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La abuelita de Fosca

Se casó a los 16 años y a los 18, al ver que una de sus cuñadas se moría en el proceso de parto, decidió ayudarla, y a partir de ahí se dedicó a eso.

Por Sonia Esmeralda Quevedo Riveros

Recuerdo estar en su casa, mi mamá me llevaba cuando estaba enferma, ella me sobaba el
estómago, era una mujer amable; todos en el pueblo la querían, y el día de sus exequias no
cupo la gente en el templo, ahí supe que debía escribirle algo.
Eloísa Rey de Reyes. Aunque su nombre poco se pronunciaba, porque para casi medio pueblo
era la “madrina”, tanto que el día de las confirmaciones la fila de ahijados llegó a ser de más
de 20; para otros era la “comadre”, y los que no pertenecían a ninguno de estos dos grupos le
decían “abuelita”. En Fosca no importa a quien le pregunte por ella, todos le darán la misma
referencia: fue una mujer excelente, nunca se negó para un favor y ayudaba a todo el mundo
sin importar nada.
Mi mamá fue la hija mayor, así que era la responsable de cuidar a los hermanos. A los 7 años
ya cocinaba y les llevaba a los obreros. No tuvo la oportunidad de estar en la escuela ni un
solo día, aprendió a leer y a firmar cuando nosotros como hijos le enseñamos, a escribir no
aprendió. Sin embargo, tenía un don en sus manos, tantos partos que atendió y nunca dejó
morir a nadie.
Se casó a los 16 años y a los 18, al ver que una de sus cuñadas se moría en el proceso de
parto, decidió ayudarla, y a partir de ahí se dedicó a eso. “Yo la acompañé varias veces y le
preguntaba: ¿por qué escogió este trabajo tan feo? Es que era horrible, yo tendría 5 años, me
dejaban fuera de la casa, pero escuchaba a las mujeres gritar de dolor”. Recuerda Nelly, una
de sus hijas mayores.
Llegaban a buscarla a cualquier hora, pero eso no le importaba. Si era de día nos dejaba
haciendo el oficio, y eso si, en la casa se hacía lo que mi mamá dijera, porque le teníamos
miedo. Y si era en la madrugada igual se levantaba, se colocaba su ruana y se iba; a mí no me
gustaba que ella hiciera eso, en ese tiempo no había carreteras, eran solo caminos, entonces se
iba caminando y se alumbraba con velas.
“Recuerdo que a mí me tocaba salir a buscar las hojas de brevo y de laurel, e ir al pueblo a
comprar la inyección de Pitocin”, afirma Gabriel, su hijo mayor.
“Apenas llegaba ponía a cocinar esas hojas y nos daba esa agua amarga, hasta que naciera la
criatura. A mí me recibió los 5 primeros”, cuenta una de sus ahijadas, Loelia Barbosa.
Ella recibió niños que venían de pies, con el cordón umbilical enredado, y siempre sabía qué
hacer; después de que nacían les cortaba el cordón, los limpiaba, los bañaba, recogía todo el
desorden que quedaba, lo lavaba, prendía el fogón y le hacía un caldo de gallina a la mujer
para que recobrara fuerzas. Luego de todo eso se iba, pero a los 3 días volvía para saber cómo
estaban la mujer y el bebé.

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Durante muchos años ella salió a donde le dijeran, pero como sufría del corazón empezó a
enfermarse y tuvo que pedir que le llevaran las mujeres a la casa. Las recibía y no las dejaba
ir antes de una semana, durante la cual se encargaba de atenderlas: eso sí, nunca cobraba ni
un solo peso.
Y aunque no cobraba, nunca nos faltó comida, y había para todo el que llegara, porque todos
los que no tenían qué comer, llegaban a la casa, y si no llegaban, nos mandaba a que les
lleváramos.
El abuelo la regañaba, le decía: “no tenemos nada porque usted es muy bondadosa”. Es que el
objetivo de la vida de mi mamá fue servir, para ella era importante que todos tuvieran algo
que comer: nos mandaba hacer amasijos de unos 150.000 pesos y lo repartía en 3 días, no
podíamos decir nada, porque era malgeniada y nos reprendía diciendo: “No sean miserables”.
Así que nosotros sabíamos que cuando alguien llegaba nos tocaba prender el fogón, hacer
café o chocolate y fritar huevos. Nadie se iba de la casa sin darle de comer, y eso era tarea de
todo el día, porque llegaba gente a cada rato, le llevaban niños enfermos, mujeres
embarazadas para que les acomodara el bebé, otros llegaban a darle quejas y a que les diera
consejos, pero a todos los atendía con amor.
Fue muy caritativa: si veía mal vestido o abrigado a alguien, buscaba entre la ropa de uno de
nosotros, o de los nietos, y sin pensar se la daba; cuando le preguntábamos: Mamá ¿Dónde
está tal abrigo? Nos respondía: “No lo busque mija, se lo regalé a la señora que vino tal día”.
Con el dinero fue igual, lo regalaba sin dolor a quien llegara a quejarse, era como si no
tuviera valor, no pensaba en gastos, ni pérdidas. Preparaba un jarabe de hierbas para la tos, y
mandaba a Nelly que le comprara los envases, lo empacaba y lo regalaba; además cuando
formulaba otros medicamentos, le decía a la gente: “vaya a la droguería de Martha, pídalos,
luego yo los pago; así era que a cada rato pagábamos cuentas de 800.000 a un millón de
pesos.
Aunque al final la gente trataba de recompensarle con mercados, los domingos llegaban con
bultos de papa, mazorca o lo que tuvieran en cosecha, cada quien con lo que pudiera; otros le
llevaban huevos, otros envueltos o arepas.
Ya estando enferma atendió el último parto: fue en una madrugada cuando llegó una
muchachita de 16 años a punto de dar a luz. La llevaban tirada en la carrocería de un camión,
la entraron a la casa y sus acompañantes desaparecieron. Esta mujer estaba desmayada, pálida
y fría, pero mi mamá como pudo le recibió el bebé y logró que los dos se recuperaran. Es que
por enferma que se sintiera, atendía a todo el que llegara, a pesar de que nosotros nos
oponíamos.
Historias como esas tiene muchas; a ella no le quedaba grande nada, tal vez por eso cada que
se enfermaba un niño, preferían llevarlo a donde mi mamá antes que al Centro de Salud.
Una vez una ahijada le llegó con la hija enferma, en el hospital no le habían dado ningún
diagnóstico; recuerdo que ese angelito lloraba tanto, se le veía el desespero por los dolores.
Mi mamá la vio y nos mandó por ajo, paico y otras hierbitas que trituró y le puso en el

estómago, la sobó hasta que se durmió y pudo descansar: luego se levantó corriendo a pedir
comida, no podíamos creerlo.
“Mientras estuvo a su alcance cuidó, sanó, aconsejó y dio de comer a quien se le acercó; aún
20 minutos antes de morir ella me dijo: “Vaya mija a la cocina y prepare de comer para todos
los que vengan a acompañarnos”, recuerda Natalia Reyes, su hija menor.
Ella se nos fue en cuerpo, pero vive en el corazón de todo un pueblo.

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