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Ojos inmortales: la historia de Diego Leppez

Chile y el legado de las manifestaciones en Latinoamérica al ritmo del Baile de los que sobran.

Por: Jhonatan Santiago Torres

Diego Antonio Leppez de 27 años se levantó temprano aquel 12 de noviembre como todos los días para dirigirse con suma costumbre a su trabajo en una bodega de la empresa proveedora de pintura BEHR, en Santiago de Chile. Durante el transcurso del día estuvo publicando en su Facebook (Cosa que también era costumbre) el apoyo a sus “hermanos” como les llamaba, con los que desde semanas anteriores se encontraban en las calles, exigiendo un gobierno próspero, justicia y el cese a la violencia por parte de los militares, una imagen que no se veía desde el régimen de Augusto Pinochet. Pero lo que Diego no sabía es que pronto seria otra víctima más de la represión violenta de carabineros, y nunca se imaginó que volvería a su hogar días después, ahora sin uno de sus ojos.

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América Latina en 2019 empezó a desatar una ola de sucesos que iría en picado y tal como una bola de nieve, comenzaría a crecer sin control, llevando consigo un creciente descontento popular que no diferenciaba país, ideología o cultura. Con distintos detonantes, los países latinoamericanos se vieron envueltos por la ira de las movilizaciones: en Bolivia se reconoció el fraude electoral del presidente Evo Morales que en medio de un posible golpe de Estado tuvo que verse obligado a dejar el país. En Perú la gente salió a las plazas para protestar su disgusto contra el nuevo Congreso peruano.

En Chile el aumento de la tarifa del metro levantó la ira de los estudiantes. En Ecuador las medidas económicas del gobierno de Lenin Moreno obligaron las manifestaciones masivas. Mientras que, en países como Colombia o Argentina, las movilizaciones se presentaron con menos frecuencia que en los anteriores nombrados, sin embargo, casos como la muerte de Dilan Cruz, el joven que falleció a manos de la Policía en una de las manifestaciones en Bogotá, se convertiría en uno de los símbolos de la manifestación en nuestro país.

Diego salió del trabajo, dirigiéndose a su casa tuvo que pasar cerca de una de las movilizaciones presentes en el Parque Forestal, la cual, apoyaba desde lejos y sin ningún acto violento. De repente, los cantos llenos de júbilo fueron apagados por un par de rugidos furiosos que salían disparados de las armas antidisturbios de los Carabineros (El cuerpo policial de Chile), las granadas de gas lacrimógeno volaron cerca de la gente, espantando a algunas personas que se enfrentaban a la reprensión con piedras y otras que apenas se limitaban a correr tan solo mirando por encima del hombro.

La impresión invadió a Diego casi al mismo tiempo que el sonido ensordecedor. Lo abrazó un pánico elusivo y una tristeza terrible, pues allí donde se encontraba pudo notar que la violencia la empezó el cuerpo de policías. Sus pensamientos se vieron apagados por un par de conmocionantes disparos más. Habían pasado menos de cinco segundos de los anteriores impactos y apenas el gas empezaba a salir de las lacrimógenas. Diego no pudo alcanzar siquiera a cubrirse la boca con su camisa cuando vio periféricamente el proyectil que oscureció la calle a su izquierda, el impacto lo tendió en el suelo, sin conciencia, con su ojo izquierdo y nariz sangrando a borbotones. Ahora era uno más de las víctimas, y aquella oscuridad lo acompañaría por el resto de su vida pues horas más tarde se confirmaría la posible pérdida de su ojo izquierdo por completo.

Durante el transcurso de las manifestaciones, las cifras de heridas oculares fueron devastadoras y se convirtieron en uno de los símbolos de las marchas, los chilenos no querían más heridos, repudiaban los actos violentos por parte de Carabineros y hasta se llegó a sospechar que estos podrían estar atentando directamente, ya que la gente empezó a especular que las cifras de heridas a los ojos eran demasiadas y que podría haber un acto a propósito detrás por parte del cuerpo de Carabineros. El INDH de Chile (Instituto Nacional de Derechos Humanos) reportó desde el jueves 17 de octubre de 2019, hasta el 15 de enero de 2020, una cantidad de 3.649 lesionados, de los cuales 372 fueron lesiones oculares y otras 33 personas tuvieron pérdida total del órgano.

Para este instante, el llamado “Paraíso de Latinoamérica” estaba retratando una imagen desastrosa y triste de lo que vivía el pueblo chileno, sin embargo, esta imagen también estaba llena de vigor, casi que con una pizca de esperanza para el resto de países latinoamericanos que no solo miraban al pueblo chileno como un valiente símbolo, sino que también empezó a crecer una semilla de ejemplo en las  manifestaciones vecinas al país chileno, como queriendo imitar el legado de las movilizaciones en este país.

En Ecuador era común encontrarse gente que sostenía la bandera chilena, en Colombia, las personas caminaban con la bandera tricolor en la espalda, y con un vistazo más preciso resaltaba el rojo valiente de la sangre chilena o el celeste del cielo argentino. Las marchas ya no eran de un país o dos, ahora toda Latinoamérica estaba moviéndose a la par, bailando con el ritmo de las cacerolas desde las ventanas y marchando en las calles con aquella canción chilena icono de las manifestaciones, todos uniéndose a el baile de Chile, y nunca mejor dicho, todos uniéndose al Baile de los que sobran.

Días anteriores al trágico suceso, Diego había colocado un comentario en su Facebook donde se dirigía a sus amigos para invitarlos a la constante lucha, hacía referencia a una frase en la que hablaba del concepto de ser inmortal, en donde se refería a la definición como algo efímero, no de años o experiencias, si no que la labor que en aquellos días hacia él y sus hermanos chilenos tenía que permanecer viva a través del tiempo, demostrando que la ardua lucha que cada vez se convertía en algo más riesgoso valdría la pena si se lograba el objetivo.

Allí en la cama del hospital donde se encontraba postrado, recordó las palabras ahora con ironía, aquello que había dicho días atrás parecía irrisorio cuando miraba su bata blanca con cruces azules, no había perdido un ojo realmente, su ojo pasó a ser uno más de los símbolos inmortales plasmados en la ropa negra, las manos y ojos de los chilenos. Decidió no rendirse allí. Pasó las operaciones con facilidad y aunque uno de sus ojos estaba envuelto en oscuridad por siempre, su corazón y alma seguirían abiertos a su pueblo. Mantendría la lucha, seguiría apoyando la movilización ahora de una manera más impetuosa, convertido en lo que días atrás habló; en un símbolo inmortal de la lucha chilena.

Hoy las manifestaciones han parado, pero no porque la voz en Latinoamérica se apague o la lucha termine en un “veremos a ver qué pasa”.

El Covid-19 ha pasado al mundo de manera igualitaria, es evidente, el planeta jamás estuvo preparado para una pandemia como esta y hoy todos se encuentran con el mismo deseo de que esta terrible pesadilla acabe. Para las movilizaciones en los países fue un golpe contundente, era imposible para los manifestantes chilenos que algo realmente los parara, llevaban meses de manifestación y este 2020 sería el “round definitivo” en contra de la represión, sin embargo, hoy se ven ocultos y resguardados en sus casas al igual que la mayoría de las personas en el mundo, aislados por un enemigo invisible a nuestros ojos, que ha puesto al mundo a la par.

Sin embargo, para las movilizaciones en Chile y en América latina no se trata de un fin, hoy el apoyo es más fuerte que nunca y se tiene la esperanza de que cuando esto acabe se sigan con las manifestaciones, unidos con más razón con dirección colateral y con objetivos determinados ahora que el Coronavirus abrió las puertas de cientos de problemáticas en los gobiernos mal dirigidos de Latinoamérica.

“Estamos resguardándonos en nuestras casas para que cuando esto acabe salgamos aún más fuertes”: Diego Antonio Leppez.

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