[Crítica] Resident Evil: Noche Cero. Un nuevo inicio lleno de frescas emociones

Existe una tendencia marcada en la industria del cine desde las adaptaciones de video juegos a la pantalla grande, que lleva décadas, que últimamente cuentan con un buen enfoque, estilo y calidad, y la película del director estadounidense Zach Cregger, hace gala de ello.

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Resident Evil: Noche Cero, un reto que ha marcado la historia del cine contemporáneo sobre cómo trasladar la experiencia de un videojuego a un medio que, por definición, no es interactivo, y desde esa idea, al pasar los años y luego de 12 entregas (8 de acción real y 4 animadas en CGI) que han llegado al cine, en lugar de escoger por la fidelidad literal, se hizo canon el personaje de Alice (Milla Jovovich) dejando de lado de muchas maneras al video juego, quedando casi solo su inconfundible nombre.

En esta ocasión, Cregger crea una obsesión por replicar texturas, gráficos o mecánicas del jugador de las consolas a la pantalla, gracias al director de fotografía, el aclamado polaco Dariusz Wolski, que se inclina por una traducción intermedial, es decir, por un proceso en el que las sensaciones del juego se transforman en recursos cinematográficos, la cámara se convierte en una interfaz, la luz en sistema de pistas Y el montaje en ritmo de exploración.

Este gesto lo acerca a lo que Linda Hutcheon, académica canadiense especializada en teoría y crítica literaria, ópera y estudios, denomina “adaptación como creación autónoma”: no se trata de copiar, sino de re imaginar. El espectador no juega, pero experimenta la tensión de jugar.

Gracias a esto, la inmersión desde la cinematografía es la apuesta principal de Cregger, que se articula en torno a la inmersión. Los intensos planos secuencia que recorren pasillos oscuros evocan la ansiedad de avanzar en un mapa desconocido.

Es por eso, que la cámara se detiene en detalles aparentemente insignificantes como una puerta entreabierta, un reflejo en un vidrio, un sonido lejano, que funcionan bien como equivalentes cinematográficos de las pistas que el jugador descifra en el juego, como el recurso de dejar el plano abierto, para que alguna acción entre en el y active la siguiente secuencia. 

La iluminación fragmentada, que nunca revela el espacio completo, reproduce la lógica de la linterna en la mano del jugador en acción, convirtiendo al espectador en el jugador, que nunca tiene control total del entorno, que se limita a ver entre zonas ocultas, porque como el juego, siempre hay algo fuera de campo que puede amenazar.

Es importante resaltar el espacio como narrativa, ya que en Resident Evil: Noche Cero, el espacio no es un mero escenario, sino un dispositivo narrativo como en el desarrollo de los objetivos en el juego, y Cregger lo entiende y lo potencia.

La casa, los laboratorios y las calles devastadas son territorios que cuentan historias por sí mismos. Cada habitación es un archivo de memoria, cada pasillo un umbral hacia lo desconocido y cada decisión lleva a una reacción, es por eso que las narrativas mal impuestas en el cine repetitivo actual que solo defiende franquicias con un gran público, caen en un vacío argumental que solo se sostiene de la memoria, pero que no dice nada.  

En cambio, aquí se percibe la influencia de la teoría del “espacio narrativo” de Henry Jenkins, académico estadounidense de los medios de comunicación, que sostiene que los videojuegos construyen mundos que los jugadores exploran como textos y Cregger traslada esa lógica al cine, mostrando que los espacios no solo contienen acción, sino que la generan.

Otro acierto es la decisión de suspender el canon previo ya que Resident Evil: Noche Cero no busca corregir ni reescribir las entregas anteriores, sino ofrecer un inicio autónomo, actual y fresco, para desmarcarse de la idea original. La historia se sitúa en una actualidad fácil de identificar, con referencias tecnológicas y sociales que la acercan al presente del espectador. Este gesto se desprende de la pesada carga de la continuidad y abre la posibilidad de nuevas lecturas sin traicionar el espíritu original.

La película se convierte en una especie de reboot conceptual porque no niega su pasado, pero tampoco depende de él ni de los errores que marcó, legitimando un comienzo que solo debe mirarse a sí mismo.

Es por eso que, durante los últimos años, las adaptaciones de videojuegos han dejado de ser solo ejercicios negativos para convertirse en proyectos que buscan sentido propio como The Last of Us (2023) en televisión, o Detective Pikachu (2019) en cine, ejemplos de cómo la industria y los realizadores han aprendido que la clave no está en replicar gráficos, sino en traducir experiencias y desarrollar estéticas y personajes.

La cinta acepta la tendencia, pero se aparta de ser solo fan service, revitalizando la franquicia y dándole la posibilidad de recuperar su esencia sin repetir fórmulas agotadas que cansan tanto a ciertos espectadores casuales, para hacer de esta entrega una puerta de entrada a un universo que se siente renovado y accesible.

Resident Evil: Noche Cero es una película de 1 hora y 35 minutos que, en mi opinión, entiende la adaptación como creación. Su gran acierto es que con inteligencia apuesta por desconectarse del imaginario anterior sin renunciar a la identidad de la saga. Cregger demuestra que una buena adaptación no consiste en trasladar gráficos a la pantalla, sino en traducir atmósferas, tensiones y emociones.

El resultado: una película que respira con autonomía, que dialoga con el videojuego sin depender de él, y que marca una tendencia positiva en la relación entre cine y cultura gamer. Un comienzo fresco, renovado, que le devuelve a la franquicia la posibilidad de ser cine antes que cualquier otra cosa. Juzguen ustedes.

| Nota del editor *

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