Foto: Edgar Garrido, Reuters

Por Julian León

Recientemente el presidente de México Andrés Manuel López Obrador, más conocido como AMLO, levantó el pesado polvo del debate sobre la llegada de los europeos a América y lo que ello significó al pedirle formalmente por escrito al rey de España, Felipe VI, y al papa Francisco que se disculparan con el pueblo mexicano por los “agravios cometidos durante la época colonial”. Con ello, AMLO pone de nuevo el dedo en una llaga agangrenada sobre la que poco o nada puede hacerse más que tomar resignación.

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Sin lugar a dudas la llegada de los colonos europeos a territorio americano se trató más de una invasión masiva que un descubrimiento auspiciado por alguna ‘poderosa divinidad’. Esta invasión significó un choque cultural en el que, como era de esperarse, los que ostentaban la mejor tecnología y la experiencia de la guerra terminaron por supeditar a sus servicios a los que con ‘arcaicas’ costumbres vivían la realidad de América. Algunos historiadores calculan el genocidio americano en unos 60 millones de pérdidas de vida aborigen a causa de la ocupación española; otros no se atreven a dar cifras, pero sí un porcentaje relativo al 95% de vidas sacrificadas. Por ende, el tratamiento del tema debe ir más allá de uno de carácter lastimero y populista, como pretende AMLO, a uno que abarque una visión interna y nacional, resaltando la dignidad y la participación política de los indígenas actuales.

Exigir una disculpa frente a un tema tan controversial vuelve a situar en el plano de la victimización a los pueblos indígenas quienes suficiente han luchado a lo largo de siglos pasados por tomar papel político en la consolidación de los recientes Estado-Nación latinoamericanos. Su lucha no debe ser finalmente legitimada por la disculpa ‘entre dientes’ de alguna potencia extranjera que en el pasado victimizó, sino por el contrario, son los gobiernos actuales los que deben situar la cosmovisión indígena como un tema de orgullo e identidad nacional. Existe un pasaje interesante en el libro de M.J Mijailov llamado “La Revolución Industrial” en el que, parafraseando, describe el carácter rebelde y digno de los aborígenes americanos: “pero resultó imposible convertir a los indios en esclavos. Éstos, amantes de la libertad, resistieron desesperadamente. Luchaban hasta morir el último hombre, pero no se rendían; no solo se suicidaban, sino que mataban también a sus familias, prefiriendo la muerte a la esclavitud oprobiosa”.

Este modo de actuar tan digno y merecedor de todo respeto, queda pateado por las espaldas cada vez que un líder latinoamericano se le ocurre una idea como la del mandatario mexicano, rompiendo de esta manera el frágil cristal que protege la dignidad alcanzada por los indígenas a lo largo de siglos de Invisibilización. Es retomar la dialéctica de los oprimidos y los opresores, gobernando al tiempo con la absurda estrategia del espejo retrovisor. En este caso, el de AMLO, tiene más de 5 siglos de antigüedad.

La modernidad de Descartes, como proyecto político, subyugó la memoria ancestral al punto de convertirla en un total elefante blanco. En vez de situar las críticas hacia lo externo y la culpabilidad de otros -que es innegable que la tienen- no solo AMLO si no muchos otros gobiernos deben mirar con atención la situación crítica de muchas comunidades indígenas latinoamericanas que como se ha dicho han resistido los embates del trastocar del tiempo.La región de América Latina continúa subyugada a tormentosos recuerdos de un pasado que aún a nuestros días provoca un sin sabor en la memoria colectiva. Es cuestión de estas naciones y sus gobernantes, convertir ese legado violento en un motor que impulse la vinculación de todos los actores que componen la identidad cultural, o, por el contrario, quedarse en el espectro de la victimización esperando disculpas que tal vez nunca llegarán.  En vez de convertir la invasión de América en una bandera política interesada y populista, se debe entender que somos hijos de la pluriculturalidad como huella indeleble de nuestra conciencia

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