11 de la capital tolimense, quien era solicitado por el Juzgado 1° Penal del Circuito para Adolescentes con Función de Conocimiento de Ibagué, por el delito de acceso carnal violento agravado en concurso homogéneo.​ Lo anterior por ser el presunto autor material de hechos ocurridos el día 29 de octubre del año 2019, donde fue abusada sexualmente una menor de 10 años de edad.”, dice el reporte.

Un poco más atrás en el tiempo, los diarios locales encendieron las alarmas cuando en junio de 2021, fue capturado en Espinal, un individuo con circular roja de Interpol, requerido en España por integrar una red de trata de personas y explotación sexual de mujeres venezolanas y colombianas. Las víctimas eran trasladadas ilegalmente a España, en donde eran sometidas a prostitución bajo amenaza de muerte, para evitar que se fugaran, y eran obligadas a pagar cuotas de dinero para cancelar supuestas deudas de manutención y traslados.

De vuelta a “Los crímenes de la calle Morgue”, es posible que, en la escritura de ese cuento, Edgar Allan Poe haya juntado las partes de esa historia, como piezas de un juego bestial, en un escenario absurdo: un orangután enfurecido, dos mujeres aterrorizadas, gente con miedo a los inmigrantes, y dejara que sucediera lo peor. Y en el mismo cuento, para narrar la historia de ese juego macabro, usa los periódicos como una voz más, con los aciertos y desaciertos de la investigación del crimen.

Hasta aquí, todo lo que sucede en ese cuento es ficción. Es un invento del escritor y el horror se queda en las páginas. Lo verdaderamente inquietante sucede cuando ese horror ya no es un invento de la ficción, sino que se presenta ante los ojos de alguien o en la piel y el cuerpo de alguien, o de nosotros. Es entonces cuando las páginas de los diarios se vuelven el lenguaje de esa voz que relata el crimen.

Y esa voz de vuelve compacta, como golpe de maza contra el pavimento, cuando se convierte en texto. Francisco Taibo, escritor y activista hispano-mexicano nos cuenta en su novela “Olga Lavanderos”, una historia que rinde homenaje al periodismo, cuando nos lleva junto con Olga a un descenso a los infiernos del Distrito Federal, con el objetivo de descubrir la verdad y conseguir un poco de justicia en una de las ciudades más corruptas del planeta, para publicar sus hallazgos en el diario La Capital.

En uno de sus párrafos, dice la historia: “Esta ciudad no me la han contado. Yo la he visto. La violencia arrincona. La pesadilla abandona el sueño y se queda para siempre a vivir entre nosotros. Por eso hay que salir a retarla. Salir a buscarla y saltar cuando aparece, ganarle la carrera. Salir a la noche y retarla, decirle: ¡Aquí estoy y corro más rápido que tú! Soy experto en huidas, en juegos de combate, en fintas de karate celestial que permite evadir el navajazo, hacer del disparo lluvia de confeti, de la puñalada una serpentina. ¿Qué puede haber peor, que morir solo ante un televisor que te habla?”

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