“¡Dios, estoy viva!”: Adelina, la mujer que le dijo “no” a la muerte estando debajo de los escombros de su casa

La conmovedora historia de la vendedora de arroz con leche que sobrevivió al colapso de su vivienda durante el terremoto del 10 de agosto y recibió en Bogotá la noticia que le devolverán el techo a ella y a su familia.

A las siete en punto de la mañana del pasado 10 de agosto, el suelo de Buenaventura dejó de ser firme, en el barrio El Jardín, Adelina Buila dormía plácidamente cuando una sacudida brutal la arrancó de la cama. La tierra rugía con la furia de los terremotos que no dan tregua, al intentar ponerse en pie, las piernas se le doblaban; la fuerza del sismo la arrojaba contra el piso una y otra vez, mientras las paredes crujían y gruesos trozos de ladrillo comenzaban a desprenderse del techo.

—«Parecía como de película, Dios mío, yo no me podía parar»— recuerda hoy Adelina con una cadencia entrecortada en una entrevista que le hicimos en UNIMINUTO Radio, donde la memoria del terror convive con una carcajada luminosa que desconcierta a quien la escucha.

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En cuestión de segundos, los ventanales estallaron en mil pedazos, la nevera, como impulsada por una fuerza invisible, salió disparada; la lavadora se volcó y los electrodomésticos quedaron reducidos a chatarra inservible. Aturdida y esquivando escombros, Adelina corrió hacia la salida, pero la casa le tenía una trampa: la reja exterior estaba cerrada con candado y las llaves no aparecían por ninguna parte, mientras al otro lado de los barrotes, los vecinos gritaban desesperados viendo cómo la estructura de la vivienda cedía irremediablemente.

Atrapada y al borde del abismo, Adelina cerró los ojos y se aferró a lo único que le quedaba:

—«¡Dios, hoy no muero! ¡En esta casa yo no me muero!»—.

Un estruendo final partió el suelo, la casa colapsó por completo y el polvo lo cubrió todo, cuando Adelina volvió a abrir los ojos, el techo ya no existía, pero ella respiraba, estaba intacta entre las ruinas, mientras afuera los vecinos lloraban dándola por perdida, desde el fondo del desastre emergió su voz cantarina que retumbó en la cuadra:

—«¡Señor, estoy viva! ¡Estoy viva, gracias Dios mío!»—.

La risa del sobreviviente y el peso del barro

En el Pacífico colombiano la fe no se reza con timidez; se canta, se baila y se defiende como trinchera, los días posteriores al sismo fueron una prueba de fuego para ella, aunque su espíritu agradecía el milagro del aire en los pulmones, la crudeza de la realidad le arrebataba las lágrimas al caer la noche, se había quedado sin techo, con la ropa arruinada bajo la lluvia y con la angustia de ver desmoronado su proyecto de vida.

Adelina es una microempresaria popular de las calles de Buenaventura, su sustento diario depende de las ollas de arroz con leche que prepara con esmero y de los helados tipo ‘boli’ que distribuye a pie o por encargo telefónico entre vecinos y amigos, pero con la casa derrumbada, el fogón y los congeladores destruidos, su pequeña economía de subsistencia quedó congelada en cero.

Fue entonces cuando la distancia entre Buenaventura y Cali se acortó a través de un teléfono celular, Luis Fernando, un mentor voluntario del programa de Micronegocios de El Minuto de Dios, la contactó para evaluar los daños e iniciar una ruta de reactivación, aquellas llamadas diarias se convirtieron en un bálsamo.

—«Éramos como en una terapia los dos. Él me llamaba preocupado a darme ánimo y terminaba era yo diciéndole: ‘¡Ánimo don Luis Fernando, tenga paz que Dios es real!’»— cuenta la mujer, evidenciando esa resiliencia inquebrantable de la mujer afrocolombiana que no se rinde ante la desgracia.

El momento en que Adelina Buila recibe la noticia de la reconstrucción de su casa, la número 31 que entregará El Minuto de Dios en Buenaventura.

El viaje a la capital y la casa número 31

La historia de Adelina trascendió las fronteras del Valle del Cauca y tocó las puertas de la Corporación Organización El Minuto de Dios, cuando la llamaron para invitarla a Bogotá a contar su testimonio en la Segunda Jornada de Micronegocios, el miedo volvió a rondarla, nunca había viajado sola a la capital del país, una mole fría y lejana para quien ha vivido arrullada por la brisa marina del puerto.

—«Yo decía: ‘Señor, ¿yo qué voy a hacer por allá con gente que no conozco?’. Me daba susto arriesgar la vida, pero oré y sentí paz en el corazón»— confiesa.

Vestida con la dignidad de quien trabaja la calle con la frente en alto, Adelina subió al escenario del Teatro Minuto de Dios de este jueves 5 de noviembre, ante un auditorio colmado de empresarios, académicos, emprendedores y líderes sociales, y con micrófono en mano, narró cómo la tragedia no había logrado arrebatarle la alegría de vivir ni la pasión por su arroz con leche, su energía contagió a todos, pero el destino aún le guardaba el mayor de los giros.

Al término de su intervención, Raúl Buitrago, gerente de la Corporación Organización El Minuto de Dios, subió a la tarima conmovido tras escucharla, entonces tomó el micrófono para hacer público un anuncio que no estaba en el libreto del evento, explicó que la institución tenía proyectada la reconstrucción inicial de 30 viviendas damnificadas por el terremoto en Buenaventura, pero que a partir de ese instante la meta cambiaba:

—«Doña Adelina, su casa no se va a quedar en el suelo, usted será la vivienda número 31 que vamos a levantar en Buenaventura»—.

El teatro estalló en aplausos y ella rompió en llanto, levantó los brazos al cielo y volvió a soltar esa carcajada ancha que desarma cualquier tristeza:

—«¡Año nuevo, casa nueva! ¡En Dios nunca perdí la esperanza!»— exclamó abrazando a los organizadores.

En los pasillos del Teatro, donde UNIMINUTO Radio le hizo la entrevista, ella saborea la promesa de regresar a su tierra con una esperanza intacta, Adelina deja una lección que resume el sentido profundo de la solidaridad comunitaria:

—«A uno con la casa caída casi que se le va la vida, pero cuando aparecen manos que lo levantan, uno vuelve a latir. La casa se cayó, sí, pero aquí estoy viva para contar que Dios sorprende»—.

Aquí la entrevista:

| Nota del editor *

Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

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