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Por: Sonia Esmeralda Quevedo Riveros

En Fosca, Cundinamarca, vive Wilfredo Vásquez Romero, un hombre que se dedica a su finca. Cuando llegué lo encontré en la conejera.

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“Buenas tardes doctor”, (así le decimos porque fue profesor de la Universidad Nacional). Él saludó con una alegría expresada en el brillo de sus ojos cafés. Noté que ha superado la enfermedad; por su sonrisa comprobé que está bien, que ha recuperado las ganas de trabajar, de estar activo: de nuevo poda el jardín, ve por los animales y cuida de su finca. Ha comprado conejos por eso debe arreglar la puerta.

Entramos y grita: “Mija”. De inmediato salió la señora Mariela que nos dice: “Sigan, pónganse cómodos, ya los acompaño, es que estoy viendo una película.

Nos sentamos en la sala con el trinar de los pajaritos de fondo. “¿Qué le puedo contar?  Yo nací el primero de septiembre de 1945 en Sáname, una vereda de este municipio donde mis papás ejercían como docentes, hasta que la violencia que se desató entre conservadores y liberales nos afectó directamente. Una noche del 49 toda la muchachada conservadora nos hizo una asonada: nos arremetieron con piedras y nos hicieron salir a media noche; entonces tuvimos que desplazarnos a Puente Quetame caminando porque en ese tiempo no había carretera. Llegamos en la madrugada y mi mamá consiguió un camión que nos llevó hasta Bogotá, donde afortunadamente mi papá había hecho una pequeña inversión en el barrio Olaya Herrera. Era una casa lote, ahí nos tocó meternos y permanecer bastante tiempo; en Fosca teníamos todo lo necesario, pero de la noche a la mañana nos sacaron”.

En ese momento se acerca la señora Mariela con yogurt y galletas que deja sobre la mesa y se retira. “Cuando llegamos a Bogotá iniciamos una nueva vida: los hombres tuvimos la fortuna de estudiar en un colegio dirigido por Jesuitas, El San Bartolomé, donde estudiábamos de 7:00 de la mañana a 12:00 y del mediodía y de 2:00 a 6:00 de la tarde. De 7:00 a 8:00 de la mañana era misa todos los días: nos gustara o no, tocaba. A mí me obligaban, por eso me hice acólito”.

En ese momento no entendí, pero al ver sus ojos de picardía seguí comiendo galletas y escuchando. Wilfredo continuo: “Fui acólito durante 4 años: los estudiantes debíamos ir a la Iglesia de San Ignacio, allá la misa tardaba una hora exacta, pero los acólitos íbamos a las misas de la capilla que eran de 15 o máximo 20 minutos, porque no tenían que dar sermones, ni explicaciones: ¿Cómo es que se llama eso?”.

– La homilía, respondí.

– “¿Qué es homilía?”

– La explicación que da el sacerdote del Evangelio y las lecturas

– “Eso, la homilía, pero eso se hace para el público y como allá no había público sólo leían y ya. Salíamos como un tiro y al finalizar la misa nos daban un papelito para ir a reclamar un desayuno con huevo y jugo de naranja, algo que uno nunca veía en la casa; entonces a mí no me importaba si me tocaba estar disponible desde las 6:00 de la mañana: acolitaba, desayunaba y me quedaba tiempo para descansar, hacer tareas o jugar microfútbol mientras eran las 8 para ir a clases”.

“En cuarto de bachillerato ya era acólito mayor: me encargaba de las hostias y el vino; en ese año me gané al padre David, considerado el primer orador sagrado de Colombia que era el encargado del sermón de las Siete Palabras en Semana Santa a través de la Emisora Nueva Granada, hoy en día RCN; Caracol Radio, que por entonces se llamaba Nuevo Mundo, se encadenaba y entre las dos lo transmitían para todo el país. El padre David era un anciano de un genio el hijo de madre, bueno, en todo caso a mí me quería y le gustaba que yo le acolitara”.

  • ¿por qué? pregunté.
  • “Porque cuando me pasaban la bandeja con las dos jarras de vino y me decían que eran para el padre David, yo sabía cómo era la movida: llenaba la jarra del vino y la del agua no”. Sonreímos y noté que se perdió en los recuerdos, pero con una de esas sonrisas que dicen algo así como ‘qué buenos tiempos’.

En San Bartolomé cada estudiante tenía un consejero espiritual. Uno de ellos era el padre Bernardo Díez, sacerdote jesuita que estaba como misionero en Colombia; era exigente a morir y me tocaba acolitarle por obligación. Ese cura me daba Historia de la Iglesia. Resulta que yo pertenecía a la selección de microfútbol y no podía tener materias con promedio inferior a 3.5 porque me suspendían de la selección hasta que subiera la nota. Como a mí no me iba tan bien pues mi promedio estaba entre 2.8 y 3.2, vivía desesperado porque a cada rato hacían ir a mi mamá para quejas y quejas; entonces Humberto, mi hermano mayor, me dijo: ‘dígale al cura Díez que usted en el fondo tiene una inclinación por ser cura y verá que le cambia la situación’. Eso fue lo peor que me pudo haber pasado porque el cura llegaba a la casa para hablar con mis papás, o bueno, con mi mamá porque mi papá era enemigo de los curas: él legítimo liberal y los curas conservadores que decían que matar a un liberal no era pecado, pues imagínese. Del 2,8 pasé a 4.5, no importaba que fuera malo en Historia de la Iglesia porque compensaba el hecho que yo iba a ser cura”.

En ese momento sale la señora Mariela. Yo guardo mi agenda y digo: “Muchas gracias doctor, qué agradable es escuchar sus historias”. Él sonríe y me dice: “A mí no me gusta hablar: los jóvenes se quejan porque los viejitos hablamos mucho”.

“Él es un hablador”, agrega la señora Mariela.

“Mija, hay que hablar; las tradiciones han pasado de generación en generación, por eso hay que seguir contando historias, porque si los jóvenes solo hablan entre ellos, se perderán las tradiciones y la historia. Sonia, cuando quiera vuelva y seguimos hablando”. Concluye el doctor al levantarse para despedirse.

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Anécdotas de un campesino doctor
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Anécdotas de un campesino doctor
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En Fosca, Cundinamarca, vive Wilfredo Vásquez Romero, un hombre que se dedica a su finca. Cuando llegué lo encontré en la conejera.
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