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La encrucijada latinoamericana

Latinoamérica es el territorio global donde la complejidad del mismo entorno, así como de las sociedades que la componen, han sido el principal factor de choque que dificulta la resolución de varios conflictos, que en regiones de Asia, Europa y África ya fueron superados o subsanados en nombre del bienestar común de sus habitantes.

Por: Cristian Alexis Vega Canasteros

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Más recientemente, el fenómeno de la polarización política y la radicalización de distintos discursos, así como de varios sectores sociales, ha sido el caldo de cultivo perfecto para la actual crisis latinoamericana, atizada por fenómenos como corrupción, descontento ciudadano, escalamiento de la inseguridad motivada por la expansión de las organizaciones criminales, y ante todo la dificultad o total imposibilidad de propiciar movilidad social, que se atizaron con el fenómeno de la pandemia global causada por el Coronavirus. 

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La más contundente demostración de la fragilidad de América Latina en estos tiempos convulsos, se registró en los dos países donde se presentaron procesos electorales; siendo el caso más desalentador el ocurrido en la primera vuelta presidencial en el Perú, donde no fue la amplia mayoría de sus ciudadanos la que eligió, ya que prefirieron no acercarse a las urnas ante el temor del alza de los contagios de coronavirus en la nación. Fue un número reducido de votantes el que puso a esta nación, considerada como emergente en el contexto mundial, en una seria amenaza general de inestabilidad y retroceso ante las propuestas de los candidatos que se verán de nuevo las caras en la segunda vuelta en junio.

Por un lado, estaba el académico y sindicalista Pedro Castillo, que contó con el apoyo de las provincias más alejadas del país; y cuyo plan de gobierno gira hacia la estatización total de la economía, la eliminación de la iniciativa privada, la expropiación de los medios de comunicación y la creación de un estado totalmente socialista y colectivista. Del otro lado, los sectores políticos peruanos se sentían amenazados por la presencia de Keiko Fujimori, heredera del exmandatario Alberto Fujimori; no bien recordado por sus conciudadanos ante la asolada de sangre, persecución a opositores, despilfarro de recursos públicos y asfixia a los sectores privados que ocasionó durante su extenso mandato durante los años 90 y parte del nuevo milenio. Fujimori buscó por tercera ocasión la primera magistratura, en un intento de demostrar que tiene brazo político y un significativo, aunque no amplio, apoyo popular para llegar al Palacio de Gobierno en Lima, de donde se jacta sacó a tres presidentes.

La propuesta de la también congresista y ex primera dama, que lleva sobre sus hombros el peso de ser investigada por nexos con la polémica multinacional brasileña Odebrecht, era distante a la de su contendor, por sus inclinaciones a la mano dura en asuntos de seguridad, laxitud con libre mercado, y el emprendimiento en lo económico, y conservadora en lo social, bajo el amparo de la extrema derecha, con la premisa de evitar el ascenso de lo que denomina como “la izquierda radical”, en alusión a la incierta Venezuela que comanda Nicolás Maduro y sin ninguna solución por parte de Juan Guaidó; y la Cuba gobernada por seis décadas de políticas derivadas del marxismo, ahora sin la figura de los Castro y en medio de una ascendente efervescencia social en toda la isla caribeña.

Dos posturas irreconciliables, pero más que similares: el libre mercado frente al proteccionismo, el nacionalismo y la globalización, la libre expresión y el conductivismo, la empresa privada y la estatización, la libertad de defensa propia y la lucha de masas… El panorama en Perú no pinta nada bien, tal como en una ocasión su Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, dijo al respecto de la situación de su país en su momento: Perú nuevamente se vuelve a debatir “entre el SIDA y el cáncer”. Entre el SIDA del neoliberalismo y el cáncer del neo-comunismo.

Parece que esta dicotomía continuará extendiéndose ante un futuro cada vez más incierto, en donde la concordia y el entendimiento entre naciones y políticas distintas pareciera ser cosa del pasado, donde las ciudadanías no parecen dispuestas a lograr concertaciones con sus autoridades ante un reiterado incumplimiento de varios gobernantes de distintas tendencias a los requerimientos plenos que puedan garantizar una vida mínimamente estable.

Esta situación se ha vislumbrado en distintas partes del continente, y con una fuerza mucho mayor en Colombia; que se pensaba estaría exenta de este tipo de confrontaciones, pero a la que, al fin de cuentas, la actual polarización política entre los sectores oficialistas y opositores provocó un amplio estallido social en el que buena parte de la ciudadanía quedó inmersa, escena que se repite en muchos países: México, Chile, Argentina, Brasil, Ecuador… El panorama latinoamericano no pinta muy bien, ya que ningún sector está dispuesto a ceder en sus pretensiones, y todos tienen en común a dos actores opuestamente radicales con líneas políticas intrínsecas y visiones de nación que no son receptivas frente a las críticas de distintos sectores.

Allí radica el problema: que ningún sector pareciera estar abierto al diálogo, a abrir canales de comunicación y de concertación con quienes no comparten su pensamiento; inconveniente que se replica en las masas que defienden a cada sector, donde se instala el mayor odio y negación de la diferencia, al punto de llegar a las acciones violentas en contra de quien piensa diferente, y contra quien no tome partido a favor de su pensamiento e ideología.

Por esto América Latina se encuentra en una encrucijada, entre la espada y la pared, porque los políticos no están dispuestos a cerrar las heridas de su pasado y empezar a construir un mejor futuro, como lo han hecho otras naciones con conflictos peores de los de nuestro continente, y porque sus seguidores de base no parecen dispuestos a atender el mensaje de conciliar con sus opuestos, o a encontrar puntos comunes en los que se puedan concretar acciones de transformación para lograr alianzas con ese fin.

Si los latinoamericanos no se le miden a dejar de satanizar al diferente y a derribar de una vez por todas el discurso de división y enemistad, América Latina no podrá lograr esas expectativas de superación de todas las disparidades que la hacen un continente complejo. Para volver a ponernos en pie, es necesario que nuestras heridas sanen.

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