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Las cometas del narcotráfico

Marcelo, en lo único que podía pensar era en aquella propuesta que le había hecho hace un par de segundos su amigo, una proposición que le cambiaría esa vida de pobreza que tanto odiaba, el método era el más común en los jóvenes brasileños en los años ochenta: el microtráfico

Por: Juan Esteban Soares

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Los gritos tan característicos de los niños jugando marcaban aquella noche en las calles de Vila Cosmos; un barrio ubicado en el norte de la ciudad de Río de Janeiro. Sentado en la acera se encontraba Marcelo Soares, un niño de tan solo 11 años, observando cómo sus vecinos corrían de lado a lado detrás de un balón de fútbol.

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Sus pensamientos no estaban justamente enfocados en aquellas jugadas, en realidad, Marcelo, en lo único que podía pensar era en aquella propuesta que le había hecho hace un par de segundos su amigo, una proposición que le cambiaría esa vida de pobreza que tanto odiaba, el método era el más común en los jóvenes brasileños en los años ochenta: el microtráfico.

El calor de aquella tarde era fatigante, algo común en la favela Morro do Juramento. En una parcela grande de tierra se encontraban varios niños de entre 10 y 14 años de edad, entre todos esos jovencitos en fila se encontraba Marcelo; moreno, con cabello castaño oscuro y ondulado, con una estatura justa que le permitía demostrar su edad. Vestía unos shorts, una camiseta y unas sandalias para permanecer más cómodo durante su día de inducción.

—Vean el trabajo es sencillo —decía el joven en frente de los otros muchachos que se encontraban en fila, demostrando su cargo como superior. Se llamaba Moacir Leal, era un adolescente de 16 años, alto, de piel oscura y un cabello afro sobresaliente —Ustedes tienen que llegar aquí a las 10 de la mañana puntuales, y podrán irse a las 4 de la tarde —continuó mientras caminaba de lado a lado observando a los niños expectantes —Se les dará 15 mil cruceiros (moneda brasileña entre la década de los sesenta y los noventa) al finalizar el día.

¿Está todo claro?

Aquellos que estaban escuchando lo habían hecho a la perfección, la información era clara, sin embargo, Moacir no les había comentado acerca de su función en concreto.

—Bien —continuó al ver la caras confundidas de muchos —Cada día se les dará una cometa a cada uno de ustedes, lo único que tienen que hacer es elevarla y estar pendientes de las señales que yo les indique con mi cometa.

En Brasil es muy común entre los jóvenes jugar a elevar cometa, pero no se hace de una manera tranquila como muchos otros lugares de Latinoamérica, aquí los niños llenan la pita de una sustancia hecha a base de pegamento y vidrio molido, esto con el fin de cortar las pitas de las demás cometas y poderlas robar. Pero volar cometa en las favelas no era un acto de diversión, era un trabajo, una labor informativa.

—Ustedes van a ver mi cometa y van a imitar los movimientos que yo realice con la misma —seguía Moacir. Lo que muchos no sabían era que aquellos movimientos eran códigos diseñados para mantener informados a los altos mandos de las pandillas en la favela; hacer rebotar la cometa era señal de que alguien sospechoso estaba subiendo, la dirección hacia la que se dirigen las cometas indicaba la dirección del sospechoso, bajar la cometa señalaba que el sospechoso ya se estaba yendo, si enredaban alguna cometa con su propia cola era para indicar que había alguna pelea dentro de la comunidad, finalmente, y la más aterrorizante, era el código que indicaba que se había dado de baja a alguna persona, Moacir, era quien cortaba la pita de alguna de las cometas para dar a entender a los demás que aquel sospechoso que había ingresado a la favela ya no se encontraba con vida.

Ya habían pasado 3 meses desde que Marcelo había empezado a trabajar con la cometa dentro de la favela, aquel día estaba siendo como otro cualquiera, todo tranquilo, un par de cometas enredadas para indicar pleitos dentro de la comunidad pero nada fuera de lo común. Marcelo ya estaba acostumbrado a la zona, casas desgastadas, prostitutas por todas las calles, niños jugando y corriendo por todos lados.

A pesar de la cotidianidad del día, se pudo observar como la cometa de Moacir, quien se encontraba en un punto estratégico dentro de la comunidad para poder observar todo por medio de binoculares, cortaba la pita de una de las cometas, todos sabían lo que eso representaba: alguien había muerto.

Hacia las 4:30 de la tarde se encontraba Marcelo subiendo por el terreno para llegar al lugar donde se encontraba Moacir, tras varios meses de trabajo ambos habían formado una estrecha relación de amistad, ese día habían quedado de reunirse después de sus labores para dirigirse a la celebración de los 15 años de la novia de uno de sus amigos.

El lugar era similar a la mayoría de los territorios fangosos pertenecientes a la organización en la cual trabajan Marcelo y Moacir, no obstante esta era especial, justo en el centro se había construido una estructura a base de ladrillos, lo especial de esta construcción no era su estética o historia, lo verdaderamente destacable de aquel lugar era su uso; en aquella edificación se llevaban a aquellos sospechosos que entraban a la favela con el fin de torturarlos o en su defecto asesinarlos.

Había algo que no dejaba que Marcelo disfrutara del todo la fiesta, podía observar a su alrededor a todos bailando y gozando, sin embargo, sus pensamientos no lo dejaban en paz. En el fondo él sabía lo que era aquella cosa que había visto esa tarde en aquel lugar, pero no lo quería comentar con alguien, parecería débil al hacerlo.

—¿Qué tiene hermano? —preguntaba Moacir, en su acento y su olor se podía percibir que estaba muy pasado de copas —Ah, yo ya sé que es lo que usted tiene, es por la bolsa que había en la favela, vea, yo le voy a explicar para que esté más tranquilo —aquella tarde se había dado la orden de cortar la pita de la cometa porque en la favela se había asesinado a alguien; ese día un policía infiltrado había entrado al lugar haciéndose pasar por un indigente, sin embargo su disfraz no le ayudo, si no al contrario llamó más la atención, al tomarlo como rehén sus secuestradores vieron que cargaba con una radio para comunicarse con la central de la policía, inmediatamente dieron la orden de asesinarlo, no obstante su muerte no fue directa como con un disparo o algo por el estilo, a aquel hombre, de unos 30 años, lo habían picado y lo habían guardado en una bolsa.

Aquel día el calor que hacía en el barrio de Vila Cosmos era bastante elevado, tanto así que Marcelo se dirigía a la tienda para comprar un refresco, ya no era aquel niño de 11 años que se dedicaba a elevar cometa, ya era un joven de 14 años que había cambiado su forma de conseguir el sustento diario, ahora se dedicaba a robar, ya no se sentía cómodo ganado tan poco en aquella favela, ahora, quería ser independiente.

—¿Qué más Marcelo? ¿Cómo va? —era su amigo de Moacir que pasaba por la misma calle, aunque ya no trabajaba para él su amistad aún se mantenía, sin embargo, aquel joven de ya unos 19 años no se dedicaba a darle la inducción a los nuevos, había trabajado tanto tiempo en la favela que su rango había aumentado.

El saludo fue rápido, ambos tenían cosas que hacer y no podían detenerse a mantener una conversación en ese momento.

—Me vende por favor un refresco —pronunció Marcelo mientras ingresaba a la tienda. Recibió el producto —¿Cuánto…

¡Ra-ta-tá!

Había un pitido incesante y ruidoso en el oído de Marcelo, a lo lejos se podía escuchar los gritos de desesperación de las personas; mujeres, niños, hombres, incluso se podía escuchar la desesperación del ambiente en los aullidos de los perros. Al salir pudo observar la escena, unos hombres en una motocicleta habían llegado al punto donde hace un momento estaba charlando con su amigo Moacir y le habían propinado varios disparos.

El cuerpo de su amigo yacía en el suelo ya sin vida, varias personas se encontraban a su alrededor gritando y llorando mientras, sin sentido alguno, intentaban hacer algo por el ahora muerto. La escena era traumante para cualquier persona que se encontrara en el lugar, pero no tanto como lo era para Marcelo, él era el único en ese lugar que había conocido a Moacir, sabía que era un joven con una vida por delante que había tomado una mala decisión que lo llevó a ese punto.

En ese momento Marcelo entendió que la vida de la delincuencia solo lo podría llevar a dos caminos posibles: la muerte o el encierro.

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