Por Gustavo Adolfo Barreto

El posicionamiento de una razón de lucha por la igualdad de derechos, el reconocimiento en el terreno de lo público, e incluso una paridad de género en materia política, ha sido uno de los aspectos más relevantes del mundo en los últimos años en la lucha por el ejercicio de derechos. El feminismo, referido explícitamente como “Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre” según la RAE (Real Academia Española), es la razón para que personajes como Gabriel Camargo consideren que actividades asociadas naturalmente a los hombres vuelvan a las mujeres lesbianas o que la diva de Colombia, Amparo Grisales, piense que a las mujeres que no les gusta el “Mamacita” como piropo, con su rechazo están anulando a las mujeres.

Pero ¿Por qué no analizar la relación de poder y género en materia de migración en un contexto de un país tan nacionalista como Colombia?

La salida de las mujeres a la esfera de lo público y su reconocimiento en espacios de deliberación, puede presentarse ya como un acto de rebeldía. El hogar, en concreto las labores domésticas, son reconocidos como sus territorios. No obstante, esta salida de lo privado permite a las mujeres establecer el empoderamiento personal tanto social como económico que es tan fuerte para ellas conseguir.

En Colombia durante el 2018 fueron censadas 454.884 mujeres venezolanas, quienes en un amplio porcentaje están ocupadas como “Señoras del cuidado”, el papel de subordinación sexual más maquillado por la sociedad, puesto que las normativas, los valores y la estructura de los fenómenos migratorios establece unos lugares de poder y privilegio hacia los hombres, donde las mujeres prácticamente quedan confinadas a obedecer.

Una mujer que migra, que deja a su familia o se la trae consigo toma una decisión muy compleja, una decisión de completa desobediencia. La buena madre está con sus hijos, está apegada, está con ellos y la mala madre es la que los abandona por cuidar a otros, que es la oferta más atrayente para las mujeres que hacen parte del fenómeno de la migración.

Reconociendo el factor de empleabilidad y el posicionamiento de la mujer en su papel protagónico en la migración, y en particular la relación de ser mujer y los papeles idóneos de serlo, la feminización de la migración no es un acto de empoderamiento femenino, sino una reproducción de la subordinación que ya está planteada en la sociedad.