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Jóvenes y conflicto: del dolor y el odio a la reconciliación

Historias como las de Elizabeth, Natalia y Juan Guillermo se repiten cada día, el dolor y el perdón libran una batalla constante en las lágrimas que ruedan por cada almohada.

Por: Gustavo Montes Arias

Elizabeth Franco tiene dieciocho años, vive en el municipio de Guadalupe en la subregión norte del departamento de Antioquia. La mayor parte de su vida la pasó en Pácora, pueblo del departamento de Caldas, enclavado en la Cordillera de Los Andes, donde entre pilatunas infantiles, risas y lágrimas, aprendió a sortear el dolor y la tristeza durante más de diecisiete años.

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Es una joven de ojos expresivos y carácter alegre, pocos imaginan la tristeza que la abraza cuando evoca el primero de diciembre del año 2001, día en el que su padre fue asesinado por paramilitares o ‘paracos’, como son comúnmente conocidos, por causas no esclarecidas.

Elizabeth tenía cuatro meses de nacida. Sus dos hermanos mayores, Diana y Jorge, tenían cinco y ocho años. Eran una familia feliz que vivía y trabajaba en el campo, en la finca Palocoposo. Una noche cualquiera el conflicto llegó para tocar la puerta y se llevó a su padre, Javier Franco, a vivir en los recuerdos.

Para la familia no fue fácil salir de la impresión por la muerte del “hombre de la casa”, como Elizabeth lo denomina. Luego que Javier fue sacado a la fuerza de su hogar, asesinado a tiros y dejado en el piso, la madre de Elizabeth salió corriendo con sus tres hijos en brazos, sorteó cafetales y cruzó quebradas corriendo sin descanso.

Para esta joven no fue fácil crecer sin su padre y pese a tener una madre de acero que tomó las riendas de la casa sin titubear: “todos crecimos y no tocamos ese tema tan difícil, todos sufrimos a nuestra manera (…) y creo que todos pensamos que lo hemos superado, pero no es así”.

Elizabeth ha llorado tanto a su padre, que ya no le quedan palabras para hablar de odios y perdones, aunque suene muy fuerte, asegura que “alguien que les hace daño a las personas humildes, merece que todo lo malo lo atrape y se quede con él”.

Elizabeth cierra el baúl de sus sentimientos y expresa que “tal vez algún día logre creer en una Colombia en paz”.

Natalia*, la “niña de sus ojos”

A poco más de dos horas de distancia de Guadalupe, vive Natalia*, a quien por seguridad le cambiamos su nombre real. Es una joven de veintidós años que ha sorteado los avatares de la violencia en la comuna 13 de Medellín. Desde niña convivió con las batidas militares, las balas perdidas, el dinero de dudosa procedencia, los tiempos de escasez y los dolores que le causa la ausencia de un padre que partió de este mundo por intentar tomarle ventaja a una ciudad devoradora.

Natalia es estudiante de Planeación y desarrollo social, labor que alterna con su trabajo como auxiliar de ruta en una empresa de transportes de Medellín. Vive en el municipio de Bello, porque muchas veces ha salido de su comuna huyendo del macabro silbido de las balas y los lamentos de dolientes en el horizonte.

Es hija de un hombre que se quedó en los recodos de la historia como muchos otros que han caminado por las empinadas calles de los barrios más complejos de Medellín. Su nombre era Luis Miguel, también cambiado por seguridad, el personaje principal de una historia real de amor paternal, violencia y traición que terminó en los portarretratos de la casa paterna.

Con la operación Orión, la vida rutinaria de historias junto al fogón de tres piedras cambió totalmente. El padre de Natalia hacía parte de un grupo criminal de la comuna 13, San Javier, había sido el causante de la desaparición y desplazamiento de muchas personas, aunque su hija, en la inocencia infantil de los cuatro años, no tenía idea alguna sobre el ritual de quitarse el revolver antes de cargarla o abrazarla.

En el año 2002 Medellín hervía cual caldera al son de los disparos y los muertos que la ciudad se tragaba. Natalia y su familia tuvieron que salir de la casa, dejar “papeles importantes, las argollas de matrimonio de mis abuelos y los recuerdos”, para llegar al municipio de Bello, escondiéndose de la guerra que los buscaba por la implicación de su padre y su tío en las bandas de la comuna.

Las noches se hicieron pesadas en un nuevo mundo que para Natalia era totalmente extraño, las angustias se convirtieron en el pan de cada día. Su abuelo manejaba un bus y las bandas le cobraban ‘vacunas’, “trabajaba todo el día y llegaba a la casa con diez mil pesos para una familia bastante grande (…), eran tiempos muy duros, muchas veces veía que solo comíamos los más pequeños, mientras que mi mamá y mis abuelos solo tomaban ‘aguapanela’ y con eso pasaban”. 

Pasó el tiempo y los muertos de la operación Orión, que nadie ha podido contabilizar con certeza, seguían extendiendo sus tentáculos entre sueños y pesadillas, hasta llevarlos de nuevo a la comuna 13.

De regreso a casa, Natalia empezó a comprender el oficio de su padre, se enteró de la reorganización del combo que lideraba, uno que estaba en el medio de otras dos organizaciones alzadas en armas y sufrió el golpe que cataloga como “el más difícil” de su vida, la muerte de Luis Miguel, cuando por una traición de sus hombres fue incitado a irse a vivir a la parte alta de la comuna, donde arrendó una casa para él, su nueva pareja y un bebé de cuatro meses que venía en camino.

Hasta allí llegaron con artimañas y mentiras quienes balearon y apuñalaron a los tres habitantes de la casa para quedarse con dinero, motos y otras cosas banales. Pero lo que más le duele a Natalia es saber quiénes eran las dos personas capturadas por los homicidios, recordar que “mi papá les daba plata para que alimentaran a sus esposas embarazadas y entregaba regalos a sus hijos”, relata.

Las convicciones de Natalia muestran la fuerza con la que ha cargado penas y remembranzas durante tantos años, es una convencida de que “no se puede desconocer la presencia de la violencia en la comuna, en el barrio, en la ciudad, ni siquiera en el país, eso sería desconocer el contexto, pero Medellín ha ido cambiando su vocación (…), tiene nuevos retos que deben ser asumidos por sus dirigentes y sus ciudadanos”.

Un joven que enseña a desenterrar el peligro

Juan Guillermo Mancera tiene diecinueve años, vive en la ciudad de Manizales, catalogada como la más feliz del país, y su historia es paralela a la de Elizabeth y Natalia. Es más que un estudiante de Derecho. Ha tenido la oportunidad de recorrer todo el Eje Cafetero desde el año 2014, mientras trabajaba con una organización humanitaria. Desde el año 2016 ha estado de la mano de comunidades afectadas por el conflicto armado en el oriente del departamento de Caldas y se ha formado en Educación en el Riesgo de Minas, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

Su misión no es fácil, con sudor y cansancio ha llegado a escuelas rurales de veredas y corregimientos “que sufrieron la dinámica de la guerra, zonas de víctimas de tomas guerrilleras, con presencia de fosas comunes y lugares de sospecha de presencia de minas antipersonal”, como él lo describe. En sus manos está la labor de “reducir los accidentes por la presencia de minas, municiones sin explosionar y trampas explosivas y hacer la promoción de comportamientos seguros para reducir la vulnerabilidad de las comunidades”.

Juan Guillermo sabe que es víctima indirecta del conflicto por el mero hecho de trabajar con poblaciones desangradas durante la guerra, pero reconoce lo positivo de la labor desempeñada y eso le impide catalogarse como víctima directa. De lo más difícil ha sido “estar en contacto con comunidades como Arboleda, Pensilvania, Quiebra Roque y Norcasia -en el departamento de Caldas-, donde las personas hablan sobre conflicto y acerca de lo que vivieron de una forma tan natural que se ha perdido la sensibilidad al respecto”.

No son de dudar las dificultades de trabajar en temas de desminado humanitario y este joven lo reconoce, asegura que “hay que recordar que Colombia está viviendo un recrudecimiento del conflicto en muchas zonas del país como consecuencia de lo sucedido con el Acuerdo de Paz y su incorrecta implementación, además del fortalecimiento de los grupos armados que han generado una gran amenaza para muchos colombianos”, esto es fundamental para su misión de llegar a lugares donde sabe que el peligro necesita ser abatido por comunidades educadas.

La historia de Juan Guillermo puede parecer de la vida común, pero no lo es, a su corta edad ha adquirido una experiencia muy importante y provechosa para la gestión de cambios sociales positivos en este país donde las dinámicas de la guerra deberían doler hasta los tuétanos.

Su posición es certera, con la mirada de joven analiza y esboza “que no debemos medir en proporciones la guerra, ha sido igual de dolorosa y no vale más o menos un muerto del cartel de Medellín que uno de las FARC”. Por ahora se prepara para continuar educando y salvando vidas de estos cuerpos mortales que enterró la violencia para la posteridad.

La esperanza del conflicto

Historias como las de Elizabeth, Natalia y Juan Guillermo se repiten cada día, el dolor y el perdón libran una batalla constante en las lágrimas que ruedan por cada almohada, en los cuchicheos de las familias que alguna vez vivieron los horrores de la guerra en el campo o en las ciudades, en los jóvenes reclutados, en los que son hijos del secuestro, en los muchachos criados entre recuerdos y tristezas, en los que se levantan con fortaleza para construir una paz que no esté falseada ni llena de oportunismos políticos, sociales ni ideológicos.

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