[Cronica] Reír para resistir.  José Rogelio Reyes, un payaso que convirtió la risa en oficio y forma de vida

Por: Diego Alejandro Sierra González

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Frente al espejo, José deja de ser José, porque su cara de todos los días se transforma mientras la pintura la cubre poco a poco. Primero los colores, luego las líneas, después la expresión exagerada, y en minutos, él desaparece y en su lugar aparece otro, Lechuga.  Ese momento frente al espejo es cuando la vida cotidiana queda atrás y empieza otra, una en la que el cuerpo habla más que las palabras y donde la risa se convierte en el centro de atención.

Pero antes del nombre que hoy lo identifica, su vida era distinta. José Rogelio Reyes era, como él mismo lo dice: “Una persona normal, tranquila, con sueños, con anhelos, con cosas bonitas”. Un niño que quería crecer, estudiar, con una infancia común, marcada por la curiosidad y el deseo de aprender. Sin embargo, en medio de esa normalidad, había algo que crecía en su corazón: la risa.

A los ocho años, algo cambió. En ese entonces lo llamaban Botoncito. Era apenas un niño, pero ya lograba algo que no todos consiguen: hacer reír a otros niños y a los adultos. Ese momento no llegó solo.

En casa, el oficio ya existía, pues su padre trabajaba como payaso, y José lo observaba con atención, con la esperanza de intentar entender lo que había detrás. Veía cómo su padre se preparaba, cómo se transformaba, cómo interactuaba con la gente. Y, poco a poco, empezó a imitarlo.

Tomaba las pinturas, los coloretes, se maquillaba como podía y se acercaba al escenario, o al espacio donde su padre trabajaba sin pedir permiso, y ahí comenzó todo. Lo que en principio fue una imitación se convirtió en una forma de vivir. El personaje fue cambiando con el tiempo: de Botoncito pasó a ser Lechuguín, nombre que evolucionó hasta convertirse en Lechuga, Lechuga Junior. Cada nombre marcaba una etapa, sin cambiar lo esencial, hacer reír a los demás, hoy, después de más de cuatro décadas, ese impulso sigue vivo.

A diferencia de otros artistas que construyen sus presentaciones a partir de guiones o de textos definidos, el trabajo de Lechuga se basa en otra lógica: no hay una rutina escrita, ni un conjunto de chistes memorizados, ni una secuencia fija de acciones, porque casi todo se le ocurre en el momento: “porque son cosas que me salen de la mente y del corazón”, explica.

Basta con pintarse, salir y observar, porque ha entendido que el público no es pasivo, es parte activa de lo que sucede, y de esa interacción surgen los concursos, los juegos, los pequeños sketches improvisados, porque cada gesto, cada movimiento, cada pausa depende de la reacción de quienes están al frente., y el reto es grande, porque como recuerda: “No hay dos funciones iguales, no puede haberlas”.

Foto: Instagram: elpayasolechugajunior

El cuerpo se convierte en la herramienta principal, porque en no pocas ocasiones el gesto reemplaza a la palabra, y la exageración, el movimiento, la torpeza calculada, construyen un lenguaje propio que no necesita explicación y que funciona porque conecta directamente con quienes lo observan.

No se trata solo de entretenimiento, porque para Lechuga hacer reír tiene un sentido más profundo. Significa ofrecer un espacio distinto, una pausa en medio de la rutina, porque su intención es que durante unos minutos las preocupaciones, el trabajo, los problemas del hogar, las tensiones del día a día queden en un segundo plano.

Lo que para muchos puede ser un momento pasajero, para él es su oficio, y Ver cómo la gente responde, cómo se deja llevar, cómo se conecta con lo que ocurre frente a ellos, es lo que le da sentido a lo que hace. No significa que el trabajo sea fácil, significa que, desde el inicio, hubo una conexión directa entre lo que hacía y lo que sentía.

Esa conexión también tiene un lado práctico. La risa no es solo una expresión emocional; es también una forma de sustento. Gracias a su trabajo lo contratan, lo recomiendan, tiene una clientela, porque la alegría de los otros, en su caso, es estabilidad.

Su trabajo implica sabiduría, la capacidad de leer al público que tiene enfrente, porque detrás de cada presentación hay una comprensión del entorno, un instinto de adaptación y una sensibilidad particular para entender qué necesita el público en cada momento. Improvisar no es simplemente hacer cosas al azar, porque implica reaccionar, ajustar, cambiar el ritmo, probar y sostener la atención.

Afuera, el público espera, no sabe exactamente qué va a pasar, y él tampoco, y sin embargo ahí está, precisamente. Sale sin guion, sin certezas sobre cómo se desarrollará el momento, pero con la seguridad que ha construido a lo largo de los años: la de saber que, de alguna manera, logrará conectar, porque al final, su trabajo no consiste en contar algo, sino en provocar algo.

Y en ese espacio entre el primer gesto y la primera risa, entre la expectativa y la reacción, ocurre por lo que ha luchado toda su vida: su capacidad para transformar lo cotidiano en un instante de alegría.

| Nota del editor *

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