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Por: Lizbeth Cortés

Fue en el gobierno de Uribe: entraba el ejército al pueblo, ponían retenes en las entradas y salidas, todo el que entraba o salía lo chuleaban. Se quedaban 3, 4, 5 días, sabían quién había entrado y quien había salido. El mismo día llegaban derecho los paracos a buscar las personas que tenían en la lista. Siempre era lo mismo: nosotros angustiados decíamos: “ahora por quién vendrán”. Nosotros para esa gente somos como un balón, un juego, si nos tiran para donde los paras, ellos nos mandan para la guerrilla o el ejército y así sucesivamente; allá el ejército mataba campesinos que hacían pasar por guerrilleros.

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A las 5 de la tarde llegó la guerrilla en un Yonson(canoas), allá se llegaba en canoa. Esa gente bajó en la mañana; dijeron que no se podían ir a ninguna parte porque de regreso harían una reunión. Cuando regresaron en la tarde mis tíos ya estaban en la casa; habían ido a trabajar, incluso mi tío José estaba pilando un poquito de arroz; decía que tenía algo raro: caminaba desesperado de un lado a otro, fue cuando se puso a pilar arroz. Estaba terminando cuando llegaron, eran cuatro hombres que descendieron de la canoa, dos se fueron a la casa de mi tío Pablo y lo trajeron a la casa de mi tío José.

Llegaron y le dijeron “¡Venga, venga!” y los sacaron hacia una canchita, alegaban, pero no se escuchaba lo que decían: no dejaban que nadie se acercara. Los tiraron boca abajo en el piso, luego se escuchó: ¡Así mueren los sapos! Les dispararon y se fueron río arriba donde los esperaban en la canoa.  En una finca más arriba, a unos 15 minutos, vivía mi prima Chabela y escuchó que reían mientras decían palabras horribles.

Ella tuvo un presentimiento y salió corriendo: cuando llegó encontró a su papá muerto. A mis tíos Pablo y José los mató la guerrilla, porque según ellos eran colaboradores y entregaban información al ejército. Cuando los asesinaron estaban los hijos y los nietos de mis tíos, incluso mi mamá y mi padrastro.

Después pensamos que eso se quedaría así, pero luego llegaron los paramilitares que empezaron a matar perros, gatos y todo lo que se les atravesaba; eso sucedía en el pueblo, y en las fincas de diferentes familias mataron hasta cachacos (Los nacidos en el interior de Colombia), muchos salieron con la ropa que tenían encima para salvarse, dejando todo por lo que habían trabajado. Pasaron 3 años y en 1998 mi mamá y mis tíos llegaron por temor a donde yo vivía. Era el primer mandato de Uribe y los paramilitares ocultos mataban, no se sabía quiénes eran, eran conocidos como la “mano negra” y tenían gente infiltrada.  

Nosotros vivíamos a dos horas del pueblo: había dos caminos rial (caminos donde pasan principalmente caballos con cargas), uno por donde cruzaba todo el mundo y que salía al frente de nuestra casa, y uno que iba a otra vereda. En la mañana pasaban personas con unas tulitas: nosotros sabíamos que eran guerrilleros, aunque iban de civil; estaban haciéndole estudio al ejército. Recuerdo que un diciembre, Tania, mi hija mayor, estaba muy pequeña, cuando de madrugada los perros empezaron a ladrar: y usted sabe, la curiosidad mató al gato. Me paré con cuidadito a mirar; los perros ladraban mucho y me empezó a dar miedo. Salí con ese susto, sin saber si era la guerrilla o los paras.

Era un desespero: no se sabía si bajaban o subían, pero lo cierto es que era una cantidad de gente, porque amaneció y todavía estaban pasando. Ya estaba clarito cuando pasaron los últimos y, bum, se escucharon los primeros balazos; yo dije: “esta gente se levantó a plomo”. ¿Se acuerda que dije que nosotros estábamos a dos horas del pueblo? Como hasta las 10 u 11 de la mañana se dieron plomo: la guerrilla se le había metido al ejército que estaba en el pueblo; después bajaban con heridos y muertos, ese combate fue entre la finca y el pueblo. Cuando pasó eso la guerrilla se fue y el ejército se llevó a mi exesposo: lo cogieron para que les dijeran dónde estaba la guerrilla.

Se lo llevaron amarrado y el mismo día lo soltaron en la tardecita, lo habían golpeado. Después de eso nos salimos de la finca, al pueblo íbamos solo los fines de semana.

Cuando pasó eso no lo pensamos más y nos fuimos de la finca. Dejamos todo, uno con miedo no saca nada, cogimos los niños y dijimos “vámonos”, dejamos marranos, gallinas, todo. Como a los 15 días se calmaron las cosas y regresamos por parte de lo que había quedado, porque la gente aprovecha, eso habían hecho desastres. Mi familia no pudo sacar nada porque vivían más hacia adentro; no tuvieron cómo sacar las cositas pues les quedaba más difícil porque tenían que salir en canoa o balsas; ahí los paracos aprovechaban y recogían ganado y bestias, todo lo que podían lo sacaban porque fue mucha gente desplazada.

Mi familia se desplazó dos veces: cuando mataron a mis tíos se fueron por 3 meses, luego se subieron de nuevo a la finca porque todo como que se había calmado.  Después a mi padrastro se lo llevaron en el 2000: recuerdo que fue en mayo: para ese tiempo él trabajaba en una finca a 15 minutos del pueblo.  Mi mamá con lo de la guerrilla y los paramilitares había dejado el campo y vivía en el pueblito.

Esa tarde de mayo llegaron los paras, pasaron por la finca y fueron por él: lo sacaron como a las 7 de la noche, lo rodaron por un barranco; como esa finca quedaba en una media falda y había una bajada más fea, lo arrastraron amarrado por ahí, mucha gente lo vio: tenía arañada la espalda porque iba sin camisa y con una capucha en la cabeza; de ahí no supimos qué pasó con él, ni dónde quedó; lo buscamos, averiguamos, pero nadie nos dio razón, nunca apareció.

A mi tío Josué lo mataron en el 99 una noche que iba con mi primo pa’ Candelaria, una finca a media hora más abajo del pueblo; mi primo tenía 14 años: iban por mi primo, pero mi tío se resistió y no lo dejó llevar; entonces los mataron ahí mismo: les rajaron la cabeza con un hacha, eso fue tenaz. En ese año mataron a casi toda mi familia: mi hermano fue el último en el 2001, yo llegué a ver gente amarrada una detrás de otra, como una cadena; uno veía que llevaban un primo, un tío de uno, un vecino, gente que uno sabía que eran humildes y trabajadoras. Al día siguiente se reunía la gente para buscar en el río a la familia, allá uno encontraba cabezas, brazos, piernas; otros no se encontraban.

Otro día, como para el 2004, llegaron unos aviones a las 10 de la mañana: tiraban bombas, temblaba la tierra, todo se movía. En el pueblo estaban apostados el ejército y los paracos, cada grupo en un cerro. Entonces la guerrilla se metió como a las 3 de la mañana y como ellos usan mucho el cilindro, me acuerdo el primer petacazo, nunca olvido eso. 

A esa hora todo el mundo está durmiendo: cuando sonó todo el mundo se despertó, la gente se tiraba al piso, yo corrí a recoger a mis hijos; uno veía las balas cruzando por encima de la casa, yo me recogí en un ladito, eran dos habitaciones, en una estaba con mis hijos, cuando cayó una bala al ladito de donde yo estaba con los niños, me salí corriendo para la otra pieza; conté con suerte de tanto pedirle a mi Dios.

Cuando amaneció la guerrilla se paseaba por el pueblo, se calmó un poquito y salí como a las 8. La guerrilla estaba desocupando todas las tiendas, no dejaron nada, a los tenderos les fue mal esa vez, les quitaron la comida, se llevaron absolutamente todo y lo que no se podían llevar lo botaban; eso era mula tras mula que llevaron cargadas de víveres. Cuando el ejército llegó estaban terminando de cargar las mulas. El ejército llegó en aviones, salieron algunos soldados heridos y la gente los auxilió ahí, luego los helicópteros llegaron por ellos.

La verdad sufrimos mucho, pero gracias a Dios mi mamá aún vive, ella está en el pueblo y mis hijos y yo vivimos aquí en Bogotá, fueron muchas cosas las que pasaron, pero aquí estamos luchando.

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Luchando contra la muerte
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Luchando contra la muerte
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A las 5 de la tarde llegó la guerrilla en un Yonson y de allí se desencadeno una de las innumerables historias que desafortunadamente han dejado victimas de desplazamiento.
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