En el corazón de Pasto, justo frente de la concurrida Plaza de Nariño, un antiguo pasaje andino acaba de cobrar una voz que llevaba siglos en silencio, esto que acabo de decir, no se trata del libreto para un guía turístico convencional, sino del murmullo acumulado de más de veinte pueblos indígenas que poblaron estas cordilleras, valles y costas mucho antes de que territorio adoptara el nombre de Colombia.
Allí, en el Centro Cultural y Museo Arqueológico Minuto de Dios, acaban de aterrizar más de 400 piezas prehispánicas de cerámica, orfebrería y piedra pertenecientes a la Colección Camilo Orbes Moreno. Tras años de custodia y trámites institucionales ante el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), vasijas rituales, figuras antropomorfas y herramientas de trabajo de lo que hoy es la frontera común entre Colombia, Ecuador y Perú regresan al territorio que las vio nacer.
A primera vista, podría parecer una noticia cultural más de provincias, sin embargo, para la organización que lo hace posible (la Corporación Universitaria Minuto de Dios – UNIMINUTO), el museo no es un simple repositorio de reliquias, es el capítulo más reciente de una de las apuestas sociales y estéticas más insólitas de nuestro país y, por qué no, de América Latina.
Una filosofía nacida a mediados del siglo XX que sostiene una tesis provocadora: que la belleza no es el premio que se obtiene tras superar la miseria, sino la palanca imprescindible para salir de ella.
El hambre que el pan no sacia: desarrollo humano integral
Para entender qué hace un museo universitario abriendo sus puertas en el sur andino hay que viajar en el tiempo hasta los años 50 y situarse en la figura del Siervo de Dios padre Rafael García Herreros, CJM, (1909–1992), un sacerdote eudista de palabra afilada, sotana raída y mirada visionaria.
García-Herreros fue un personaje célebre en los hogares colombianos gracias a su microprograma diario de televisión, el más antiguo de la televisión nacional, pero su verdadero laboratorio fue urbano y social. Desde el inicio de su obra comprendió lo que hoy los sociólogos denominan ‘desarrollo humano integral’: la convicción de que la persona humana es multidimensional y que su dignidad no queda resuelta únicamente con garantizarle un techo y un plato de comida.
“La dignidad humana no se agota en un techo y un plato de comida; el ser humano también necesita belleza, memoria y creación”: rafael garcía herreros, cjm
Mientras las políticas asistenciales de la época y las teorías tradicionales del desarrollo reducían las necesidades populares a la subsistencia material más elemental (lo que la conocida pirámide de Maslow ubicaba en los peldaños más altos, pero menos importantes), García Herreros dio un salto cualitativo, afirmaba con insistencia que quien vive en la vulnerabilidad tiene exactamente el mismo derecho a conmoverse ante un lienzo, a interpretar una partitura o a interrogar una pieza milenaria que quien habita en los barrios más acomodados de la capital, para él, la cultura no era un postre reservado para después de haber solucionado la economía: era el plato fuerte que estructuraba el espíritu y la ciudadanía.

La vivienda y el entorno como ecosistema estético
Esa convicción no se quedó en sermones domingueros, se materializó en ladrillos, árboles y plazas, pues a finales de la década de 1950, en lo que entonces eran los confines pantanosos del noroccidente de Bogotá (adonde los materiales de construcción debían transportarse a lomo de mula), nació el barrio Minuto de Dios, un barrio que no fue concebida como un mero “dormitorio obrero” ni como una solución de emergencia ante la ola de violencia partidista que desplazaba a miles de campesinos hacia las ciudades.
García-Herreros ideó el barrio como un verdadero ecosistema estético, las casas eran blancas, sencillas pero armónicas, rodeadas de jardines comunitarios y espacios diseñados para favorecer el encuentro vecinal. Para el sacerdote eudista, la fealdad del hacinamiento y el descuido urbano degradaban el alma tanto como el hambre; por el contrario, un entorno cuidado y limpio educaba la mirada y cultivaba el respeto mutuo.
La construcción misma fue una lección de ética colectiva, a través de jornadas de autoconstrucción comunitaria, los propios beneficiarios levantaban los muros de las viviendas, pero había un detalle genial: nadie sabía cuál casa le correspondería. Al terminar la obra, las llaves se rifaban al azar entre las familias participantes. Con esta estrategia, el sacerdote eliminaba cualquier tentación de construir con descuido: cada quien ponía su mejor empeño y esmero porque la casa que levantaba podía terminar siendo la suya o la de su vecino.
El barrio tenía además reglas singulares: estaba prohibido convertir las salas en tiendas o cantinas, pues la vivienda debía resguardar la intimidad familiar y el descanso. En cambio, en el corazón del sector se erigió un teatro, una plaza central, plazoletas con esculturas al aire libre y, lo más revolucionario para su época, un museo de primera línea.

Un ‘Guggenheim’ en una barrio obrera
En 1966 Colombia estaba sacudida por tensiones sociales, el barrio Minuto de Dios inauguró el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), era un hecho inédito: el primer museo de su tipo levantado no en las avenidas señoriales del centro de Bogotá, sino en plena periferia trabajadora.
El edificio mismo rompió todos los moldes: una estructura helicoidal de ladrillo a la vista, diseñada en espiral con rampas ascendentes y un domo central que los vecinos, con orgullo y picardía, bautizaron como “el pequeño Guggenheim“, un museo de arte contemporáneo diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry y localizado en Bilbao, España.
Allí no se exhibían copias ni reproducciones de segunda categoría, el padre convocó a los jóvenes artistas plásticos de la época (muchos de ellos apenas empezaban a abrirse camino y hoy son hitos indiscutibles del arte latinoamericano) para que donaran obras a la comunidad, artistas como Fernando Botero y sus volúmenes inconfundibles; Eduardo Ramírez Villamizar, y sus geometrías abstractas; Enrique Grau, Alejandro Obregón y Nadín Ospina, presentaron sus obras en el primer museo de barrio de Colombia.

Las familias que pasaban por las mañanas camino al trabajo o al colegio se cruzaban en las plazas del barrio con esculturas monumentales en el hoy llamado corredor escultórico, y más tarde, los propios jóvenes del barrio montaban adaptaciones de tragedias griegas en su idioma original o dramatizaban el Viacrucis del hombre moderno, escrito por el propio García Herreros, el arte se convirtió así en un dique contra la violencia, un cauce para canalizar tensiones y un poderoso catalizador de convivencia ciudadana.
La democratización de la cultura: de Bogotá a Pasto
Seis décadas después de aquellas primeras piedras bogotanas, la apertura del Centro Cultural y Museo Arqueológico en Pasto demuestra que aquel impulso no ha perdido vigencia ni vigor. En Nariño, donde el arte popular no es una pieza de museo muerta, sino una fuerza viva que late en sus talleres de barniz, en sus carnavales y en la memoria oral de sus comunidades, el nuevo espacio plantea un diálogo directo entre el pasado ancestral y el presente. Las 400 piezas de la colección Orbes Moreno no están allí para que un público distante las contemple con frialdad; estarán rodeadas de música, danza, literatura y talleres diseñados para que los escolares y vecinos redescubran sus propias raíces.
Democratizar la cultura no consiste en llevar migajas de entretenimiento a las periferias, sino en poner las más altas cumbres de la memoria, el patrimonio y la creación estética al alcance de todos.
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