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El Bogotazo de Luis

Pensó que tal vez se trataba de un incendio o de un robo, pero su curiosidad era tanta que decidió entrar a cada almacén que veía para preguntar qué era lo que ocurría. Como si se tratase de un rayo furioso que pretendía abatir a la ciudad, se percató de que la gente empezaba a pelearse: rompían vidrios, dañaban y quemaban establecimientos, iglesias, oficinas, tranvías y cualquier cosa que se les atravesara en el camino. “¡Váyase a la casa niño!”, o “¡corra chino!”, eran algunos de los comentarios que Luis recibía entre los violentos ruidos que provenían de la muchedumbre enfurecida.

Juan Diego Fuentes Olaya.

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Era 1948 y un tal Gaitán era la sensación de aquella Bogotá de antaño. Mi bisabuelo Luis, que tenía tan solo 13 años, veía que en todos lados la gente se maravillaba con ese hombre, pero dentro de su cabeza no hallaba razón para tal fascinación. Recorriendo las calles de la capital, ese niño había entendido que fuera quien fuera el tal Gaitán, mediante la fuerza de su discurso les brindaba esperanza a las personas. Luis atravesaba una temprana adolescencia donde los temas políticos no eran de su interés: él simplemente era feliz jugando futbol con sus amigos después de clases.


Durante los primeros días de abril de ese año, su familia recibió la noticia de que el tío Miguel, que por cierto era muy allegado a Luis, estaba enfermo y se encontraba en el Hospital Central de Bogotá, lugar donde irónicamente Jorge Eliécer Gaitán fallecería pese a la pronta asistencia médica. Ese 9 de abril Luis permaneció un par de horas hablando con su querido tío, quien recuerda haberle dicho: “Gaitán es el tipo de hombre que este país necesita, ojalá que siga haciendo bien su trabajo para que cuando usted sea grande y se empiece hacer viejo, pueda tener una vida digna”. El tío Miguel pronunció su sentencia mientras miraba fijamente a mi bisabuelo Luis, que se preocupaba mucho por él, tanto así que lo cuidaba como si se tratase de su propio hijo.
“No se preocupe tío, usted sabe que siempre hemos gozado de buena vida, además recuerde que a mi papá no le gusta que yo dependa de un señor que ni siquiera conozco”, le contestó Luis. “Su papá puede pensar lo que quiera, pero él sabe que yo tengo mis convicciones claras”, respondió el tío Miguel.

Fotografía de: Archivo de Bogotá


Mi bisabuelo recuerda con cierta gracia que su padre y el tío Miguel solían tener discusiones políticas, pues su papá no quería que su hijo se involucrara en ningún fanatismo por la política; él siempre pensó que la mejor forma para que un pueblo fuera exitoso era bajo la sujeción de las leyes de Dios y no de los hombres, pensamiento que sería inculcado en las convicciones de mi bisabuelo Luis. Las nubes empezaban a agruparse cada vez más y unas finas gotas empezaban a golpear el cristal de la ventana del cuarto del hospital. “Chino, mejor váyase de una vez para la casa antes de que el agua me lo vaya a resfriar”, le dijo el tío Miguel a mi bisabuelo Luis.

Obedientemente se despidió y salió del hospital. Tenía unos 5 o 6 centavos para el bus de regreso, no obstante, la estadía en el hospital junto con la extensa charla que había sostenido con su tío, más los olores a comida fresca en los almacenes aledaños al hospital central de Bogotá, influyeron en su cuerpo y mente para que decidiera gastar los centavos que tenía destinados para volver a casa, con el fin de invertirlos en unas dulces y grandes paletas de color amarillo, que, en sus palabras, era uno de los momentos más nobles y placenteros de su hasta entonces corta vida. Incluso dice que su estado anímico se transformaba para convertirse en una persona más afable.

A causa de su decisión se vio obligado a devolverse a pie, bajo las nubes grises y la fría brisa que advertían que una lluvia estaba próxima a caer sobre la ciudad. Se sentó a comerse la paleta, y luego empezó a caminar de regreso a casa. Bastaron un par de cuadras para que el ambiente se saliera de control: empezó a notar que las personas gritaban y corrían de un lugar a otro, mientras que muchos otros se preguntaban: ¿qué está pasando?
Con el caos desatado, Luis logró escabullirse entre la gente, pues su curiosidad se vio drásticamente absuelta por el temor de perder su vida. La adrenalina en su interior era tanta, que al acelerar sus pasos se metió por otras calles que no conocía y terminó perdido en medio de ese fatídico ambiente. El panorama era dantesco, veía cómo la ciudad a su alrededor se desvanecía en cuestión de minutos, había fuego, gritos, tiros y golpes por todo lado; era el escenario apocalíptico más realista que vivió jamás.


Durante su travesía para encontrar el camino a casa, al fondo de una calle vio cómo la muchedumbre arrastraba lo que parecía ser un cuerpo ensangrentado y brutalmente golpeado. ¿Qué habrá hecho ese hombre para terminar así?, se preguntó Luis mientras caminaba de prisa. Aquel infortunado era Juan Roa Sierra, el hombre que según los registros históricos acabó con la vida de Gaitán.

Fotografía de: Soacha Ilustrada


Sin pensarlo dos veces siguió su camino, cada vez más alejado de aquel distópico ambiente que envolvía a la ciudad. Después de una exhaustiva caminata, llegó a su tan ansiado hogar, donde sin siquiera cruzar la puerta su familia le preguntó: “Mijo, ¿dónde estaba? teníamos el corazón a mil, pensamos que algo malo le había pasado”. ¿Está bien?, ¡vea cómo tiene el zapato lleno de sangre!


No se había dado cuenta de que uno de sus zapatos tenía sangre salpicada, pero no era sangre suya, ni tampoco sabía de quién era. Luis respondió: “Estaba visitando al tío Miguel en la clínica”. Pero ¿qué fue lo que pasó? “¡La gente se enloqueció y están quemando todo!”, respondió el niño.
“¡Mataron a Gaitán!”, respondió el papá de Luis.


Lo primero que se le cruzó por la cabeza a Luis fue la imagen de su tío Miguel. Le tenía tanta fe y expectativa a Gaitán, que sabía que no sería una noticia agradable para él. Con el paso de las horas, a través de la radio, se supo que el caos prevaleció un buen tiempo: los disturbios no cesaban y el futuro era desesperanzador, y el miedo de Luis aumentó cuando escuchó que el hospital donde su tío estaba era el mismo donde se había confirmado el fallecimiento de Gaitán, y muchas personas malheridas a consecuencia de los disturbios empezaron a llegar solicitando ayuda médica: niños, mujeres embarazadas, ancianos se encontraban a un hilo de la muerte, y el personal médico no era suficiente para atenderlos a todos, pero lo que más le importaba era su tío, pues en su cabeza tenía razones suficientes para pensar que algo malo le podría haber sucedido.
Días después, con la situación ya controlada, la familia fue a visitar al Tío Miguel, que para fortuna de todos se encontraba ileso. No obstante, su estado emocional estaba decaído. Lamentó profundamente la muerte de Gaitán, le tenía gran estima pese a nunca haberlo conocido, pero su lamento mayor era el doloroso futuro que le esperaba al país.


Al sol de hoy Luis recuerda la mirada de ojos marrones de su tío que vislumbraban la profundidad de aquel vacío que le dejó Gaitán, una mirada que reflejaba el sentimiento de miles de bogotanos que tuvieron que afrontar una gran desilusión política, que desgraciadamente se convirtió en una violencia que marcó una época hasta convertirse en la pionera de una sociedad herida, que trajo sangre, dolor y pena. Aquella violencia se apoderó de lo que Luis percibía como una pacífica Bogotá, pues la ciudad sufrió una brusca transformación en contraste con lo que alguna vez fue. Luis se sentía como un extranjero, pues los vidrios rotos en el suelo, los tranvías incinerados y ver a la turba enfurecida, decepcionada y desatada en su máximo esplendor de ira, deformaron el que alguna vez fuera el clásico modelo de ciudad que conoció de la capital.


Su desconfianza y temor por los demás aumentó: recorría las calles de la ciudad observando a las personas que se veían corrientes, cuando muchas de ellas en su interior sabían que se habían comportado como animales salvajes. Pudo entender que el raciocinio humano muchas veces es obstaculizado por los sentimientos cuando están a flor de piel, falencia que parece estuvo y que continúa presente en la historia de la sociedad capitalina

| Nota del editor *

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