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La mirada de Omaira, casi 36 años de viaje al cielo

Omaira dormía junto con su familia aquella oscura noche, ni los ángeles de la guarda lograron detener la fuerza de la naturaleza que derrumbó y arrastró su casa dejándola sepultada junto a todos sus familiares.

Por: Wildoney Vargas Tirado

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Esa horrible noche del 13 de noviembre de 1985, Omaira Sánchez Garzón, junto a miles de personas, quedó atrapada bajo la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Nadie imaginaba que aquella fatídica fecha, una tragedia natural borraría por completo a la población de Armero, Tolima.

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La pequeña Omaira de 13 años de edad estuvo inmovilizada en medio de lodo, lava, ceniza y escombros que la cubrieron hasta el cuello. Durante más de sesenta horas sus piernas fueron aprisionadas por todo tipo de objetos que impidieron por completo su rescate. Ante las cámaras de televisión sus fuerzas se iban acabando y la impotencia de los rescatistas ante la imposibilidad de salvarla, sembraba más zozobra entre los asistentes al lugar y los televidentes.

Un sin número de cadáveres perecían por doquier irreconocibles por el barro y las heridas; niños, ancianos, jóvenes y adultos fueron sepultados por la furia de la naturaleza, otros miles de cuerpos hallados con vida fueron puestos a salvo por la Defensa Civil y grupos de voluntarios que con muy pocas herramientas y equipos de rescate se las ingeniaban para salvar a la mayor cantidad posible de personas y animales.

“Carlos”, uno de los afortunados sobrevivientes, que para aquella fecha era un niño de 12 años de edad, relata que a eso de las nueve de la noche se dio inicio a la avalancha producida por el desprendimiento de un glaciar debido a la lava emitida por el volcán.  “La avalancha empezó a bajar por el río Lagunilla, mientras el fluido eléctrico dejaba en tinieblas a la población Armerita, el pánico se apoderó de nosotros obligándonos a salir corriendo para buscar salvarnos”.

También cuenta Carlos que para ponerse a salvo tuvo que arrastrarse sobre el lodo, agarrarse de las ramas de los árboles y caminar sobre las tejas que sobresalían en el lugar y que a su paso fue encontrando cadáveres a los que de manera obligada tenía que pisar para poder salir de allí.

La avalancha de sedimentos volcánicos arrasó con el pueblo llevándose consigo la vida y sueños de sus habitantes. Para quienes lograron sobrevivir, nada volvería a ser igual tras la perdida de sus seres amados. Esta tragedia era ya una muerte anunciada; pero los incrédulos moradores poco o nada hicieron caso a las advertencias hechas por el sacerdote, el alcalde y la Defensa Civil. El gobernador del Tolima tildaba de loco al alcalde cada vez que acudía a él para solicitar ayuda para prevenir el riesgo.  Los pilotos que sobrevolaban el lugar en sus avionetas cuando salían a fumigar los cultivos de algodón, fueron los primeros en notar que algo anómalo sucedía en el pico del volcán y alertaban a las autoridades para que fueran ellas quienes anunciaran al pueblo sobre el peligro que se avecinaba.

El evidente apego a los bienes materiales sembró en la mayoría de Armeritas, el deseo de quedarse allí para conservar lo que con gran esfuerzo construyeron en años. Lejos de imaginar que esa noche de noviembre no solo perderían el fruto de su trabajo, sino que también sus vidas, permanecieron en el lugar sin contar con un plan de evacuación que les permitiera ponerse a salvo ante una emergencia natural. Ninguna autoridad se preocupó realmente por educar al pueblo y brindar la información necesaria sobre la magnitud del desastre al que estaba expuesto, no hubo un plan de contingencia, no se brindó capacitación ni se hicieron estudios técnicos del volcán; puesto que para la fecha no se contaba con investigadores ni geólogos especialistas en el tema.

La ignorancia permeaba la mente de una comunidad que no creía en lo que podría causar la erupción de un volcán tan alto como el Nevado del Ruiz, nadie creía que la furia de la naturaleza podría sepultar y borrar del mapa a un pueblo de más de cuarenta mil habitantes, por lo tanto, el interés por abandonar su tierra fue escaso y quedarse era la mejor opción para ellos sin pensar que estarían condenados a morir.

Noviembre 13 marcó para siempre la historia dejando una triste huella y un recuerdo que quedará grabado en nuestra memoria. Aquella niña de ojos negros, de corazón dulce, valerosa y bondadosa nacida el 28 agosto de 1972, perecía inmovilizada por la avalancha. Sus extremidades inferiores quedaron secuestradas por escombros y las columnas de la casa, pareciera que esta misma tierra quisiera quedarse con la eterna compañía de la niña, razón por la cual los rescatistas por más que quisieron salvarla no lograron su objetivo.

Entre la muerte y la lucha por vivir, la pequeña Omaira se convirtió en la niña esperanza, niña voluntad, valiente, inmensa y lúcida que aducía ante los medios de comunicación con voz dulce estas palabras: “yo vivo porque tengo que vivir, apenas tengo trece años y para morir no es justo. Mi padre quedó lejos, quedó herido, cuando salga me toman una fotografía con su cámara. Mamá si me escucha, yo sé que sí, reza para que yo pueda caminar y esta gente me ayude, mami, te quiere mucho mi papi, mi hermano y yo”. insistía en repetidas ocasiones que fueran a rescatar a otras personas y luego vinieran por ella. “Adiós madre”, fueron sus últimas palabras, mismas palabras que servían de aliento para los socorristas que se sentían frustrados con deseos de desfallecer ante la impotencia de no poder hacer nada.

La falta de tecnología de aquel tiempo fue una barrera que imposibilitó a los rescatistas extraer con vida a la pequeña Omaira que además de los escombros que la atraparon también estaba sujetada por el cadáver de su tía quien la había tomado de una de sus piernas. Hoy a su memoria se llevan flores, pañuelos blancos y placas grabadas con agradecimientos por favores recibidos, por milagros, sanaciones, matrimonios reconciliados, mujeres que no podían concebir y unas cuantas dedicatorias que los creyentes dejan en Armero Guayabal. Su recuerdo sigue vivo y su alma está se fue viaje con los ángeles al paraíso.

Armero fue declarado campo santo el seis de julio de 1986 con la visita del papa Juan Pablo II. Hoy día solo se encuentran ruinas en el lugar, pero nadie olvida a la Ciudad Blanca de Colombia, llamada así por los cultivos de algodón que era para aquella fecha la actividad económica más representativa de la tercera ciudad más importante del departamento del Tolima, después de Ibagué y Espinal. De los 40.000 habitantes 25.000 de ellos perdieron la vida.

El estado ha abandonado por completo este sector, a Armero la visitan muchos turistas para presenciar el lugar y pueden acudir a la Corporación de Memoria de Armero para buscar acompañamiento durante el recorrido en el sector, uno de los lugares menos afectados de Armero fue el cementerio, que se construyó en una de las partes altas del pueblo y que el León Dormido como se le conoce al Volcán Nevado del Ruiz no logró afectar. Este cementerio ha sido objeto de prácticas indebidas como brujería y satanismo, por ello es común encontrar abiertas las tumbas y profanados algunos cuerpos.

La ley 1632 de 2013 víctimas de la tragedia de Armero, sancionó al presidente Santo por querer nacionalizar estos predios para construir el parque Jardín de la Vida, algunas haciendas aledañas han venido apoderándose de los terrenos, pero los títulos de la tierra aún pertenecen a los familiares de las víctimas. Todos los años se lleva a cabo el evento cultural Lluvia de flores sobre Armero.

Evaristo Canete, reportero español fue uno de los periodistas que acompañó a Omaira en su agonía. Allí también estuvo el fotógrafo Francés Frank Fournier quien captó con su cámara la imagen que le dio la vuelta al mundo, esa imagen de una niña con ojos brillantes que lentamente se ahogaba en el fango frente a millones de espectadores.  Frank fue galardonado por su fotografía que mostró sin tapujos la historia de una niña en medio de su agonía.

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