Colombia sigue siendo un país donde millones de personas batallan por acceder a una conexión estable de internet o a un empleo formal, y mientras eso pasa, la revolución de la inteligencia artificial avanza a paso firme, pero al ritmo que marcan las tarjetas de crédito y las suscripciones prémium de las grandes tecnológicas globales.
¿Qué ocurre cuando la herramienta llamada a transformar el trabajo o la educación queda reservada a quienes pueden pagar por ella?
Para el sacerdote eudista Harold Castilla Devoz, CJM, rector general de UNIMINUTO y presidente de la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN), la respuesta define el mayor dilema de nuestro tiempo: o la tecnología se convierte en un acelerador de la desigualdad o la sociedad aprende a “absorberla” para el bien común.
“Esto no es un trabajo de ‘cusumbo solo'”, afirma el sacerdote en medio de la V Jornada de Inteligencia Artificial de El Minuto de Dios, apelando al modismo popular colombiano que describe a quien actúa de forma solitaria y aislada. “La absorción social significa que la inteligencia artificial no puede ser para unos pocos: para los que tengan la tarjeta de crédito para pagar el uso de una IA con la que se sientan bien”.
Para el académico, este proceso va mucho más allá de comprar licencias o instalar computadores, exige que la tecnología se integre de forma transversal en la vida cotidiana de las comunidades, en las pequeñas economías populares y en las instituciones educativas.
Citando el caso de India (un país que ha estructurado su política digital sobre la base de la inclusión masiva), Castilla insiste en que América Latina necesita con urgencia marcos éticos, regulatorios y pedagógicos impulsados desde el Estado. “La justicia social de la que tanto hablamos pasa hoy por una justicia tecnológica, ética y educativa (…) Si no sentamos las bases en la cultura, democratizarla será una ilusión”, argumenta.
El humanismo en el centro: una decisión ontológica
Democratizar el acceso, sin embargo, es solo el primer paso, el debate de fondo apunta al propósito: ¿para qué queremos que la sociedad absorba esta tecnología?
En el marco de la 5.ª Jornada de Inteligencia Artificial celebrada en Bogotá, Castilla retomó la premisa sobre la que se fundó la obra social del Minuto de Dios a mediados del siglo XX: “Que nadie se quede sin servir”. Para el rector, este postulado no es una frase devota, sino una definición ontológica que sitúa a la persona humana y su dignidad en el centro indiscutible de cualquier desarrollo técnico.
Frente a la corriente tecnocrática que mide el éxito únicamente en niveles de automatización o eficiencia algorítmica, Castilla plantea una inversión de la pregunta clásica: “ya no se trata de qué puede hacer la máquina por nosotros, sino de qué está haciendo la máquina con nosotros”.
A través del modelo praxeológico (el enfoque pedagógico que articula la teoría con la práctica y la reflexión crítica sobre la experiencia), la universidad promueve el uso de la IA como un amplificador del compromiso social. “Si la transformación digital me permite ser mucho más eficaz para servir, para amar y para ser empático, bienvenida sea (…) La máquina debe ayudarnos a precisar soluciones para las necesidades reales de la sociedad, no a desentendernos de ellas”, recalca el sacerdote.

La paradoja del creador: ¿ingenieros de la técnica o guardianes del código sagrado?
Al llevar la discusión al terreno del humanismo más profundo, la conversación roza inevitablemente el misterio filosófico y teológico, y durante la conversación con este medio, se planteó un interrogante que desvela a científicos y pensadores de la era contemporánea: al diseñar inteligencias capaces de razonar, aprender e imitar el pensamiento, ¿están los seres humanos viviendo la “paradoja del creador”? ¿Intentamos perfeccionar nuestro propio “código fuente” o pretendemos “enmendar” la obra del Creador supremo?
Castilla, quien combina su formación sacerdotal y teológica con el liderazgo de una comunidad de más de 100 mil estudiantes y 5 mil colaboradores en Colombia, responde con serenidad y una advertencia contra la soberbia técnica: “La tentación que tiene hoy este mundo tecnológico, cuando se habla de ‘nuevos humanismos’ o de la famosa singularidad, es pretender que podemos engrandecernos hasta creernos infinitos. Y no lo somos”.
Es allí donde el matiz de la fe se convierte en una brújula ética indispensable, la fascinación por la “singularidad” (la promesa de que la inteligencia artificial superará la capacidad humana hasta alcanzar una suerte de inmortalidad digital) suele alimentar la ilusión de la autosuficiencia absoluta. Frente a ello, Castilla recuerda que el “código fuente” fundamental del ser humano no reside en circuitos de silicio ni en árboles de decisión probabilísticos, sino en su vocación relacional, su sentido de justicia y su trascendencia.
“Ese código fuente que es el ser humano no puede perderse en medio de esta conmoción tecnológica”, reflexiona el rector, para él, el ser humano no compite con el Ingeniero Universal: su creatividad científica es un don delegado, una vocación de custodia que debe orientarse al florecimiento civilizatorio y a la consolidación de la democracia, sin extraviar la humildad ni la conciencia de la propia finitud.
La verdadera prueba de la inteligencia artificial en la educación, concluye Castilla, no consistirá en batir récords de velocidad de procesamiento, sino en demostrar que la técnica puede subordinarse al servicio de los más vulnerables, porque mientras una máquina procesa datos, únicamente la conciencia humana puede reconocer la dignidad de un semejante.








