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El milagro de la guerra

Por: Kevin Mateo Bonilla Rodríguez

El conflicto armado en Colombia entre guerrillas y Ejército Nacional ha dejado grandes heridas, no solo en los pueblos o ciudades, sino que también ha marcado de una manera agresiva a las personas que lo han sufrido y vivido.

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Una de estas personas fue Mirta Rodríguez. Todo comenzó el 20 de marzo de 2000 a las 6:00 pm en Alpujarra, Tolima, hora cuando la guerrilla se tomó el pueblo con más de 500 guerrilleros, en tanto que el cuartel de la Policía contaba con 17 policías. Mirta recuerda lo que dijo mientras los guerrilleros se bajaban de los camiones: “Dios mío, esta noche no vamos a durar”. Con ayuda de su padre y de su hermano menor cerraron las puertas de la casa en la que vivían y empezaron a buscar refugio para que las balas no los alcanzaran.

Por esos días Mirta estaba en las últimas semanas de su embarazo. Recuerda que los nervios se apoderaron de los tres. Entonces tomó una veladora, la prendió y empezó a orar durante la noche bajo el fragor de los cilindros bomba, de las detonaciones de los fusiles y de los gritos en la calle. A las 7:00 de la noche del día siguiente el avión fantasma del ejército llegó y empezó a lanzar bengalas para después disparar una nube de balas sobre los guerrilleros. A eso de las 2:30 am del 21 de marzo, golpearon la puerta de la casa de Mirta, eran guerrilleros gritando que los dejaran entrar, pero ella se rehusaba a abrir por miedo a que los fueran a matar.

Pensaba que si abría la puerta y los guerrilleros los asesinaban, ella quería ser la primera en morir, pues, según sus mismas palabras, “no soportaría ver morir a mi padre o a mi hermano”. Los guerrilleros siguieron golpeando durante varios minutos hasta que por fin desistieron. El Ejército Nacional llegó alrededor de las 3:00 de la madrugada del 21, instante a partir del cual el enfrentamiento tuvo un cambio más brutal y sanguinario: las explosiones, las balas y los lamentos se intensificaron.

Por efectos del miedo, Mirta, su padre y su hermano llegaron a un punto en que orinaban o sudaban de manera descontrolada. Mirta sentía que el niño que llevaba adentro también quería salir corriendo. El enfrentamiento, que por instantes se detenía pero que luego se reanudaba con nuevos bríos, duró todo el día y se prolongó hasta caer la noche.

Mirta, su padre y su hermano tuvieron que empezar a poner mesas, colchones o cualquier enser contra las paredes que daban a la calle para protegerse de las balas que de vez en cuando impactaban sobre la casa. Para el padre y su hermano fue muy difícil soportar el hambre, puesto que casi toda la comida se la daban a Mirta para que resistiera con fortaleza en virtud del embarazo.

Las horas transcurrían y el miedo empezaba a convertirse en una especie de amigo cruel, tanto que las balas, las explosiones y los gritos de lamentos no les causaban tanto pavor como al comienzo. La noche cayó y al despuntar el nuevo día los enfrentamientos seguían, aunque ya no eran tan fuertes. Los guerrilleros tenían un buen número de bajas y el ejército lograba acercarse un poco más: el fragor del combate se había atenuado. A pesar de que los guerrilleros sabían que estaban perdiendo se rehusaban a dejar el pueblo.

Al llegar la tarde Mirta empezó a tener contracciones, pero al comienzo de la noche no pudo aguantar más. En un acto de valentía su padre salió corriendo hasta llegar al hospital que se encontraba a una cuadra; como lo conocían, de una vez le prestaron atención y lo ayudaron para ir por Mirta que milagrosamente logró subirse a la ambulancia en su compañía.

Mirta tuvo que ser remitida en medio del combate a la ciudad de Ibagué. Sus únicas palabras antes de salir de Alpujarra fueron: “Dios, protégenos, estoy en tus manos”.  La ambulancia pudo salir del pueblo sin contratiempos, pero al llegar a la ciudad se encontraba en un delicado estado de salud: durante el viaje había roto fuente y casi todo el líquido amniótico se había derramado. Su padre, su único acompañante, tuvo que firmar un documento antes de que ella entrara a la sala de parto que decía lo siguiente: “puede que viva el niño y muera la madre, o puede que viva la madre y muera el niño”.

Sobrecogido por el miedo tomó la decisión de firmar el documento en el cual asumía toda la responsabilidad, aunque en el fondo tenía la certeza de que todo saldría bien. El parto se prolongó un par de horas. Para alegría de Mirta y su papá el niño nació sin ninguna enfermedad. Su hora y fecha de nacimiento fue el 23 de marzo a las 7:30 de la mañana. Cuando Mirta llamó a su hermano para saber cómo estaba, él le informó que el enfrentamiento había terminado exactamente a las 6:30 de la tarde del mismo día. Su hermano le decía llorando que por fin un nuevo día había comenzado.

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