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Las arenas del reencuentro

Por: Tatiana Rodríguez Forero

El año es 1978, Judith es una joven de 35 años, que desde hace 15 años comparte su vida con Jair. Y aunque la convivencia nunca es fácil, lo han sabido llevar de una forma idónea, pues, precisamente de esa unión nació Natalia, una pequeña de 8 años, quien sufre la experiencia más traumática de su vida. Pues es raptada a la salida de Juan Rey, (un barrio al sur de Bogotá, que posee una altitud de 2798 metros) mientras se dirigía a su escuela.

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Recuerdo que sólo tenía 10 años, cuando al salir de la escuela, vi a la señora Judith parada en la puerta; esperando Igual que todas las tardes a Andrés y a Natalia. Cuando de pronto, algo rompió bruscamente con la cotidianidad, pues Andrés, el hijo menor de doña Judith atravesó la puerta de la escuela vociferando a pulmón herido que su hermana no estaba con él, debido a que, antes de llegar unos tipos se la habían llevado.

En ese instante, se me congeló la sangre, y se me puso la piel de gallina. No entendía cómo era posible que algo así pudiera pasar, y es que ¿Por qué alguien habría querido llevarse a Natalia? para mí eso no tenía sentido. Pero sí mi susto fue grande, el de mi mamá – abuela fue peor, pues el voz a voz (como si de un teléfono roto se tratase) se rompió en algún punto, y cuando el mensaje del secuestro le llegó, se le dijo que la raptada había sido yo.

Y fue así como mamá – abuela, recorrió desde lo más alto de la Victoria (un barrio del sur de Bogotá aledaño al nuestro) hasta Juan Rey a pie con tal de llegar a ver qué era lo que me había pasado. Pues ya se imaginarán yo era la única niña del hogar, y siempre el miedo de mamá era grande, pues alrededor de nuestra casa había mucho monte, y aunque para mí eso no era nada malo, para ella sí, pues ella conocía la vida y sabía del peligro.

Cuando llegó a la casa pareció que un ángel le hubiera regresado el alma al cuerpo, pues al verme recuperó los colores y su postura natural. Me dijo que jamás se había alegrado tanto en verme; yo, desconcertada ante sus palabras le pregunté el motivo de su visita a lo que ella respondió:

  • Me dijeron que la habían secuestrado mamita. Por eso bajé, para saber qué estaba pasando.

Entendiendo un poco más la situación, le respondí que quien se había perdido no era yo, sino Natalia la hija de don Jair. Abrazándome rompió en llanto, y dijo que todos teníamos que buscarla. Creo que jamás había visto tan unido al barrio entero, pues desde los vecinos más amables hasta los más antipáticos se juntaron para darle la vuelta a todo Juan Rey, pero no solamente fueron los adultos quienes participaron en esta búsqueda, pues también todos los niños nos unimos para no dejar piedra sin levantar.

Sin embargo, el tiempo apremiaba, y las horas empezaron a pasar, poco a poco las esperanzas de encontrar a la pequeña Natalia se hacían más escasas. Y es que, después de tanto tiempo ¿quién nos podría asegurar que ella estuviera sana y salva? Era casi imposible, además, no teníamos apoyo de nadie, para la policía era un tema sin interés, pues no se habían cumplido las 72 horas necesarias para que nos prestaran atención.

Y como ninguno del barrio pertenecía a un cargo público, ni mucho menos a una de las grandes esferas del poder; Natalia era solo otra de las niñas perdidas en su “lista de prioridades”. Eso fue realmente triste, pues, aunque yo no entendía qué pasaba, si escuchaba a mis padres hablar; normalmente intentaban hacerlo lejos de nosotros, pero en una casa con 4 hijos, el tener secretos es casi imposible. Una vez los escuché hablar sobre algo llamado “violación” y cómo esto afectaría no solo la vida de Natalia, sino también la de doña Judith y don Jair, claro está, si esto llegase a pasar.

En otra ocasión, los oí hablar con mamá – abuela, ella repetía una y otra vez que “solo le pedía al cielo que esos desgraciados no la tocaran”. Todavía no entendía bien lo que estaba ocurriendo. No obstante, ahora tenía más pistas al respecto, y armada con ellas me dirigí a la casa de doña Judith, pues algo me decía que me necesitaba a su lado. Y así fue, porque aun con todas las personas que habitaban en esa casa, ella se encontraba afrontando sola su dolor, dado que, parecía que a todos se les olvidaba que la más afectada por la desaparición de Natalia, era ella.

  • Hola Consuelo, no sabía que venías ¿Quieres un vaso de agua?
  • No señora, gracias, solo vine a visitarla un rato

Pasé esa tarde con ella, a la espera de algo; una pista, una señal, un grito, lo que fuera que nos demostrara que Natalia estaba bien. No obstante, como no aparecía la tan apreciada “señal”, para pasar el rato, la señora empezó a contarme cosas que yo ya sabía de antemano. Sin embargo, escuché atentamente cada una de ellas. Me habló sobre la navidad pasada y cómo cada diciembre lo pasaban en los llanos, pues de allá eran sus padres y sus suegros. También mencionó la pequeña huerta que tenían en la parte trasera de la casa, pues, aunque todas las casas de allá eran pequeñas, en la parte de atrás había un terreno y cada familia lo usaba a su acomodo.

Me dijo que la idea de la huerta fue de Natalia, ya que a ella y a su padre les gustaba mucho sembrar y cosechar. Junto a ello me confesó que se sentía angustiada, dado que, desde la “desaparición de la niña” el señor Jair no había regresado a trabajar, y ya con ese eran dos días, y aunque llevaba trabajando más de cuatro años con esa constructora como jefe de obra, su patrón ya lo tenía sentenciado, que “si al tercer día no iba, no volviera más”.

Al pronunciar esas palabras su voz se quebrantó, me preguntó si yo creía que eran malos padres, que si alguna vez Natalia me había dicho que no los quería o algo por el estilo. Yo, sin saber cómo reaccionar, solo me atuve a responder, le contesté que no, que ella los amaba, pues siempre me contaba cada viaje que realizaban, y cómo se divertía cuando estaba con ellos y sus hermanos. Intentando hacerla sentir un poco mejor, le recodé aquella vez que viajaron a Girardot, pues en cuanto llegaron, Natalia me describió el viaje con lujo de detalles. Me confesó que se sintió muy feliz, e incluso que no discutió en todo el viaje con su hermano Andrés.

Una pequeña sonrisa se esbozó en el rostro de doña Judith, y ya un poco más calmada continuo sus anécdotas. Pero comenzó a caer la tarde, y la noche se acercaba deprisa. Yo ya tenía que volver a mi casa, pues mi mamá nunca me dejó quedarme a dormir en otro lado y ahora con esa situación, sí que menos. Me despedí formalmente de doña Judith y comencé el camino hacia mi casa.

De repente, de un momento a otro escuché a lo lejos a don Jair y a mi papá -Guillermo gritando: “vengan todos, vengan todos, la encontramos, ¡encontramos a la niña!”. Juro que, en ese momento, la gente corrió más rápido que la luz. Pues en menos de lo pensado todo el barrio se encontraba en las areneras; por la parte baja de Juan Rey. Solo miraban, observaban a la pequeña de ocho años que se encontraba sentada en la mitad de la arenera.

Don Jair la alzó, se la llevó a la casa, y todos los demás fuimos tras él. Fue un momento realmente extraño, pues la felicidad de los niños, por haber encontrado a Natalia se juntaba con el silencio de los adultos. No entendía nada, no podía comprender cómo era posible que encontrarla fuera algo malo. Al caer la noche volvimos (mis hermanos y yo) a escuchar las conversaciones de nuestros padres, pues nos inquietaba verlos tan callados.

Comenzaron a hablar sobre el hecho de que Natalia llevaba otra ropa, y comentaron otra vez algo sobre la tal “violación”. Realmente no pudimos oír mucho, pues uno de mis hermanos estornudó y nos “pillaron” a todos, así que tuvimos que salir corriendo; pues eso sí, mis padres eran de todo menos pacientes. Al día siguiente me dirigí a la casa de doña Judith, pero mi madre me detuvo de un grito, me dijo que ellos no se encontraban y que no iban a estar en toda la tarde, sorprendida por tal afirmación pregunté a qué se debía su ausencia.

  • Supongo que ya está grandecita mamita, así que te lo explicaré, el día que Natalia desapareció llevaba puesto el uniforme. Sin embargo ayer, dos días después de su secuestro, tenía puesta una falda y camisa totalmente diferente, si le cambiaron la ropa, pudieron hacerle algo más, y eso es lo que están averiguando ahora los Romero.

El oír aquellas palabras me desconcertó, pues creía entender, pero no estaba del todo segura. Así que, sin más qué hacer sólo me quedé con mi mamá hasta que llegada la noche volvieron los Romero.

  • ¡Está bien!, gritó doña Judith en frente de nuestra casa, mi pequeña está bien.

En ese momento, una gran sonrisa se dibujó en mi rostro; miré a mi mamá y ella sin decir una palabra; solo girando la cabeza me dio el permiso de salir corriendo a abrazar a Natalia. Entendimos que todo iba a estar mejor, y que podíamos volver a ser las mejores amigas otra vez. Así que, como si de un ritual se tratase, corrimos hasta la casa de doña Judith y prendimos el televisor.

Miramos el Chavo del ocho hasta que cayó la noche, nos reímos a carcajadas de cada una de sus aventuras y de las tonterías de sus amigos. Y es precisamente por ese momento, que aun el día de hoy, 42 años después, al ver el Chavo del ocho, sonrío como una pequeña frente al televisor, pues en mi mente quedó plasmada la alegría de ese día, del día en que volvimos a ser solo unas niñas. 

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