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La herencia de mi abuelo

Dice que la pasión del futbol se puede vivir de una mejor manera, que no hay necesidad de satanizar a las hinchadas, como se ha venido haciendo desde hace muchos años, según ella, no hay por qué generalizar.

Por: Daniela Martínez Triviño

Asistir al estadio Nemesio Camacho “El Campin”, ha sido el pasatiempo favorito de Camila desde pequeña y que aún hace parte de su cotidianidad. Ella aún recuerda con bastante emoción y nostalgia esos fines de semana, en los cuales su abuelo Héctor la llevaba para presenciar los partidos que disputaba, en el escenario deportivo el equipo de sus amores y por el cual Camila también fue cultivando una devoción. 

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Según ella no existen palabras para describir el sinfín de emociones que experimentaba al estar allí, en la gradería de la tribuna Oriental junto con su abuelo y sus amigos, apoyando al equipo capitalino, departiendo, celebrando goles y en algunas ocasiones llorando, tomada de la mano de su abuelo cuando tras un resultado adverso, el equipo quedaba por fuera del torneo.

Pero el encuentro de los fines de semana no terminaba en el momento que el árbitro daba el pitazo final y la pelota se detenía. Luego de cada juego salían para seguir compartiendo en el llamado “Palacio del colesterol” un emblemático establecimiento que se encuentra ubicado junto al parqueadero de la tribuna norte, a las afueras del estadio y en el cual se puede disfrutar de la famosa y conocida “fritanga”. 

Son muchas las anécdotas que conserva la joven hincha de Independiente Santa Fe en su memoria y su corazón, de aquellos fines de semana en los cuales realizaba esta actividad junto a su “Tata” —como ella cariñosamente llamaba a su abuelo Héctor— pero una de las que más recuerda es como podían departir con simpatizantes del equipo contrincante, hablar de las falencias y virtudes que cada uno de los equipos había tenido durante el partido, realizar chistes para molestar a los hinchas del equipo perdedor y exaltar al suyo cuando salía triunfante, todo desde la complicidad, la amistad que había entre todos y por supuesto el respeto y amor por el deporte, que era la razón que los unía y para la cual se ponían cita cada ocho o quince días. 

Pero ¿por qué Camila guarda con nostalgia este recuerdo?  justo porqué esa tradición de poder asistir al estadio en familia, poder sentarse y compartir en la misma tribuna con los hinchas del equipo contrario, salir del estadio y permanecer juntos en los alrededores y portar la camiseta sin temor alguno, se fue perdiendo con los años. El fanatismo fue llevando a los hinchas de los equipos a desdibujar la pasión y convertirla en una rivalidad, que de la mano de las denominadas “barras bravas” fue desencadenando una ola de ataques entre hinchas de los equipos en todo el país y trajo consigo, como Camila lo denomina, la desdicha de no poder asistir al estadio con tranquilidad. 

A raíz de todo esto, ella, su abuelo y sus amigos se vieron obligados a alejarse del escenario deportivo y empezar a seguir los partidos desde la sala de sus casas; y aunque el ritual de los fines de semana tuvo drásticos cambios, ella y su abuelo no dejaron de lado el amor por los colores rojo y blanco y continuaron apoyando al equipo en todo momento. 

Con el paso de los años Camila fue creciendo y así mismo la pasión que sentía por el futbol y por el equipo que su abuelo le enseñó a amar, pero con un vacío que ella consideraba debía llenar. El poder volver a la cancha como lo acostumbraba años atrás y seguir cada partido ahí, al lado del equipo, alentando a los jugadores, viviendo de cerca la pasión. 

“Cómo me voy a olvidar, cuando era chica y me traía Mi Viejo, a ver al rojo campeón y sus jugadas de fantasía…” 

De todos los cánticos que entona la hinchada, para apoyar a los jugadores en la cancha, este fragmento era recordado y rememorado por la joven hincha, al ver los juegos a través de la pantalla del televisor y sentía una enorme emoción al imaginarse de nuevo en las gradas, sentada junto a su tata, entonando al unísono con todos los asistentes.

El tiempo siguió pasando, Camila entró a su adolescencia y un día tomó la decisión de ahorrar dinero de su mesada para comprar las entradas de un partido. Luego de adquirirlas, invitó a su abuelo para que retornaran juntos a la cancha, quien con un poco de recelo y quizá algo de temor por la ola de violencia que se presentaba, aceptó asistir para recordar viejos tiempos con su nieta adorada. 

Llegó el anhelado día

De nuevo estaban allí, en la tribuna Oriental, pero el panorama ya no era el mismo que ambos recordaban, el ambiente a las afueras del estadio durante el ingreso se tornó bastante tenso, la zona estaba acordonada por secciones, donde policías y carabineros custodiaban a los asistentes, la requisa al ingreso era aún más rigurosa de lo que recordaba, lo cual generó incomodidad en Camila por no estar acostumbrada a que una agente de policía la revisara con tanto detenimiento. Pasaron los filtros y al ingresar, la joven notó que en las tribunas ya no se veía a las familias reunidas, se habían delimitado ciertas zonas para separar a las hinchadas por cuestiones de seguridad. Aun así, y haciendo honor a la costumbre, abuelo y nieta disfrutaron del juego y vieron ese día a su equipo triunfador. —En cuestiones futbolísticas, el equipo se comportó a la altura de la ocasión y nos brindó la victoria como regalo por haber vuelto a la cancha, dijo mi tata— recuerda y comenta Camila, con los ojos llenos de una gran nostalgia, que se refleja por el brillo que emanan. 

Pero hubo algo que llamó aún más su atención durante el partido, fue el ambiente que se podía percibir desde su ubicación en una de las tribunas laterales, la Lateral Sur, donde estaba ubicada La Guardia Albirroja, reconocida como la barra brava de Santa Fe, donde cientos de jóvenes presenciaron el encuentro deportivo de pie durante los 90 minutos de juego, donde una banda —o murga, como se denomina dentro de la jerga de los hinchas— acompañaba las voces de los barristastérmino para referirse a los hinchas, pertenecientes a una barra— que emitían los cánticos de aliento para el equipo, tribuna donde se ondeaban banderas y trapos con distintas frases alusivas al cuadro deportivo. Todo esto la impresionó y dejó con ganas de volver, pero no a la tribuna de Oriental, sino de entrar allá, a esa tribuna eufórica y vivaz. 

Siendo consciente de que por la edad de su abuelo y por las condiciones de la tribuna en la cual quería incursionar, él no podría acompañarla, tomó la decisión y adquirió una boleta para la siguiente fecha en la que Santa Fe debutaba como equipo local.

La barra brava y su tribuna

Llegó la fecha esperada, Camila salió de su casa, luego de varias discusiones con sus padres, por decidirse a asistir sola al estadio, pero con la bendición y apoyo (aunque sin dejar de lado el temor) de su abuelo Héctor.  

Llegó a las inmediaciones del Campin y esta vez todo fue muy diferente, había más anillos de seguridad para el ingreso, la requisa que le hicieron fue mucho más incómoda, el ambiente era más hostil, pero esto, en vez de amedrentarla, le generaba más ansias de entrar. Pasó los filtros de seguridad e ingresó, sin conocer a nadie subió las escaleras y buscó un lugar vacío en la tribuna. 

La gradería se iba llenando poco a poco mientras la murga ensayaba y afinaba sus instrumentos, la joven observaba todo con gran asombro y algo de temor, podía percibir en el ambiente un olor que no era habitual para ella, era la marihuana que suelen consumir varios de los hinchas. Había personas que la miraban extraño, algunas otras ni siquiera la determinaban. Así transcurrieron los minutos, los equipos pisaron el terreno de juego y la tribuna explotó en emoción, todos se pusieron de pie, acto que Camila siguió para no desentonar y  poder visualizar la cancha y a los jugadores, arrancó el partido y los cánticos de la hinchada no se hicieron esperar, las voces de los jóvenes se oían al unísono mientras los equipos iniciaban la disputa, ella no sabía hacia dónde dirigir su atención, pendiente del partido también intentaba captar en su mente los nuevos cánticos que oía y miraba los rostros de esos hinchas, llenos de energía y de pasión. 

Terminó el juego, tristemente ese día su equipo fue vencido por el rival, a pesar de esto, la hinchada nunca dejó de alentar y esto dejó en Camila una sensación de excitación y salió emocionada por haber vivido esta nueva experiencia.

En su camino a casa dice que tarareo los cánticos que recordaba, con el objetivo de memorizarlos para el próximo juego. Estaba decidida a seguir asistiendo a la Lateral sur

Camila siguió asistiendo al estadio y como era de esperar empezó a entablar conversaciones con algunos hinchas, la gran mayoría chicos, que se acercaban a ella con algún halago. Comenta que algunos eran agradables y otros no tanto, sin embargo, se permitió conocer personas e irse familiarizando cada vez más con el ambiente, que era dominado por los hombres, incluso comenta que muchos de ellos no están del todo a gusto con que haya mujeres dentro de la barra. Hoy en día cuenta con —grandes amigos que te deja el futbol— dice entre risas.

Un estilo de vida

Ya han pasado ocho años desde que Camila, con tan solo quince, ingresó por primera vez a la Lateral Sur del Estadio Nemesio Camacho el Campin, ha procurado asistir a cada juego que disputa su equipo, sólo ha cambiado de tribuna para las fechas en que se juega el famoso “Clásico capitalino” y Santa Fe oficia como visitante, dado que, en ese caso, la tribuna sur, es asignada a una de las barras del otro equipo bogotano. También ha realizado varios viajes con su grupo de amigos, para ver al equipo jugar en otras ciudades y hace poco viajó fuera del país, para acompañar al cuadro capitalino en un juego, que disputó por la Copa Libertadores en Ecuador

Esta Santafereña dice que son demasiadas las alegrías que le ha traído esta pasión por los colores, pero también ha tenido que experimentar situaciones nada agradables y muy dolorosas, una de ellas, la partida de su “Tata”, la que recuerda entre lágrimas, pero siempre dándole gracias por haberle dejado como herencia el amor por su equipo de futbol. También ha tenido que vivir la pérdida de un par de amigos, quienes han muerto en riñas, otro amigo más, quien falleció gracias al abuso de sustancias alucinógenas. Ella dice que —el ser barrista de un equipo es algo que muchas veces genera mucho rigor—. Sin embargo, reconoce que es un ambiente que se puede aprender a manejar, Camila asegura que hasta el momento no ha probado ningún tipo de sustancia alucinógena, que tampoco a empuñado un arma en contra de otro hincha a pesar de presenciar varias riñas. 

Dice que la pasión del futbol se puede vivir de una mejor manera, que no hay necesidad de satanizar a las hinchadas, como se ha venido haciendo desde hace muchos años, según ella, no hay por qué generalizar. 

Ya ha tenido la dicha de ver a su equipo varias veces campeón. Sus ojos brillan cada vez que relata un acontecimiento importante e incluso se llenan de lágrimas de felicidad al rememorar las veces en las cuales ha visto a los jugadores levantar copas, tanto nacionales como internacionales, se nota la pasión que hay en ella por los colores que ama, dice que nació para ser adicta al equipo capitalino, que eso le da bastante sentido a su vida. Quiere seguir viajando detrás del cuadro deportivo y viéndolo cosechar triunfos. 

Así mismo espera que el futbol algún día se pueda volver a vivir de la forma como ella lo hizo en su infancia, de la mano de su abuelo, en paz y tranquilidad, entendiendo que la pasión por los colores no puede volcarse a una sed de violencia y rivalidad que sigue robando la vida de muchos jóvenes hoy en día. Espera que todos los hinchas, entiendan como ella que su verdadera labor está en alentar al equipo y no en atacar a los simpatizantes del equipo contrario.

Su relato lo cierra diciendo —no hay un solo día en el que, al estar en el estadio, no mire al cielo y eleve un gracias a mi Tata, por haberme heredado esta pasión, por haberme heredado el amor y la devoción al equipo capitalino de sus amores—. 

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