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[Opinión] En el país del Sagrado Corazón la violencia parece no cesar

La historia de Colombia ha estado marcada siempre por una huella de violencia, que hasta el día de hoy sigue dejando lamentos y llanto.

Por: María Camila Rodríguez

Desde que América Latina fue colonizada por españoles, (momento determinante en la historia), la violencia tomaría un papel relevante en lo que sería la construcción socio cultural de una nación. No bastó con los saqueos de oro y las violaciones de derechos a los pueblos originarios amerindios, pues algo mucho más profundo se habría constituido a partir de ese momento.

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Uno de los ejemplos más claros de ello, alude a un hito que se dio en la misma época, cuando soldados españoles quisieron imponer al pueblo de los guerreros Quimbaya el cristianismo, sin embargo, estos, al haber crecido en una cultura en el que se veneraban guerreros, no comprendían por qué debían arrodillarse ante un Dios que había sido derrotado, crucificado. Fue tan complejo de asimilar que muchos de ellos se suicidaron, perdieron completamente el sentido, pues lo que pretendían imponerles no era acorde con lo que creían y practicaban.

El ejemplo de los Quimbaya, es sólo una de las tantas formas de cómo se habría llegado al etnocidio de un pueblo, y la relación que tiene con las masacres y horrores que hoy, aún después de seis siglos, se siguen presentando. Es que la violencia como primera concepción y todo lo que de ella deviene, sigue vigente, no es algo nuevo en la historia, pues es un compendio de prácticas que han sido aprehendidas por la cultura.

Unos siglos más adelante, cuando esta nación se habría “independizado”, la disputa por el territorio se tornó como la nueva justificación para la guerra, el panorama daba cuenta de un Estado en el que predominaban los latifundios y existía una carencia de una reforma agraria, la falta de oportunidades en los territorios dio como resultado la justicia por mano propia que varios campesinos pretendían tomar, surgieron las guerrillas y más adelante los paramilitares, o quienes hacían el trabajo sucio con el aval del Estado.

La historia, por supuesto es mucho más extensa y detallada, más aún, las repercusiones siempre han conllevado al dolor constante, al miedo, la desesperanza, la ausencia de toda oportunidad y futuro digno. Las cifras en las que hoy se han convertido las víctimas de esta guerra lo dicen todo, durante cinco décadas de violencia incesante Colombia tuvo más de 260 mil muertos, decenas de miles de desaparecidos, casi siete millones de desplazados, violaciones, secuestros e incontables tragedias que marcaron la historia de esta nación.

Y hoy aún, cuando las lágrimas de las madres que han perdido a sus hijos han inundado cada rincón de este pedazo de tierra latinoamericana, cuando la sangre ha manchado los territorios y campos, cuando los derechos se han visto vulnerados, y los crímenes de lesa humanidad siguen siendo la notica número uno en los medios de comunicación, el horror de la guerra sigue estando presente.

En menos de una semana, el país se estremeció con las masacres: 9 jóvenes habrían sido asesinados en Samaniego, Nariño, 5 más en Cali, otros 2 entre Cauca y Nariño, 1 joven fue mutilado por su orientación sexual y 2 indígenas fueron asesinados en Corinto, Cauca. Y si bien, no existe razón alguna para justificar estos crímenes de lesa humanidad, de semejante magnitud, la violencia en la que está sumida Colombia, parece un círculo vicioso del cual no se puede salir.

Eso sin contar el abandono estatal que legitima estos actos, que no hace frente ni tiene respuesta para poder encaminar la paz. Un contexto en el que los poderosos siguen sentados desde su posición de privilegio lanzando críticas indolentes frente a las masacres, siguen legitimando y justificando, siguen sin hacer nada más que alimentar sus corazones con discursos de odio que perpetúan la guerra de la que se benefician.

En donde los medios de comunicación justifican los actos de barbarie que son cometidos en contra de sus connacionales, de su mismo pueblo, donde la palabra ha sido comprada y la posición de poder no deja de ser la que predomina. Donde, además, quienes se suponen deberían cuidar de los ciudadanos, son los protagonistas de actos violentos, del horror de la guerra, son quienes perpetúan estas prácticas, pues están al servicio de los poderosos.

Esta nación ya está cansada de que, con cada noticia, se estruje el alma, se muevan todas las fibras y se sienta vacío, miedo y desesperanza. Colombia pide a gritos el cambio, pide a gritos que todos estos siglos de violencia que han sido heredados paren, que las madres no sigan sufriendo, que los pueblos no se sigan inundando de sangre y que el Estado sea garante de condiciones de vida digna para todos y todas, que la justicia se haga, y que la violencia no siga tocando a la puerta para cegar la vida.

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