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La clandestinidad y otros secretos de la selva

Por: Juliana Garay Arango

Las selvas colombianas encierran un misterio enorme y solo quien puede pasar un tiempo en ellas es capaz de entender los sistemas y las formas de vida que allí se desarrollan. Mitú, capital del departamento de Vaupés, tiene una historia poderosa de la que no muchos han sido testigos.

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En Julio de 1997 Carlos Arango y su cuñado Alfredo decidieron ir a vivir a Mitú gracias a propuestas laborales que recibieron ese mes. Para Carlos el viaje se trataba de construir caminos que comunicaran, entre la selva, los caseríos de Mitú y Monfort; se esperaba que la construcción tomara alrededor de un año. Alfredo, que se dedicaba a ayudar en la carga de aviones en el aeropuerto de Villavicencio, decidió aceptar una oferta para continuar esta labor, esta vez en un emprendimiento con cinco pilotos que se dedicarían a abastecer Mitú, Taraira y sus alrededores, pues las condiciones no eran óptimas y encontraron en esto una oportunidad.

Para ambos fue sorprendente llegar a Mitú y encontrarse con tantas cosas diferentes, no era para nada lo que se habían imaginado pues su gente y sus costumbres se salían del concepto de “civilización” que para entonces tenían. Era una zona que en su mayoría albergaba comunidades indígenas; Carlos pensaba que los vería siempre trabajando y en plena conexión con la naturaleza, pero para su sorpresa, la primera imagen que recuerda es cuando vio en el pueblo a todos los hombres de la comunidad tirados en el suelo “durmiendo la borrachera”.

Con el tiempo empezaron a volverse parte de la cotidianidad del pueblo, ambos trabajando y conociendo de a poco a las familias de los caseríos. Para Carlos, de las cosas más impresionantes fueron las costumbres de los indígenas del pueblo: “era sin duda un matriarcado, las mujeres manejaban todo alrededor y sin embargo no había mucho respeto hacia ellas”, cuenta; las niñas de la comunidad eran violadas casi que como un ritual tan pronto empezaban a crecer sus pechos. Para 1998 Carlos recuerda que se hizo la primera demanda formal por violación.

Paralelo a esto Alfredo, al que con el tiempo el gremio de pilotos comenzó a llamar Misteriopor su peculiar manera de hablar, pasaba mucho tiempo jugando cartas en el casino; allí conoció a quien todos llamaban Goyo, un hombre de 80 años que fue responsable de la construcción de pistas clandestinas para uso exclusivo del narcotráfico; de esto no se hablaba mucho, el pueblo lo trataba con particular cariño y era secreto a voces que lo estaban buscando, pero nadie hablaba más de la cuenta.

El negocio de las avionetas estaba yendo de maravilla, los pilotos habían dado con el punto débil de la comunidad y estaban logrando satisfacer las necesidades y enriquecer el comercio; los viajes más comunes eran de Mitú a Taraira, a las minas de oro donde realmente solo estaban los mineros, el casino y un prostíbulo que iba creciendo con el paso de los días. Sin embargo con el éxito de la empresa, el negocio llegó a oídos de algunas personas en Cali y al cabo de unos meses, la competencia empezó para los cinco pilotos; llegaron ofreciendo los mismos viajes por la mitad del precio y, aunque todos en el pueblo hablaban que seguramente estaban lavando dinero, terminaron por tomar ventaja de la nueva oportunidad.

Algunos pilotos y personas que manejaban el negocio desaparecieron y no se supo de ellos nada más, se dice que fue a manos de mafiosos y narcotraficantes; nadie se pronunciaba pues en ese lugar, en medio de la selva, era más fácil ir con la corriente.

Mitú no era solo el refugio de la mafia y el narcotráfico; Carlos, en el proceso de construir los caminos tuvo que confrontar un día al jefe del proyecto pues se había quedado con el dinero de las obras y llegaron a un punto muerto. Producto de esa confrontación, lo mandó a llamar un comandante de la guerrilla que se asentaba cerca a Monfort, y tras un día de camino a pié, se dio una discusión acalorada entre Carlos y Fernando, el comandante, que terminó en insultos pues él no entendía muy bien por qué la guerrilla estaba protegiendo los intereses del jefe del proyecto; Carlos se dio media vuelta y cada paso se le hizo eterno pues estaba seguro de que no tardaría en recibir un tiro, o tal vez un par, una vez se alejara de Fernando.

Logró salir vivo del campamento y llegar a salvo a la casa donde se hospedaba, sin embargo se sentó en la cama y no durmió en toda la noche esperando que, en algún momento, entraran a fusilarlo; para su sorpresa, salió el sol y nunca nadie atravesó la puerta de su habitación. Pasados unos días el comandante volvió a llamarlo al campamento y cuando llegó lo recibieron con una botella de whisky; bebieron toda la noche y Carlos fue testigo de las historias del grupo, le contaron que hacía más de un año que venían planeando la toma de Mitú y que todo el mundo en la comunidad (incluyendo a los policías y el ejército) estaba enterado de sus planes. Al salir el sol, Carlos regresó a sus labores en los caminos.

Unas semanas después de ese encuentro, finalmente Carlos y su equipo entregaron la obra; una serie de caminos en los que se encontrarían con un sin fin de secretos de la selva, desde la majestuosidad del león que presenció la primera caminata oficial del grupo, hasta las andanzas entre las sombras de los grupos armados que se tomarían Mitú el 1 de noviembre de 1998 y que, a pesar de los avisos, el gobierno y las fuerzas militares no pudieron evitar.

Carlos, Alfredo, los cinco pilotos y toda su empresa dejaron Mitú unas semanas antes de la toma que dejaría devastado el pueblo que los dejó sorprendidos para siempre; hasta el día de hoy Carlos no puede olvidar lo que vivió en ese pequeño lugar entre los tupidos árboles y los sonidos de la naturaleza, tampoco puede entender como nadie pudo evitar el dolor del pueblo que le enseñó tantas cosas y con el que no ha dejado de soñar.

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