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Lo que oculta una sonrisa

Por: Juan Sebastián Pacheco Merchán

Quizás en un principio las razones parecieran ser muy fáciles y predecibles, pues para ellos, Celina se caracteriza por una amplia sonrisa que sale a la luz al ver a cualquier persona que la visita, es alegre, jovial, cariñosa y rara vez se queja de algo, es una mujer de 92 años, de contextura gruesa con un cabellera brillante y siempre arreglada de color gris, la cual suele cubrir con un sombrero que combina con unas gafas grandes y que lleva a todos lados para mitigar las secuelas que el paso del tiempo ha dejado en sus ojos, se podría decir que es la viva imagen de las abuelas que se muestran a diario en las caricaturas. Sin embargo, esto no está ni cerca de ser el motivo por el cual pasar tiempo con Celina tiene tanta relevancia, pues, en el fondo, detrás de una gran sonrisa, se ocultan cosas que no cualquiera está dispuesto a contar.

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Justamente, la frase “Con lo que me ha sucedido en la vida, perfectamente se podría escribir una novela” que ella repite cada vez que se le pregunta sobre su vida, toma tanta importancia.

Dura infancia

Nacida el 15 de octubre de 1927, hija única del matrimonio de Manuel Becerra y Barbara Becerra, una reconocida y hacendada pareja, quienes eran famosos por su trayectoria como comerciantes y dueños de tierras, provenientes de la Quebrada Becerras, en Duitama, departamento de Boyacá, a los cuales nunca les faltó nada. Esto hacía prever que la vida de Celina sería bastante fácil, pero esto no fue así.

Al poco tiempo de su nacimiento su madre falleció y con este suceso, las dificultades comenzaron a aparecer, su padre no se hizo cargo de ella y tal como Elizabeth, una de sus hijas, dijo “Su abuela Eudora comenzó a ser importante porque la tuvo a su cargo un tiempo. Mas o menos hasta los 5 años donde, en contra de su voluntad y sin reparo alguno de su padre, fue llevada a su casa con el único objetivo de ser la sirvienta y cuidar a su media hermana” Inclusive, ante esta situación, normal para la época, surgieron más problemas…

Tiempo después, Celina fue raptada por personas desconocidas, quienes la tuvieron en cautiverio por alrededor de 9 años. De los cuales muy pocos registros se tienen e incluso al consultarle sobre el tema, su rostro cambia drásticamente, se ve la preocupación, incomodidad y tristeza que este le genera, sus ojos se ponen llorosos e inmediatamente cambia el rumbo de la conversación. y lo único que se conoce es lo expresado por su esposo Rosendo, en conversaciones con sus hijos y nietos, quien dice “esa miserable vieja que secuestro a su mamita, se la llevó para el Tolima y la tuvo casi 9 años”. Luego de varios intentos, logró escaparse del lugar donde fue llevada, vagando por distintos lugares hasta que por fin llegó a su hogar.

Madurez complicada

Al llegar a su ciudad de origen, Duitama, ella pensaba que las cosas en su vida podrían retomar el rumbo. Sin embargo, ello no sucedió, su familia le dio la espalda, no le prestaron mayor importancia a lo que acababa de vivir y quedó a su suerte, sin un techo, sin educación, sin nada, sin ningún apoyo. Fue entonces cuando, por cosas del destino y sin experiencia alguna, consiguió una oportunidad para trabajar en un importante hotel de la zona urbana de Duitama, en un principio se desempeñó en labores muy básicas en la cocina del lugar, pero poco a poco sus dotes para la gastronomía salieron a flote y se convirtió en la jefa de la cocina, quizás este es uno de los momentos que más refleja la personalidad de Celina, pues al hablar de este, su voz se siente más fuerte, los ojos le brillan e incluso su postura cambia, se ve más erguida y relajada, la confianza que trasmite es especial.

Simultáneamente conoció a quien sería su primera pareja, todo transcurría con normalidad en esta relación, de la cual nació su hija Ana Cecilia, pero un “fantasma del pasado” reapareció en su vida. En este punto, la aparición de Rosendo Merchán daba un giro inesperado a la vida de Celina o así lo expresa Luz Edna, su hija, quien luego de “atar cabos” entiende que “mi papá fue el que se metió ahí porque lo que yo entiendo, es que él la había visto a ella y le llamaba la atención, pero ella no le ponía cuidado y pues para él fue una herida que le pusiera primero cuidado a otra persona antes que a él”. Paradójicamente, sin Celina imaginarlo, su pequeña hija pasaría por una situación similar a la experimentada por ella en su infancia; ya que, con tan solo unos meses de nacida, la niña fue arrebatada violentamente de sus brazos por parte de su pareja de aquel entonces, creando en ella un vacío que nunca pudo llenar.

Un nuevo comienzo

Meses después de lo acontecido, Celina decidió que su vida debería tomar un nuevo rumbo, queriendo dejar atrás tanto dolor y sufrimiento que había padecido a lo largo de su vida; para este momento, de a poco Rosendo se había convertido en una persona muy cercana a ella, quien, al haber sido testigo de tales acontecimientos, le ofreció a Celina la oportunidad de rehacer su vida lejos del lugar y de las personas que por tanto tiempo le causaron tristeza a tan corta edad.

Por aquel entonces, en el año 1948, en pleno acontecer del Bogotazo, la pareja llegó a la capital donde, al no tener un lugar donde hospedarse, terminan viviendo en la casa de Helena, hermana mayor de Rosendo. En principio, este cambio del campo a la ciudad se convirtió en un verdadero problema para la pareja, quienes de a poco se acostumbraron a las dinámicas que una ciudad tan caótica como Bogotá ofrece; Ellos alternaban su vida laboral, donde Rosendo trabajaba como zapatero y Celina como modista, con su vida social y de pareja, en la que se destaca las constantes visitas a los cinemas del centro de la ciudad, en especial porque, tal como lo afirma Alicia, hija de la pareja, “Para mi mamá fue muy importante cuando llegaron a Bogotá, recuerdo que ella me contaba que iban mucho a cine, me decía con mucha nostalgia y hablaba de las películas de principio a fin porque asimilaban las películas mexicanas de la época con su vida, pues generalmente había hijos abandonados, malas relaciones, etc. Eso lo hacía como si recordara y viera su propia historia”.

Sin embargo, las costumbres adoptadas por ellos cambiarían drásticamente con los años, no solo por la monotonía que implica la vida pareja, sino que siete años después de su arribo a la ciudad, el matrimonio tendría su primera hija. Situación que no pasaría desapercibida en la vida de Celina, tanto por la importancia que este hecho en sí representa, sino que, particularmente, al ser la primogénita, tenían como costumbre volver al lugar de origen para el parto; Ello provocó un cruce de emociones en Celina, ya que esto implicaba retornar a aquel lugar donde sufrió por varios años, pese a esto, el sentimiento de alegría y regocijo ganó y el día 19 de junio de 1955, en la ciudad de Duitama, nació Luz Edna. Del mismo modo, al pasar los años, Rosendo y Celina tuvieron más y más hijos, en total 9, en aproximadamente 15 años, lo cual ocasionó que Celina se dedicara de lleno al hogar, dejando a un lado cualquier aspiración que pudiera haber tenido en la vida.

Emociones encontradas

Luego de una vida establecida, los días de Celina trascurrían con normalidad entre su labor de modista y la crianza de los hijos, todo esto hacia parecer que los inconvenientes vividos por ella habían terminado. No obstante, después de muchos años de no tener contacto alguno con su padre, Celina se enteró de la mala situación en que él se encontraba, por lo cual decidió ir a Duitama de inmediato para visitarlo, allí lo encontró en un muy mal estado físico y mental. Y a pesar de que él la abandonó, ella no dudó en brindarle toda su ayuda mostrando su nobleza y buenos sentimientos hacia él, visitándolo una vez al mes, llevándole mercado para este tiempo y asistiéndolo en su cuidado personal.

A finales de ese mismo año, 1979, Celina recibió una dura noticia, el fallecimiento de su padre; se dirigió rápidamente a Duitama para despedirlo, pero Elizabeth recuerda que “Al llegar allí vi al abuelo abandonado sobre una losa blanca en el anfiteatro, lo cual nos impactó y mi madre se mostró contrariada y triste”. En seguida de esto, Celina se dirigió al centro a realizar los trámites correspondientes para llevar a cabo las exequias de su padre Manuel, cerrando así esta etapa de su vida.

Finalmente, luego de meses de una profunda tristeza por la pérdida de su padre, la felicidad tocó a su puerta, al recibir una llamada que lo cambiaria todo, Celina tomó el teléfono y escuchó una voz emocionada que le decía “Aló, ¿hablo con la señora Celina? Yo soy Ana Cecilia, su hija”. Ello la dejó impactada, no podía creer que después de tanto tiempo estuviera hablando con su hija que le fue arrebatada, hablaron unos minutos y sin dudarlo acordaron encontrarse, aun cuando esto suponía viajar hasta Sogamoso, pues allí residía Ana Cecilia.

Los encuentros entre ellas se volvieron cada vez más frecuentes, pero estos no eran fáciles y como recuerda Gina, su nieta, “Lo que yo sé es que mi abuelita tenía que viajar a escondidas, aprovechando los días en que mi abuelo se tenía que ir a trabajar fuera de la ciudad, era la única manera de poder verse con ella, así fueran unas horas, pues apenas se iba mi abuelo, ella emprendía el viaje, teniendo que regresar el mismo día para que él no sospechara nada” Lastimosamente, esta felicidad duró menos de lo esperado, pues Ana Cecilia comenzó a sufrir de diabetes que le ocasionó una falla renal que la llevó a necesitar un trasplante de riñón, el cual no salió como se esperaba y ella falleció el 29 de diciembre de 2012.

Hoy en día

Pese tener una vida llena de dificultades y sufrimientos, la tranquilidad y felicidad que Celina refleja se evidencia a diario al estar en contacto con la naturaleza, pues suele pasar gran parte del día en un espacio amplio adecuado para ella y sus limitaciones de movilidad, derivadas de un diagnóstico médico de alzhéimer, el cual la ha llevado a perder la memoria medita, pero, curiosamente, recuerda perfectamente las demás etapas de su vida.

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